La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque.

Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vitales y mi presión salió ligeramente alta. "Hay que hacer más ejercicio", me dijeron.

La verdad siempre he tenido lío con mi cuerpo, cuando eres una persona muy mental el conectar con el cuerpo a veces cuesta trabajo. Es algo que está allí, pero a veces hace lo que le da la gana, sin que uno se entienda bien con él...

Pero caminar al parque me pareció que estaba en mis límites de lo alcanzable, aunque no necesariamente de lo cómodo.

El parque está algo lejos: en el nombre llevamos la penitencia, esta colonia, dedicada a las imprentas, las fábricas, los almacenes y las bodegas, no tiene parques. Hay que caminar cerca de un kilómetro para ir a la colonia aledaña a visitar el área verde más próxima. 

Justo este semestre están construyendo una calzada/parque, pero mi recorrido es más extenso si visito la colonia aledaña. 

Mientras camino, casi siempre a la hora de la comida, me encuentro el trotecillo feliz de los oficinistas, que esperan la chicharra para regresar a sus memorandos y comunicados urgentes; a sus Exceles y sus reportes; a sus regaños y triquiñuelas.

Veo al taquero apurado despachando 10 con todo.

Me encuentro a los de la bodega, fumando como desesperados en esos 10 minutitos de descanso, dejando una estela de tabaco en el ambiente.

Esquivo los trolebuses, los autobuses, los taxis, los diablitos.

La hora de la comida es una hora ocupada.

Pero hoy, perdí casi la noción del tiempo, ocupada en terminar unas diapositivas para el intersemestral y salí al parque casi a las 6 de la tarde.

La hora del parque es diferente: en uno de los cubículos de cemento entrena un hombre pegándole a una pera de boxeo, no lo había notado, pero en ese lugar ofrecen clases de box.

Familias relajadas juegan basquetbol y algunos muchachos fugados de quien sabe donde se besan en una banca.

Regreso por mi camino de siempre y un hombre desfajado, con la barba mal cortada y expresión taciturta se come una torta cubana en un puesto blanco, a punto de cerrar. 

Desde el otro lado de la avenida cae la tarde y mi lado de la calle me hace un guiño, cómplice, como si me esperara.

Cruzo por el paso a desnivel y me sorprende casi la noche, con sus luces brillantes que me deslumbran desde mi astigmatismo: todo es más luminoso cuando estás parcialmente ciego, la ironía.

D. 

Vuelvo a la tinta

Mi madre escribía su diario en pequeñas libretitas de color azul; alguna vez encontré un par de ellas y me pareció sorprendente ver ese registro cotidiano con su letra pequeñita y apretada.

Una de ellas empieza justo así: Vuelvo a la tinta.

Me parece que sí se ha perdido algo con nuestra costumbre de poner todo en formatos electrónicos, las cartas y notaciones a mano transmiten cosas distintas.

Hace un par de días recordaba lo que era este diario público y me dio nostalgia recordar esa época dorada de los blogs. 

Ya nada es lo mismo.

He visto una oleada de nostalgia que nos ha abrumado a todos: fotos de 2016 (antes del Cervantino, del Temblor, de la Pandemia, de las rupturas que me rompieron también la vida, de las renuncias que barrieron mi agenda, que me hicieron esta otra que soy).

Me siento como en una playa virgen, llena de maderos de un naufragio.

Estoy acá recorando las huellas, pero también sabiendo que mis pasos no pueden trazar la misma trayectoria que antes.

No vuelvo a la tinta.

Pero mis dedos se desesperezan y trazan un camino sobre arena recién planchada por el mar. 

D. 

Autopista pingüino

 Autopista pingüino (2018) es una película japonesa que cuenta la historia de Aoyama al descubrir un fenómeno muy extraño en su pueblo: la aparición repentina de pingüinos.

Aoyama es un niño muy inteligente que, además de llevar la cuenta de los días que le faltan para ser adulto, cada día aprende cosas nuevas con ayuda del método científico. Con  una ferrea determinación por entender lo que lo rodea Aoyama comenzará un viaje que lo llevará a conocerse a sí mismo y a descubrir nuevas maneras de entender el mundo. 

Autopista Pingüino se estrenó en México en la cadena Cinemex en 27 de junio; poco había en la ficha que me llamara a verla, pero resultó una divertida experiencia. Primero: los personajes son realmente entrañables e incluso los "acosadores" terminan por caerte en gracia; el día a día de los personajes nos lleva a las épocas escolares en que cada paseo en bicicleta era una aventura. 

Autopista Pingüiino es también una delicada obra sobre poner a prueba las propias hipótesis, sobre defender las ideas en las que uno cree y sobre unir las piezas de una investigación.

En un momento de la película el tema de la ciencia ficción toma el control de la historia y nos lleva, de manera muy sutil a conocer un nuevo espacio, sin restarle seriedad a la trama.

El final, agridulce, nos hace recordar que las personas que conocemos en nuestra vida, aún las más maravillosas y entrañables, están en breves lapsos de tiempo, aunque su recuerdo quede para siempre. 



Cometa

 

 

Su voz fue silenciada:

amordazada, presa.

Pero su espíritu se levantó

como el viento

se coló en el corazón de sus hermanas

lo elevó como un cometa.

Una cauda de colores gritó su reclamo:

#Niunamenos

 

El cielo se tiñe de violeta

es el reclamo de miles de voces

que se agitan contra la violencia

 

#Niunamenos

en las calles de las capitales

en los pueblos y en las ciudades

#Niunamenos

 

Porque todas alzamos la voz

por las que nos faltan.

Una mujer que caminaba sobre las vías

Se llevó a cabo la fiesta de fin de año de la oficina en la calle de Ferrocarril de Cuernavaca.

La verdad yo no ubicaba mucho el rumbo, pero en el taxi de regreso noté que sí caminé muchas veces por esa zona, hace más de una década. 

El que hubiera psado tantas cosas sin pensar en esa calle por años me hizo pensar en las muchas vidas que vivimos en una sola existencia. 

Puedo mirar de lejos a esa mujer que caminaba entre las vías y reconocerme otra.

Aún no acabo de descubrir que quiero ahora, pero sé que las cosas que me motivan y entusiasman son distintas, que mis miedos ya no son los mismos. Que las personas que me rodean han cambiado.

Este año fue retador, pero también tuvo muchas recompensas; la pasé bonito, me dejé consentir, trabajé mil. Las cosas se fueron dando como germina una plantita en las condiciones correctas, aunque no esté libre de adversidad. 

Fui al mar. Fui a museos. Conocí gente nueva. Perdoné. También he dejado ir y me ha dolido. Me enfermé de Covid y esas semanas fueron de mucha prueba. Desde acá veo la hierbabuena crecer. :) Ha sido un año de avanzar.

Miro la sombra de esa mujer que caminaba por las vías y le doy un saludo un poco triste, porque creo que en el fondo no sabía a dónde quería llegar.

Quizá yo tampoco, pero ya no estoy siguiendo la vía, estoy recorriendo mi propio camino. 

D.


Mar de lava

Jarari se desperezó y agitó sus filamentos. El brillo del sol tocó su faz y un estremecimiento terminó por despertarle. Estaba por comenzar el periodo de lluvias y Arath se había ido ya a las minas de berilio.

El periodo de lluvias era el más difícil para Jarari, pues nunca se había acostumbrado a la transición de su pareja de lluvia, Goroth.

Entre los Drups era muy normal tener una pareja para la sequía y otra para las lluvias, pero Goroth era hosco e irascible.

Jarari frecuentemente se imaginaba pasando los días de la recolección solo; sin que nadie le diera órdenes o se molestara por como hacía cada cosa.

También añoraba los días de sequía donde comía frutillas frente al mar de lava con Arath, remojando los filamentos hasta sentir el olor acre de la piel tostándose a altas temperaturas.

Los días de lluvia transcurrían lentos entre las costras de lava secándose con las tormentas y los pocos días de brizna buscando alimentos entre los matorrales.

Arath le enviaba petigrúas mensajeras, en donde le contaba de sus días en la mina y de las dificultades de extraer el berilio:

"El brillo de la mina en la noche me recuerda el brillo de tus aletas cuando paseamos frente a la luna de Finis, las barracas donde dormimos son húmedas como tus pozos y muchas veces he soñado que me sumerjo de nuevo en ti, que aleteamos juntos y que terminan las lluvias"

Los Drups verían mal que se alejara de Groth, porque el sistema de tríada había funcionado muy bien por años: las temporadas en las minas de berilio eran insoportables sin descansos.

Jarari mantenía las fogatas rituales encendidas, brindaba confort y compañía, pero poco podía hacer sobre la elección de sus compañeros.

Cuando Goroth llegaba casi nunca dejaba la zona de fogatas, salvo cuando era su turno de recolección; Goroth dormía todo el día o a veces le daba instrucciones muy precisas sobre su acoplamiento, que iban dirigidas solo al placer de Goroth. Aunque no solía ser violento algunas veces maltrataba un poco a Jarari, jalándo sus aletas o pellizcando sus ventrículos laterales.

Jarari se quejaba.

"Bah, una cosita de nada", gruñía Goroth y se volteaba a seguir durmiendo, tras terminar el acoplamiento.

A veces Jarari fantaseaba con que Goroth se tropezaba en el mar de lava. Quizá solo necesitaría un guijarro resbaloso y...

Se va poniendo la tercera luna. La posibilidad de ver a Arath todavía es lejana y el aleteo dentro de Jarari es un zor en vuelo.

Una introducción y un poema

 Creo que de lo primero que me animé a escribir fueron poemas.

Me gustaba la sonoridad del verso, su cercanía con la canción.


Lo sentía apropiado para mi boca, para mis dedos.

Con el tiempo le fui tomando distancia, me alejé, pero también le gané respeto.

Contrario a lo que dicen, "no cualquiera es poeta".

O quizá, pasa, que no cualquiera es poeta, pero un poeta puede venir de cualquier parte.


Esta vez volví a escribir poesía en el taller de Martha Mega, Palabra de Ladrón.

Es un poema corto, con un hallazgo que tuvimos en nuestra infancia.


Se los comparto.


Dientes


El frío me provocaba un cosquilleo.

Romper el mandato:

andar descalza.


La última tarea del día:

subir, bajar, circular

bajar, subir, circular


Levanté mi lengua hacia el paladar.

Sentí una descarga. 

La saliva parecía escaparse por los lados.

La humedad se colaba entre mis dientes.

Me acerqué al espejo.


Allí, en la base de mi lengua, 

dos pequeños agujeros supurantes.

Esa baba escurría de dos pequeños agujeros.

En el fondo de mí

una serpiente. 

D. 





La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque. Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vit...