Esta es la historia.
Ahora entré a participar en un concurso de novela romántica y erótica, pero dicen que toman en cuenta la cantidad de lecturas que uno acumula.
Como me da pena que me lea la gente que me conoce, pondré el link aquí, con ustedes que ya saben que escribo y a ver que pasa.
https://www.novelistik.com/catalog#/n/nueve-infiernos
Si gustan darle click y pasar a leer, están todos convidados al pedacito de infierno que más les guste.
D.
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Cómo no estar solo
Cosas terribles están por pasar. Eso es seguro.
Incendios, terremotos, muertes. Incluso podremos ver todo lo que creemos indispensable convertido en cenizas. Todo lo que quieres cubierto de polvo. ¿Acaso hay algo que nos rescate, una luz que nos salve, una cuerda que nos guíe en este páramo tan desolado?
La puesta en escena "Cómo no estar solo" de Juan Carlos Franco, es una exploración a las relaciones humanas y a la falta de estabilidad en un mundo convulso.
En el interesante montaje de la directora Martha Rodríguez Mega, los actores juegan a la suerte quién saldrá a escena, por lo que cada presentación es distinta. Podremos ver los papeles principales "A" y "B" interpretados por dos hombres, por dos mujeres o por una mujer y un hombre.
¿Acaso no es también un poco el azar quien nos guía a nuestros compañeros en la vida? ¿o es que nuestra soberbia nos hace creer que todo ha sido elegido de manera racional y precisa?
A y B comienzan la historia en un páramo paradisíaco, en donde parecen estar esperando un temblor inminente: la ciencia puede predecir ahora los terremotos, tomar medidas para evacuar a la población y aún con ello se sabe que la fuerza destructora de este fenómeno será terrible. Se espera que tenga más de 9 grados de intensidad, por lo que la ciudad quedará vuelta escombros.
Para lidiar con la espera los personajes comienzan una historia, de una pareja que intenta romper con la rutina y se va enredando en una trama mórbida, de la que intentan escapar: pronto esa fantasía engullirá también la realidad de "A" y "B" y volverá difusos los límites de la ficción.
Los personajes ahora no están solos: están atados a lo que han creado, a estos entes imaginarios y están varados entre sí, mientras el futuro se cierne amenazante sobre ellos y sobre la audiencia, que se pregunta en qué momento se desgarrará la fantasía y la realidad caerá como un balde de agua, como un derrumbamiento, como un estruendo imparable.
Del 21 de julio al 1 de septiembre de 2015, podrán ver la puesta en escena "Cómo no estar solo en el Teatro "La capilla", en Coyoacán.
Incendios, terremotos, muertes. Incluso podremos ver todo lo que creemos indispensable convertido en cenizas. Todo lo que quieres cubierto de polvo. ¿Acaso hay algo que nos rescate, una luz que nos salve, una cuerda que nos guíe en este páramo tan desolado?
La puesta en escena "Cómo no estar solo" de Juan Carlos Franco, es una exploración a las relaciones humanas y a la falta de estabilidad en un mundo convulso.
En el interesante montaje de la directora Martha Rodríguez Mega, los actores juegan a la suerte quién saldrá a escena, por lo que cada presentación es distinta. Podremos ver los papeles principales "A" y "B" interpretados por dos hombres, por dos mujeres o por una mujer y un hombre.
¿Acaso no es también un poco el azar quien nos guía a nuestros compañeros en la vida? ¿o es que nuestra soberbia nos hace creer que todo ha sido elegido de manera racional y precisa?
A y B comienzan la historia en un páramo paradisíaco, en donde parecen estar esperando un temblor inminente: la ciencia puede predecir ahora los terremotos, tomar medidas para evacuar a la población y aún con ello se sabe que la fuerza destructora de este fenómeno será terrible. Se espera que tenga más de 9 grados de intensidad, por lo que la ciudad quedará vuelta escombros.
Para lidiar con la espera los personajes comienzan una historia, de una pareja que intenta romper con la rutina y se va enredando en una trama mórbida, de la que intentan escapar: pronto esa fantasía engullirá también la realidad de "A" y "B" y volverá difusos los límites de la ficción.
Los personajes ahora no están solos: están atados a lo que han creado, a estos entes imaginarios y están varados entre sí, mientras el futuro se cierne amenazante sobre ellos y sobre la audiencia, que se pregunta en qué momento se desgarrará la fantasía y la realidad caerá como un balde de agua, como un derrumbamiento, como un estruendo imparable.
Del 21 de julio al 1 de septiembre de 2015, podrán ver la puesta en escena "Cómo no estar solo en el Teatro "La capilla", en Coyoacán.
Palmeras de la brisa rápida, de Juan Villoro
Un viaje suele ser, también un viaje hacia dentro de uno mismo.
El viajero no sabe donde va. El turista no sabe dónde estuvo.
Cuando uno emprende un viaje al lugar de donde vienen las raíces de la familia parece imposible dejar de mirar hacia donde se extienden y de donde abrevan detalles de la personalidad: luego, el viaje resulta autobiográfico en muchas formas. Algunas impredecibles y sumamente aleatorias. Otras fríamente calculadas, como quien hace un efecto en un billar de tres bandas.
Así, Juan Villoro toca en las cuatro esquinas del alma y acierta, finalmente, en el ojo del mundo. En Yucatán.
No sé si llamarle Crónica o ensayo. Me decantaría por llamarlo bitácora, aunque esto también sería inexacto.
El corazón que se vacía en las hojas de "Palmeras de la brisa rápida" no deja sólo teñir de rojo la hoja, sino que nos da un amplio espéctro que va desde esa fascinación gozosa por la cocina yucateca, pasando por los tañidos de las campanas y el rock "contemporáneo" (la obra es de 1988) de la península yucateca, rica también en trovadores y música tradicional.
¿Qué sería de esa llanura sin los cientos de promontorios piramidales? Mudos testigos de las civilizaciones prehispánicas: el asombro de la cultura maya, las buenas costumbres de la sociedad moderna y el feudalismo de los hacendados henequeneros se deslizan entre los dedos, como quien puede acariciar varios siglos en un par de hojas... pues Palmeras de la brisa rápida tiene menos de 200 hojas.
La edición que yo tengo, editada por Almadía, tiene una hermosa cubierta que transforma la palmera con base de ajedrez en un poderoso jaguar mostrando los dientes. Así la belleza ligera de la Península Yucateca muestra los dientes y su lado más filoso en agudas dentelladas que lanza Villoro en su prosa ágil y estilo fluído que no da paso a las dudas.
Hermosa prosa y divertidas frases que se le quedan a uno marcadas como picadura de mosquito, el certero lenguaje de Villoro es un aguijón de abeja africana y sabe a papadzul recién hecho.
Si tienen un par de horas y quieren emprender un viaje, esta es mi recomendación patriótica: vayan a conocer la hermana república de Yucatán.
Cinco estrellas.
D.
El viajero no sabe donde va. El turista no sabe dónde estuvo.
Cuando uno emprende un viaje al lugar de donde vienen las raíces de la familia parece imposible dejar de mirar hacia donde se extienden y de donde abrevan detalles de la personalidad: luego, el viaje resulta autobiográfico en muchas formas. Algunas impredecibles y sumamente aleatorias. Otras fríamente calculadas, como quien hace un efecto en un billar de tres bandas.
Así, Juan Villoro toca en las cuatro esquinas del alma y acierta, finalmente, en el ojo del mundo. En Yucatán.
No sé si llamarle Crónica o ensayo. Me decantaría por llamarlo bitácora, aunque esto también sería inexacto.
El corazón que se vacía en las hojas de "Palmeras de la brisa rápida" no deja sólo teñir de rojo la hoja, sino que nos da un amplio espéctro que va desde esa fascinación gozosa por la cocina yucateca, pasando por los tañidos de las campanas y el rock "contemporáneo" (la obra es de 1988) de la península yucateca, rica también en trovadores y música tradicional.
¿Qué sería de esa llanura sin los cientos de promontorios piramidales? Mudos testigos de las civilizaciones prehispánicas: el asombro de la cultura maya, las buenas costumbres de la sociedad moderna y el feudalismo de los hacendados henequeneros se deslizan entre los dedos, como quien puede acariciar varios siglos en un par de hojas... pues Palmeras de la brisa rápida tiene menos de 200 hojas.
La edición que yo tengo, editada por Almadía, tiene una hermosa cubierta que transforma la palmera con base de ajedrez en un poderoso jaguar mostrando los dientes. Así la belleza ligera de la Península Yucateca muestra los dientes y su lado más filoso en agudas dentelladas que lanza Villoro en su prosa ágil y estilo fluído que no da paso a las dudas.
Hermosa prosa y divertidas frases que se le quedan a uno marcadas como picadura de mosquito, el certero lenguaje de Villoro es un aguijón de abeja africana y sabe a papadzul recién hecho.
Si tienen un par de horas y quieren emprender un viaje, esta es mi recomendación patriótica: vayan a conocer la hermana república de Yucatán.
Cinco estrellas.
D.
Historia de una gata blanco y negro
Paseaba en la noche e iba a ser una noche como cualquiera. Pero se cruzó en el camino de una pareja de amigos que iban en busca de tacos.
Ellos iban a tomar el camino contrario, pero algo en el aire los llevó a esa calle oscura, en las inmediaciones de la plaza de toros y dieron con ella.
Ella se escondió, acostumbrada a escapar de los extraños. Pero él la vió y la tomó en sus brazos.
Ella, como reacción, empezó a ronronear. Era muy pequeña para la pelea y fue lo primero que hizo. Luego la cambiaron de manos y en brazos de ella tembló un poco. Había llovido y su pelaje estaba algo mojado.
Él sacó una bolsa de tela en la que había llevado otras cosas y con la jareta, ajustó su cuello con cuidado. Le pidió a ella que la llevara y, después de alguas quejas, reclamos, lamentos y argumentos que no fueron escuchados, ella accedió a llevar a la gatita a casa...
Y bueno. Aquí estmos.
Desde el domingo tengo una gatita negra con blanco en casa. Se la pasa ronroneando y le gusta dormir encima de la lavadora. Le gusta la leche y las croquetas que le compré. Ayer anduve cargando cerca de seis kilos entre la arena y su bolsa gigante de comida.
Al llegar a casa mi papá dijo: ¿Un gato? No inventes...
Y a la media hora la perseguía con la cámara para tomarle fotos.
Mi hermana dijo algo así como: -Ay, no Mayra!
Y fue la primera en dejarla dormir en su regazo.
Y mi madre... bueno, mi madre hoy le hablaba como a un niño pequeño.
Ya tengo gata. Y ella tiene casa.
D.
Ellos iban a tomar el camino contrario, pero algo en el aire los llevó a esa calle oscura, en las inmediaciones de la plaza de toros y dieron con ella.
Ella se escondió, acostumbrada a escapar de los extraños. Pero él la vió y la tomó en sus brazos.
Ella, como reacción, empezó a ronronear. Era muy pequeña para la pelea y fue lo primero que hizo. Luego la cambiaron de manos y en brazos de ella tembló un poco. Había llovido y su pelaje estaba algo mojado.
Él sacó una bolsa de tela en la que había llevado otras cosas y con la jareta, ajustó su cuello con cuidado. Le pidió a ella que la llevara y, después de alguas quejas, reclamos, lamentos y argumentos que no fueron escuchados, ella accedió a llevar a la gatita a casa...
Y bueno. Aquí estmos.
Desde el domingo tengo una gatita negra con blanco en casa. Se la pasa ronroneando y le gusta dormir encima de la lavadora. Le gusta la leche y las croquetas que le compré. Ayer anduve cargando cerca de seis kilos entre la arena y su bolsa gigante de comida.
Al llegar a casa mi papá dijo: ¿Un gato? No inventes...
Y a la media hora la perseguía con la cámara para tomarle fotos.
Mi hermana dijo algo así como: -Ay, no Mayra!
Y fue la primera en dejarla dormir en su regazo.
Y mi madre... bueno, mi madre hoy le hablaba como a un niño pequeño.
Ya tengo gata. Y ella tiene casa.
D.
7 mil millones
Imposible no tener un sentimiento de claustrofobia después de conocer la noticia.
Ya somos 7 mil millones de seres humanos en el planeta.
Y las condiciones de desigualdad en todo el mundo siguen siendo abrumadoras.
Al subir al metro, la inquietud de la sobre la sobrepoblación es angustiante. Asfixiante.
Pensar en todos esos ceros que forman la población mundial... la gente tan diversa, tan diferente a nosotros, tan parecida...
Un estremecimiento más allá de la noche de Halloween... no por los muertos, sino por los vivos.
D.
Ya somos 7 mil millones de seres humanos en el planeta.
Y las condiciones de desigualdad en todo el mundo siguen siendo abrumadoras.
Al subir al metro, la inquietud de la sobre la sobrepoblación es angustiante. Asfixiante.
Pensar en todos esos ceros que forman la población mundial... la gente tan diversa, tan diferente a nosotros, tan parecida...
Un estremecimiento más allá de la noche de Halloween... no por los muertos, sino por los vivos.
D.
Joaquín Dimayuga: "Fragmentando la vida"
Hablando de las pinturas que NO les gustan a mis papás, quisiera contarles de "Fragmentando la vida" de Joaquín Dimayuga, una exploración al mundo interno de este pintor, con las técnicas de Oleo y Temple.
El mundo de Dimayuga es realmente perturbador. Está poblado de perros sarnosos, tonalidades azules y mordidas.
Sobre sus lienzos se debaten mujeres desnudas que son sorprendidas en medio de la pintura terrosa y figuras desgarradas y distorsionadas que podrían poblar alguna pesadilla.
Aún así no puede uno de dejar de admirar la violencia fría, el movimiento que existe en sus trazos, es como una lluvia constante, un relato que se prolonga de un cuadro a otro, que te narra las crónicas de un mundo fragmentado a dentelladas, que se despedaza en la mirada, que es descubierto en medio de una guerra interna.
Fragmentos inquietantes de granada que se te clavan en el alma.
Esa es la pintura de Joaquín Dimayuga y puedes amarla o no, pero no te deja indiferente.
D.
El mundo de Dimayuga es realmente perturbador. Está poblado de perros sarnosos, tonalidades azules y mordidas.
Sobre sus lienzos se debaten mujeres desnudas que son sorprendidas en medio de la pintura terrosa y figuras desgarradas y distorsionadas que podrían poblar alguna pesadilla.
Aún así no puede uno de dejar de admirar la violencia fría, el movimiento que existe en sus trazos, es como una lluvia constante, un relato que se prolonga de un cuadro a otro, que te narra las crónicas de un mundo fragmentado a dentelladas, que se despedaza en la mirada, que es descubierto en medio de una guerra interna.
Fragmentos inquietantes de granada que se te clavan en el alma.
Esa es la pintura de Joaquín Dimayuga y puedes amarla o no, pero no te deja indiferente.
D.
Crónicas de acá y de allá
Ayer tuve un día maravilloso y llegué muy cansada a casa.
Fue mi primera experiencia en el evento llamado Campus Party, que se celebra por tercera ocasión en México y rompió un record espectacular de asistencia.
7 mil personas inscritas para participar de temas de tecnología, innovación, creatividad, diseño, ciencia y muchas otras cosas que viene coludidas en esta misión de vivir, como política, economía, ecología, literatura, periodismo y muchas, muchs cosas más.
Pero, para encontrar la nota de contraste... no vine a hablarles de Campus Party (mis reflexiones al respecto las guardo para mi blog profesional).
Vine a contarles del hombre que se sentó a mi lado en el trayecto hacia Balderas, un anciano de 87 años que estaba maravillado por el hermoso cielo de la ciudad.
"¿Pero ve esas nubes, señorita? Va a llover. Es sólo que ustedes los jóvenes ya dejaron de ver el cielo. Y el cielo ya no se ve como cuando yo era joven. Cuando yo era joven todo esto que ve no estaba. De hecho la ciudad se acababa aquí, en Congreso de la Unión.
Yo lo sé porque vivía antes aquí, en la calle de Carretoneros, y salíamos a las azoteas a asomarnos y ver que fiesta se ponía mejor. A veces venían a buscarnos y nos decían en que fiesta faltaban muchachos para ir a bailar... y a la gorra ni quien le corra, ¿verdad?
De hecho me casé aquí, en esta iglesia, la de San Pablo. Mis amigos me decían que era una iglesia para ricos, así que me mandé a hacer dos trajes para ese día. ¿Que coincidencia, verdad? Que me iba a casar enfrente del parque donde citaba a mis ocho novias. Las citaba siempre en distintas partes, para que no se enteraran. Pero eso fue hace ya mucho tiempo... Yo aquí me bajo señorita, que tenga buen día".
D.
Fue mi primera experiencia en el evento llamado Campus Party, que se celebra por tercera ocasión en México y rompió un record espectacular de asistencia.
7 mil personas inscritas para participar de temas de tecnología, innovación, creatividad, diseño, ciencia y muchas otras cosas que viene coludidas en esta misión de vivir, como política, economía, ecología, literatura, periodismo y muchas, muchs cosas más.
Pero, para encontrar la nota de contraste... no vine a hablarles de Campus Party (mis reflexiones al respecto las guardo para mi blog profesional).
Vine a contarles del hombre que se sentó a mi lado en el trayecto hacia Balderas, un anciano de 87 años que estaba maravillado por el hermoso cielo de la ciudad.
"¿Pero ve esas nubes, señorita? Va a llover. Es sólo que ustedes los jóvenes ya dejaron de ver el cielo. Y el cielo ya no se ve como cuando yo era joven. Cuando yo era joven todo esto que ve no estaba. De hecho la ciudad se acababa aquí, en Congreso de la Unión.
Yo lo sé porque vivía antes aquí, en la calle de Carretoneros, y salíamos a las azoteas a asomarnos y ver que fiesta se ponía mejor. A veces venían a buscarnos y nos decían en que fiesta faltaban muchachos para ir a bailar... y a la gorra ni quien le corra, ¿verdad?
De hecho me casé aquí, en esta iglesia, la de San Pablo. Mis amigos me decían que era una iglesia para ricos, así que me mandé a hacer dos trajes para ese día. ¿Que coincidencia, verdad? Que me iba a casar enfrente del parque donde citaba a mis ocho novias. Las citaba siempre en distintas partes, para que no se enteraran. Pero eso fue hace ya mucho tiempo... Yo aquí me bajo señorita, que tenga buen día".
D.
Sirena
Odiaba pedir permiso.
Y odiaba más pedir perdón.
Pero lo que odiaba, más que todo, era no tener quien le dijera "Me gustaría morir después de que me besas, para morir feliz"
Y es que no podía evitarlo.
Ese cardumen de besos se le había escapado entre las manos, sin poder retener ninguno, con la memoria del color de las paredes del cuarto que sostuvo en vilo el último beso que se dieron.
Pero nunca había aprendido a pedir permiso.
Y tampoco había aprendido a pedir perdón.
Porque prefirió dejarlo libre antes que verse navegando a su lado, de mostrarse como un delfín rodeando su proa...
Quizá no estaba para nadar al lado de nadie, tal vez era más una piedra que un animal marino.
En la playa, ante la sal de su cuerpo secándose, pensaba en su imposibilidad para pedir permiso.
En su negación para pedir perdón.
Quizá sólo era una criatura maldita, esperando el naufragio para saciarse de carne humana y luego volver a la soledad de una cueva.
¿Quién podría decirlo?
Tomó una bocanada de aire y se hundió en el agua, sin pedir perdón, sin pedir permiso. Tan sola como la primera vez.
D.
Y odiaba más pedir perdón.
Pero lo que odiaba, más que todo, era no tener quien le dijera "Me gustaría morir después de que me besas, para morir feliz"
Y es que no podía evitarlo.
Ese cardumen de besos se le había escapado entre las manos, sin poder retener ninguno, con la memoria del color de las paredes del cuarto que sostuvo en vilo el último beso que se dieron.
Pero nunca había aprendido a pedir permiso.
Y tampoco había aprendido a pedir perdón.
Porque prefirió dejarlo libre antes que verse navegando a su lado, de mostrarse como un delfín rodeando su proa...
Quizá no estaba para nadar al lado de nadie, tal vez era más una piedra que un animal marino.
En la playa, ante la sal de su cuerpo secándose, pensaba en su imposibilidad para pedir permiso.
En su negación para pedir perdón.
Quizá sólo era una criatura maldita, esperando el naufragio para saciarse de carne humana y luego volver a la soledad de una cueva.
¿Quién podría decirlo?
Tomó una bocanada de aire y se hundió en el agua, sin pedir perdón, sin pedir permiso. Tan sola como la primera vez.
D.
Inocente palomita
Debajo de la ropa llevaba el negligé blanco con el encaje que subía hasta justo arriba del hueso de la cadera. Su complemento, un finisimo cuadrado de tela transparente, apenas se fijaba a la piel con dos elásticos que se curvaban de manera sugerente por encima de las nalgas.
Arriba de esto había unos pantalones de mezclilla, tan normales, que nadie pensaría que ocultaban un negligué.
Y todo eso fue planeado para el amable lector de este blog, que pasó de escribirme a enviarme mensajes cortos al celular y luego, a llamarme a altas horas de la noche...
No supe cuando, cómo o por qué, pero pronto le estaba yo contando mis penas más grandes, mis decepciones y mis anhelos. Esos sueños que suele uno guardar como confesiones para el lecho de muerte o como papeles de colores en un baúl, junto a la naftalina...
Las palabras se volvieron caricias y las caricias besos...Y los besos se transportaron por todas las vías que hubo: por el teléfono, por el celular, por correos largos, largos...
En poemas en el blog que no llevaban su nombre.
La web cam nos superó y era necesario vernos, pero ¿cómo, cuándo, dónde?
Y quedamos de vernos hoy, 28 de diciembre.
"Llevaré pantalones de mezclilla y una chamarra café, de gamuza"- le dije, previendo el frío del invierno de la capital.
No le dije nada del negligué, pero mientras me arreglaba, pensaba en las entradas suspiradas en su honor, en las veces en que me llevé el dedo a la boca, como queriendo contener los besos que le debía, en la manera en que deseaba, más que nada, sentirlo bajo mi piel.
Al mirarme al espejo, traté de reconocer esa que él había visto, esa a quien quería ver. Esa chica frágil y deliciosa a un tiempo, que le llamaba por teléfono y endulzaba su noches con tibieza.
En cambio me vi a mi misma, tan imperfecta y dispar como siempre. La cicatriz donde mismo, el lunar asimétrico, la risa nerviosa y el silencio que me gana: pues no todo mi universo está hecho de letras, también hay infinitos abismos de melancolía oscura y pastosa en donde yo no ahondo.
Me quité los zapatos y me metí vestida a la cama... Decidí no ir a la cita. Quizá él pensaría que todo fue una broma del 28 de diciembre y me perdonara un día.
Un día.
Cualquier día.
D.
P. D. No se dejen engañar.
Arriba de esto había unos pantalones de mezclilla, tan normales, que nadie pensaría que ocultaban un negligué.
Y todo eso fue planeado para el amable lector de este blog, que pasó de escribirme a enviarme mensajes cortos al celular y luego, a llamarme a altas horas de la noche...
No supe cuando, cómo o por qué, pero pronto le estaba yo contando mis penas más grandes, mis decepciones y mis anhelos. Esos sueños que suele uno guardar como confesiones para el lecho de muerte o como papeles de colores en un baúl, junto a la naftalina...
Las palabras se volvieron caricias y las caricias besos...Y los besos se transportaron por todas las vías que hubo: por el teléfono, por el celular, por correos largos, largos...
En poemas en el blog que no llevaban su nombre.
La web cam nos superó y era necesario vernos, pero ¿cómo, cuándo, dónde?
Y quedamos de vernos hoy, 28 de diciembre.
"Llevaré pantalones de mezclilla y una chamarra café, de gamuza"- le dije, previendo el frío del invierno de la capital.
No le dije nada del negligué, pero mientras me arreglaba, pensaba en las entradas suspiradas en su honor, en las veces en que me llevé el dedo a la boca, como queriendo contener los besos que le debía, en la manera en que deseaba, más que nada, sentirlo bajo mi piel.
Al mirarme al espejo, traté de reconocer esa que él había visto, esa a quien quería ver. Esa chica frágil y deliciosa a un tiempo, que le llamaba por teléfono y endulzaba su noches con tibieza.
En cambio me vi a mi misma, tan imperfecta y dispar como siempre. La cicatriz donde mismo, el lunar asimétrico, la risa nerviosa y el silencio que me gana: pues no todo mi universo está hecho de letras, también hay infinitos abismos de melancolía oscura y pastosa en donde yo no ahondo.
Me quité los zapatos y me metí vestida a la cama... Decidí no ir a la cita. Quizá él pensaría que todo fue una broma del 28 de diciembre y me perdonara un día.
Un día.
Cualquier día.
D.
P. D. No se dejen engañar.
La Tacha de Huerta
Con Cariño
para Jacinta Melquíades
La tacha era redonda y amarilla. Efraín nunca supo como había llegado a sus manos. ¿El amigo de un amigo? ¿El primo de un vecino? ¿La mesera buena onda?
La tacha era tentadora y todos a los que les preguntó, le explicaron: “esa cosa te hace sentir feliz, te sentirás a toda madre, al rato vas a andar besuqueando a quien se deje”.
Salió del Rave que se había organizado en Ecatepec, hasta casa de la chingada, con mucho frío. Ya le habían advertido que estaba en un lote baldío, donde a lo mucho había dos o tres familias, pegadas a un cerro donde tardaban años en pasar los peseros, aún de día.
Se fue caminando por el bordo de la banqueta, sin mucha esperanza de que pasara un taxi, ni tampoco suficiente dinero para pagarle…
Esta hasta la madre, pero no tan mal, después de todo cuando de verdad estás hasta la madre ni sientes ni frío… pero allí si se sentía un frío de la chingada. Eso quería decir que no estaba tan mal, ¿no?
Además distinguía perfecto las luces del tren que corría paralelo a la calle, el pitido distintivo de esos vagones de carga, como los que pintan en las películas…
La tacha seguía en su bolsillo y se le antojaba probarla, pero ya no había nadie a quien expresarle su felicidad. ¿Y así para qué?
De todas formas era un cobarde. Lo sabía y se sentía morir. Debió de meterse la tacha cuando Areli lo estaba viendo, así al menos sabría que tenía huevos, pero de camino a casa, sólo tenía conciencia de que su tía lo iba a poner finto si no llegaba a casa… Igual y se tenía que colar por la ventana.
Desde la muerta de su padre, Antonio Huerta, Efraín vagaba por el mundo, haciéndola de pintor o de yesero, según iba saliendo. También le sabía un poco a la hojalatería. Sacaba golpes y jugaba baraja. No más para ir tirando. A veces sacaba más dinero de jugar a la baraja que de las chambas. Así de mal estaban las cosas.
Lo suyo, lo suyo, era la música… pero para una consola aún no juntaba. Y eso de ser DJ era un sueño tan lejano, que a veces sentía que se le iba completamente de las manos.
El primo de Areli lo había invitado al Rave. Y bien mirado, igual y fue él quien le puso la tacha en la mesa. La verdad no se acordaba…
En la fiesta, mientras Efraín bailaba, sus pensamientos iban y venían, pero ninguno permanecía… Por eso le gustaba ir a los Raves, tenía la mente ocupada y la esperanza de que todas las preocupaciones se fueran en un último brinco, en una última bocanada de aire, mientras todos se fundían en ese baile demencial.
Pero ya solo, con estremecimientos que no sabía si atribuir al mezcal o al frío, la imagen de Areli besándose con otro, sólo le recordaban las ganas que tenía de tirarse a las vías del tren. De todas formas no perdía nada.
Sus amigos, el Tuercas y el Cocodrilo, se habían ofrecido a acompañarlo, pero habían ligado a unas morritas de por el rumbo, así que él les dijo que no, muy digno, les explicó que iba a llamar al Fercho para que le diera un raid a casa y ellos le creyeron.
Aunque igual, seguro el Fercho andaba en otra peda. Seguro podía pedirle el favor. Pero esta vez sólo quería caminar, a ver que tan lejos llegaba…
A ver que tan lejos llegaba… A veces su tía le decía que nunca iría a ninguna parte, que eso de la música era una pérdida de tiempo. Sobre todo cuando practicaba con su guitarra hasta las tres o cuatro de la mañana, empeñado en sacar cada vez acordes más difíciles y requintos más inusitados. Algún día tendría una banda. O sería productor. Haría las remezclas más chingonas. Todos querrían estar con él. Todos. Y las viejas. Es más, hasta Areli. Todas, todas….
La tacha seguía en la bolsa delantera de su camisa a cuadros y el frío lo invitaba a ponerse un pasón, a ser una mejor y más feliz persona, pero él quería fundirse en esa tristeza de las fábricas que nunca paraban su llanto que lloraba niebla. A veces le gustaba fundirse también en la tristeza, ese manto que no terminaba nunca, nunca y se extendía por toda la ciudad.
Al llegar la avenida, vio que la luz del amanecer ya se iba asomando por el cerro del oriente. Tomó la tacha en la mano y aplastó con el pie, hasta que sus dulces promesas de felicidad instantánea se desvanecieron: su amor no tenía salvación, ni muerte, ni siquiera agonía.
Se fue caminando por la Avenida , seguro de que alguien, en algún lugar, también caminaba hacia él.
D.
El secreto de la última luna: unicornios y princesas
Este fin de semana vi muchas películas, pero este es miércoles de pelis palomeras, así que quiero contarles de "El secreto de la última luna".
La historia comienza cuando Maria Merryweather, la protagonista, queda huérfana y es enviada a vivir con su tío; un despectivo y gruñón Lord que vive en la campiña, en un valle que tiene un misterioso secreto.
A pesar de que María quedó desprotegida y sin bienes, debido a las finanzas desordenadas de su padre, tiene como legado un libro en donde se cuenta la historia de la trágica maldición que pesa sobre el valle de Moonacre: la división y rivalidad de las dos familias data de 4999 lunas atrás, cuando la hija de los "De Noire" fue premiada por su bondad con unas perlas mágicas, que causaron la rivalidad entre la familia Merryweather y los De Noire.
María descubre que ella es la elegida para llevar la paz a las dos familias y sus espíritus guardianes, un unicornio y un león negro le ayudarán a conseguir la paz de las dos familias (y desfacer un par de entuertos en el camino).
Esta película fue dirigida por Gabor Csupo, que adaptó “El Mundo Mágico de Terabithia”, por lo que tiene todos los méritos de una película de fantasía...
Algo que llama poderosamente la atención de la cinta es la elección de los vestuarios, que se mueve en tres ámbitos: vestuario medieval, de los De Noire, vestuario Victoriano, de los Merryweather y la extraña indumentaria de Bobby De Noire, que parece un tributo a "Naranja mecánica", tanto por los Bombines como por el maquillaje.
Muy palomera y apta para toda la familia, además de ser una de esas películas "con moraleja", que tanto molestan a cierto publico (aunque a mi me gusten las películas con unicornios, que puedo decir... soy demasiado Lisa Simpson).
D.
La historia comienza cuando Maria Merryweather, la protagonista, queda huérfana y es enviada a vivir con su tío; un despectivo y gruñón Lord que vive en la campiña, en un valle que tiene un misterioso secreto.
A pesar de que María quedó desprotegida y sin bienes, debido a las finanzas desordenadas de su padre, tiene como legado un libro en donde se cuenta la historia de la trágica maldición que pesa sobre el valle de Moonacre: la división y rivalidad de las dos familias data de 4999 lunas atrás, cuando la hija de los "De Noire" fue premiada por su bondad con unas perlas mágicas, que causaron la rivalidad entre la familia Merryweather y los De Noire.
María descubre que ella es la elegida para llevar la paz a las dos familias y sus espíritus guardianes, un unicornio y un león negro le ayudarán a conseguir la paz de las dos familias (y desfacer un par de entuertos en el camino).
Esta película fue dirigida por Gabor Csupo, que adaptó “El Mundo Mágico de Terabithia”, por lo que tiene todos los méritos de una película de fantasía...
Algo que llama poderosamente la atención de la cinta es la elección de los vestuarios, que se mueve en tres ámbitos: vestuario medieval, de los De Noire, vestuario Victoriano, de los Merryweather y la extraña indumentaria de Bobby De Noire, que parece un tributo a "Naranja mecánica", tanto por los Bombines como por el maquillaje.
Muy palomera y apta para toda la familia, además de ser una de esas películas "con moraleja", que tanto molestan a cierto publico (aunque a mi me gusten las películas con unicornios, que puedo decir... soy demasiado Lisa Simpson).
D.
Un hombre y sus audífonos
En el autobús nos dieron un par de audífonos para escuchar la película. Pero las manos del hombre sentado a mi lado eran muy grandes y no podían ponerle las gomitas que protegen los oídos de las ondas sonoras...
Así que, tras ver que batallaba para ponerlas, decidí ofrecerle mi ayuda.
- Es una lata que pongan estos audífonos, ¿sabe? mi espíritu es más bullanguero, por mi estaría prendido el radio y esto sería una fiesta.
Me acostumbré mucho a las fiestas, ¿sabe? porque yo soy de Tehuantepec y allá hay fiesta todos los días... Bueno, un tiempo viví por acá, en Texcoco, porque estudié en Chapingo. Soy ingeniero agrónomo... y hasta un tiempo di clases allí.
Si me gustaba dar clases, ¿sabe? siempre andaba buscando como hacer la clase más emocionante. Creo que ya me conocían porque yo alzaba la voz y todo para que no se me durmieran. Una vez que terminé estuve allí ocho años, pero quería hacer otras cosas, salir al campo...
Y no le voy a negar, la tarea en el campo es dura, sobre todo porque hay muchas cosas que hacer pero hay tan poca planeación...
Incluso allí, en Chapingo, hay muchos terrenos que se podrían aprovechar. Y para qué le voy a decir, la universidad todavía no es autosustentable. ¡Y debería serlo! Pues vea, están los muchachos con becas...
Y cuando yo estudiaba si se podía, si era autosustentable... Pero ahora...
Y es que muchas cosas han cambiado. Ya no sabe uno si para bien o para mal.
Como yo: un tiempo trabajé en los ingenios azucareros. Y allí me iba bien, tenía un sueldo decente y estaba como técnico. En el primer escalón, digamos. Pero los ingenios eran privados y después... pues ya sabe, los vendieron y vinieron todos esos cambios.
Y bueno, como yo siempre había trabajo, pues pensé... pero la cosa se puso muy difícil. ¿Verdad? Y anduve buscando trabajo, pero ya no era yo tan joven, hasta que un muchacho que incluso fue alumno mío me llamó y me dijo: "Me encontré su curriculum y hasta dudé que fuera suyo, profesor..."
Y es que si, yo llegaba a puestos y me decían que no, que había fallado yo el examen... ¡Pero como lo iba a fallar, si era de la materia que daba yo!
No querían decirme que era por mi edad. ¿Pero sabe? Con la edad uno entiende algunas cosas, ve uno más cosas, comprende más...
Y ahora lo veo con mis hijos. Y es que a unos no les dan trabajo por ser jovenes, por carecer de experiencia... y a otros por ser mayores, por la edad.
Nota: Esta anécdota no me sucedió hoy, pero se las cuento en este día del adulto mayor. Un abrazo a mis abuelos, gracias a los cuatro (aunque me faltó conocer a mi abuela paterna) por ser un ejemplo de sabiduría, fortaleza y amor. No me alcanzan las palabras.
D.
Así que, tras ver que batallaba para ponerlas, decidí ofrecerle mi ayuda.
- Es una lata que pongan estos audífonos, ¿sabe? mi espíritu es más bullanguero, por mi estaría prendido el radio y esto sería una fiesta.
Me acostumbré mucho a las fiestas, ¿sabe? porque yo soy de Tehuantepec y allá hay fiesta todos los días... Bueno, un tiempo viví por acá, en Texcoco, porque estudié en Chapingo. Soy ingeniero agrónomo... y hasta un tiempo di clases allí.
Si me gustaba dar clases, ¿sabe? siempre andaba buscando como hacer la clase más emocionante. Creo que ya me conocían porque yo alzaba la voz y todo para que no se me durmieran. Una vez que terminé estuve allí ocho años, pero quería hacer otras cosas, salir al campo...
Y no le voy a negar, la tarea en el campo es dura, sobre todo porque hay muchas cosas que hacer pero hay tan poca planeación...
Incluso allí, en Chapingo, hay muchos terrenos que se podrían aprovechar. Y para qué le voy a decir, la universidad todavía no es autosustentable. ¡Y debería serlo! Pues vea, están los muchachos con becas...
Y cuando yo estudiaba si se podía, si era autosustentable... Pero ahora...
Y es que muchas cosas han cambiado. Ya no sabe uno si para bien o para mal.
Como yo: un tiempo trabajé en los ingenios azucareros. Y allí me iba bien, tenía un sueldo decente y estaba como técnico. En el primer escalón, digamos. Pero los ingenios eran privados y después... pues ya sabe, los vendieron y vinieron todos esos cambios.
Y bueno, como yo siempre había trabajo, pues pensé... pero la cosa se puso muy difícil. ¿Verdad? Y anduve buscando trabajo, pero ya no era yo tan joven, hasta que un muchacho que incluso fue alumno mío me llamó y me dijo: "Me encontré su curriculum y hasta dudé que fuera suyo, profesor..."
Y es que si, yo llegaba a puestos y me decían que no, que había fallado yo el examen... ¡Pero como lo iba a fallar, si era de la materia que daba yo!
No querían decirme que era por mi edad. ¿Pero sabe? Con la edad uno entiende algunas cosas, ve uno más cosas, comprende más...
Y ahora lo veo con mis hijos. Y es que a unos no les dan trabajo por ser jovenes, por carecer de experiencia... y a otros por ser mayores, por la edad.
Nota: Esta anécdota no me sucedió hoy, pero se las cuento en este día del adulto mayor. Un abrazo a mis abuelos, gracias a los cuatro (aunque me faltó conocer a mi abuela paterna) por ser un ejemplo de sabiduría, fortaleza y amor. No me alcanzan las palabras.
D.
Six Lucky Star
Hoy, seis de agosto, se cumplen cinco años de que nos conocimos.
Era sábado. Llegaste tarde.
Llovió.
Recuerdo los detalles como si los reviviera. La banca de la Alameda y el color blanco de los caballos de Bellas Artes.
Recuerdo el sonido de mis pasos y también hay muchas cosas que se me pierden.
El sabor de mi sopa del restaurante chino y hasta tu frase "Mi reino por un café". Recuerdo la librería donde nos perseguíamos en cámara lenta.
Son cinco años de risas, de llanto, de llamadas a deshoras y de tu voz en el teléfono, desde muy lejos, diciendo mi nombre, como si lo reinventaras, como si de esa boca tuya mi nombre naciera de nuevo, mi corazón se dibujara y nada fuera igual, nada, nunca, por siempre.
¿Recuerdas ese día en que lloré en tus brazos?
Creo que jamás me había dado la oportunidad de llorar acompañada. Tenía el corazón roto y tú me acunaste, me protegiste, lamiste mis heridas.
¿Qué más recuerdas?
Eres mi estrella de la suerte y cada una de tus esquinas representa algo distinto para mí.
¿Te acuerdas de las entradas que escribías?
Cada vez que nos encontrábamos recuperabas los fragmentos que a mi se me habían borrado. El color de mi blusa y el bordado de flores japonesas. O la cinta de mi zapato desamarrada, que se manchó de lodo. Recordabas esos pequeños detalles y los plasmabas con toda su crudeza y realidad.
Me gustaba leer esos relatos y verme de lejos, como quien se mira con un catalejo, en una realidad muy lejana...
No sabes cuanto extrañé eso. Como me dolió cuando te alejaste, cuando decidiste fragmentar todo recuerdo de mí, como si nada hubiera importado.
¿Recuerdas la llamada donde nos reconciliamos?
Fue un hermoso regalo de reyes que pudiéramos perdonarnos. Y aún ahora siento que no he tenido regalo más grande que el hacer las paces contigo. Porque mi alma no se había abierto a nadie como se expandió ante ti, porque me dejaste ser y me dejaste enojarme. Y porque me dejaste llorar y me permitiste reír... Porque estuviste para mí en esos momentos en que sólo me quedaba llanto.
No sé si he podido corresponderte toda esa ternura, porque cuando me pedías que te grabara un poema en una cinta magnetofónica, mi voz se quebraba en una de las esquinas de la estrella...
"Tigger, tigger, silent night..."
¿Qué más recuerdas?
A veces siento que eres una estrella que me sigue desde lejos...
Cada esquina de ti, representa algo.
D.
Era sábado. Llegaste tarde.
Llovió.
Recuerdo los detalles como si los reviviera. La banca de la Alameda y el color blanco de los caballos de Bellas Artes.
Recuerdo el sonido de mis pasos y también hay muchas cosas que se me pierden.
El sabor de mi sopa del restaurante chino y hasta tu frase "Mi reino por un café". Recuerdo la librería donde nos perseguíamos en cámara lenta.
Son cinco años de risas, de llanto, de llamadas a deshoras y de tu voz en el teléfono, desde muy lejos, diciendo mi nombre, como si lo reinventaras, como si de esa boca tuya mi nombre naciera de nuevo, mi corazón se dibujara y nada fuera igual, nada, nunca, por siempre.
¿Recuerdas ese día en que lloré en tus brazos?
Creo que jamás me había dado la oportunidad de llorar acompañada. Tenía el corazón roto y tú me acunaste, me protegiste, lamiste mis heridas.
¿Qué más recuerdas?
Eres mi estrella de la suerte y cada una de tus esquinas representa algo distinto para mí.
¿Te acuerdas de las entradas que escribías?
Cada vez que nos encontrábamos recuperabas los fragmentos que a mi se me habían borrado. El color de mi blusa y el bordado de flores japonesas. O la cinta de mi zapato desamarrada, que se manchó de lodo. Recordabas esos pequeños detalles y los plasmabas con toda su crudeza y realidad.
Me gustaba leer esos relatos y verme de lejos, como quien se mira con un catalejo, en una realidad muy lejana...
No sabes cuanto extrañé eso. Como me dolió cuando te alejaste, cuando decidiste fragmentar todo recuerdo de mí, como si nada hubiera importado.
¿Recuerdas la llamada donde nos reconciliamos?
Fue un hermoso regalo de reyes que pudiéramos perdonarnos. Y aún ahora siento que no he tenido regalo más grande que el hacer las paces contigo. Porque mi alma no se había abierto a nadie como se expandió ante ti, porque me dejaste ser y me dejaste enojarme. Y porque me dejaste llorar y me permitiste reír... Porque estuviste para mí en esos momentos en que sólo me quedaba llanto.
No sé si he podido corresponderte toda esa ternura, porque cuando me pedías que te grabara un poema en una cinta magnetofónica, mi voz se quebraba en una de las esquinas de la estrella...
"Tigger, tigger, silent night..."
¿Qué más recuerdas?
A veces siento que eres una estrella que me sigue desde lejos...
Cada esquina de ti, representa algo.
D.
Rituales
F. acudió al cine. Sabía que la cartelera no lo decepcionaría...
Quizá la vida lo decepcionara un poco.
La vida, de hecho, le había preparado muchas decepciones.
Pero la cartelera lo esperaba fielmente.
Iba al cine de la zona universitaria, donde incluso le hacían un descuento a los estudiantes que presentaban su credencial. Era un poco curioso verse siempre rodeado de muchachos rastafaris y chicas con aretes en los ombligos.
Pero ese cine le gustaba. Estaba en las cercanías de un barrio antiguo, de calles empedradas. La zona era uno de esos pueblos que habían sido devorados por la ciudad, por alguna extraña razón, en la esquina de la calle había incluso un pequeño cementerio.
El cine siempre presentaba películas de arte, de festivales internacionales... A veces daban cintas más comerciales, para crear un correcto equilibrio para mantener los jardines.
A F. le gustaba aquel cine, aunque le traía demasiados recuerdos.
F. solía ir al cine con C.
Siempre que tenían tiempo antes de la función tomaban un café.
A veces C. lo invitaba a visitar el cementerio. Solían pasear por allí e inventarse las historias de las personas que estaban enterradas. Las historias las hacían basándose en sus epitafios o en las flores que reposaban sobre los floreros.
Si encontraban flores fuera de lugar, C. las acomodaba en las tumbas que estaban sin flores. A veces C. decía unas palabras frente a la tumba o incluso le dedicaba una canción triste.
A F. le enternecía la actitud de C: parecía que sus canciones y sus flores fueran su forma de celebrar su propia vida...
F. no sabía que había en la cartelera. Pero sabía que C. no estaría allí para ver la película. Y sabía que nunca más iría a ese cine sin C.
D.
Quizá la vida lo decepcionara un poco.
La vida, de hecho, le había preparado muchas decepciones.
Pero la cartelera lo esperaba fielmente.
Iba al cine de la zona universitaria, donde incluso le hacían un descuento a los estudiantes que presentaban su credencial. Era un poco curioso verse siempre rodeado de muchachos rastafaris y chicas con aretes en los ombligos.
Pero ese cine le gustaba. Estaba en las cercanías de un barrio antiguo, de calles empedradas. La zona era uno de esos pueblos que habían sido devorados por la ciudad, por alguna extraña razón, en la esquina de la calle había incluso un pequeño cementerio.
El cine siempre presentaba películas de arte, de festivales internacionales... A veces daban cintas más comerciales, para crear un correcto equilibrio para mantener los jardines.
A F. le gustaba aquel cine, aunque le traía demasiados recuerdos.
F. solía ir al cine con C.
Siempre que tenían tiempo antes de la función tomaban un café.
A veces C. lo invitaba a visitar el cementerio. Solían pasear por allí e inventarse las historias de las personas que estaban enterradas. Las historias las hacían basándose en sus epitafios o en las flores que reposaban sobre los floreros.
Si encontraban flores fuera de lugar, C. las acomodaba en las tumbas que estaban sin flores. A veces C. decía unas palabras frente a la tumba o incluso le dedicaba una canción triste.
A F. le enternecía la actitud de C: parecía que sus canciones y sus flores fueran su forma de celebrar su propia vida...
F. no sabía que había en la cartelera. Pero sabía que C. no estaría allí para ver la película. Y sabía que nunca más iría a ese cine sin C.
D.
Cuento: "No le des cuerda"
Nota aclaratoria: Este es un cuento, para que empiecen bien la semana. No tiene relación alguna con personas o acontecimientos reales: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Héctor Sierra suspiró. El día se le había hecho ya eterno. Y apenas era lunes. Desde hacía tiempo sus días en la tienda de juguetes eran así.
Cuando abrió estaba lleno de entusiasmo. El comprar y revender juguetes de colección era su sueño. Había ahorrado muchos años para tener ese negocio propio: tantos años como asistente administrativo, detrás de grises escritorios, para poder emplear ese capital en su verdadera pasión.
En la vidriera, autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda restaurados...
Pero al parecer las personas interesadas en autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda no era tan grande como él pensaba.
Tras días y días de esperar la clientela, las muñecas entristecían y sus ojos vidriosos se veían cada vez más húmedos, como si fueran a soltarse a llorar en cualquier momento.
La campanilla de la puerta sólo se movía cuando Berenice, su esposa, llegaba a buscarlo.
Berenice llegaba despeinada, cansada y su sonrisa triste cobijaba a Héctor en su fracaso comercial.
Cuando se conocieron, Héctor le pintaba caballitos de madera y armaba títeres de guiñol, para representar batallas en cajas de cartón, a modo de escenarios improvisados.
Ahora Berenice ya no tenía ánimo de pensar en caballos y batallas. Apenas y podía con el cuidado de Pablo, su pequeño hijo.
A Héctor no le gustaba que el niño rondara la tienda. Los brillantes colores eran demasiada tentación para el pequeño, que giraba con demasiada fuerza las perillas y jalaba el cabello sintético de las Barbies que nunca debían de salir de las cajas...
Aunque algunas veces extrañaba la sonrisa del pequeño, que apenas descubría el mundo.
Intentaba situarse en ese momento del descúbrimiento. Trataba de colocarse en ese estado de sorpresa original.Divertirse como antes. Sentir... Sentir de nuevo.
Pero se descubría diciendo en voz alta, casi gritando:
- ¡No le des cuerda al carrusel! ¡Lo vas a descomponer!
Pablo lloraba y Berenice lo miraba extrañada, como si fuera otro, como si ese mundo de vidrieras le hubiera cambiado al marido, raptandolo del almacén hacia una dimensión desconocida, trayendo a este extraño que siempre estaba triste y siempre estaba ausente.
Héctor pensaba en ello...
Cuando la campanilla de la puerta finalmente sonó.
- ¡ Tiene una rueda de la fortuna de Periquin! ¿Y realmente funciona?
La mujer que entró a la tienda tendría 30 años, quizá. Llevaba una falda amarilla y una blusa blanca. Toda la ropa se delineaba a su figura, redondeada en los lugares justos. El sol se reflejó en sus prendas y pareció iluminar el lugar.
- Sí. Todo funciona. Nos especializamos en vender y reparar juguetes. - Aseguró Héctor, con su mejor sonrisa trist.
- ¿Puedo escucharla?
Eso iba contra la política de darle cuerda a los juguetes para clientes curiosos, pero...
- Claro.
La cajita de música de la rueda de la fortuna empezó a sonar, mientras que las canastillas de madera giraban despacio, pero constantemente. Un pequeño muñequito daba cuerda a una manivela, como si fuera el operador del juego de feria.
- ¡Es realmente maravilloso! Me ha alegrado el día. Era mi juguete preferido de niña. Muchas gracias...
Aquella mujer era realmente extraordinaria. Sonrió y salió por la puerta, mientras la música aún sonaba.
Héctor limpio la superficie de la vitrina y se preguntó: ¿A qué juguete debía de darle cuerda ahora?
D.
Héctor Sierra suspiró. El día se le había hecho ya eterno. Y apenas era lunes. Desde hacía tiempo sus días en la tienda de juguetes eran así.
Cuando abrió estaba lleno de entusiasmo. El comprar y revender juguetes de colección era su sueño. Había ahorrado muchos años para tener ese negocio propio: tantos años como asistente administrativo, detrás de grises escritorios, para poder emplear ese capital en su verdadera pasión.
En la vidriera, autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda restaurados...
Pero al parecer las personas interesadas en autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda no era tan grande como él pensaba.
Tras días y días de esperar la clientela, las muñecas entristecían y sus ojos vidriosos se veían cada vez más húmedos, como si fueran a soltarse a llorar en cualquier momento.
La campanilla de la puerta sólo se movía cuando Berenice, su esposa, llegaba a buscarlo.
Berenice llegaba despeinada, cansada y su sonrisa triste cobijaba a Héctor en su fracaso comercial.
Cuando se conocieron, Héctor le pintaba caballitos de madera y armaba títeres de guiñol, para representar batallas en cajas de cartón, a modo de escenarios improvisados.
Ahora Berenice ya no tenía ánimo de pensar en caballos y batallas. Apenas y podía con el cuidado de Pablo, su pequeño hijo.
A Héctor no le gustaba que el niño rondara la tienda. Los brillantes colores eran demasiada tentación para el pequeño, que giraba con demasiada fuerza las perillas y jalaba el cabello sintético de las Barbies que nunca debían de salir de las cajas...
Aunque algunas veces extrañaba la sonrisa del pequeño, que apenas descubría el mundo.
Intentaba situarse en ese momento del descúbrimiento. Trataba de colocarse en ese estado de sorpresa original.Divertirse como antes. Sentir... Sentir de nuevo.
Pero se descubría diciendo en voz alta, casi gritando:
- ¡No le des cuerda al carrusel! ¡Lo vas a descomponer!
Pablo lloraba y Berenice lo miraba extrañada, como si fuera otro, como si ese mundo de vidrieras le hubiera cambiado al marido, raptandolo del almacén hacia una dimensión desconocida, trayendo a este extraño que siempre estaba triste y siempre estaba ausente.
Héctor pensaba en ello...
Cuando la campanilla de la puerta finalmente sonó.
- ¡ Tiene una rueda de la fortuna de Periquin! ¿Y realmente funciona?
La mujer que entró a la tienda tendría 30 años, quizá. Llevaba una falda amarilla y una blusa blanca. Toda la ropa se delineaba a su figura, redondeada en los lugares justos. El sol se reflejó en sus prendas y pareció iluminar el lugar.
- Sí. Todo funciona. Nos especializamos en vender y reparar juguetes. - Aseguró Héctor, con su mejor sonrisa trist.
- ¿Puedo escucharla?
Eso iba contra la política de darle cuerda a los juguetes para clientes curiosos, pero...
- Claro.
La cajita de música de la rueda de la fortuna empezó a sonar, mientras que las canastillas de madera giraban despacio, pero constantemente. Un pequeño muñequito daba cuerda a una manivela, como si fuera el operador del juego de feria.
- ¡Es realmente maravilloso! Me ha alegrado el día. Era mi juguete preferido de niña. Muchas gracias...
Aquella mujer era realmente extraordinaria. Sonrió y salió por la puerta, mientras la música aún sonaba.
Héctor limpio la superficie de la vitrina y se preguntó: ¿A qué juguete debía de darle cuerda ahora?
D.
M. odia los miércoles
Así como Mafalda odia la sopa y Garfield odia los lunes, M. odia los miércoles.
En su infancia M. recuerda que el miércoles era el día de educación física, así que ponían a correr a los críos como desquiciados o los torturaban con variadas rutinas militares, como intentar tocarse los dedos de los pies con los dedos de las manos sin doblar las rodillas...
Luego les daban un largo rato para jugar futbol, basquetbol, voleibol, para dejar en claro que M. no poseía ningún atributo de tipo físico y siempre quedaba de manifiesto su torpeza.
La maldición del miércoles parecía extenderse a otros variados ámbitos de la vida privada y pública de M. porque ese día había que lavar los trastes, era necesario visitar a la tía molesta o sucedían cosas impredecibles como que lloviera, sobre todo cuando M. planeaba salir a pasear.
Los miércoles fueron de educación física en la primaria, pero más tarde, el miércoles programaban las otras clases que M. no soportaba: fuera cálculo diferencial e integral o la clase de anatomía, sin importar el año, siempre había dosis doble el miércoles.
Todavía hoy M. se quedó sin dormir una buena parte de la noche, se quedó sin comer una buena parte de su comida y recordó, con una sonrisa beatífica, que tenía algo a que atribuirle toda esta cadena de sinsabores. Era miércoles.
Al menos había encontrado un culpable.
D.
En su infancia M. recuerda que el miércoles era el día de educación física, así que ponían a correr a los críos como desquiciados o los torturaban con variadas rutinas militares, como intentar tocarse los dedos de los pies con los dedos de las manos sin doblar las rodillas...
Luego les daban un largo rato para jugar futbol, basquetbol, voleibol, para dejar en claro que M. no poseía ningún atributo de tipo físico y siempre quedaba de manifiesto su torpeza.
La maldición del miércoles parecía extenderse a otros variados ámbitos de la vida privada y pública de M. porque ese día había que lavar los trastes, era necesario visitar a la tía molesta o sucedían cosas impredecibles como que lloviera, sobre todo cuando M. planeaba salir a pasear.
Los miércoles fueron de educación física en la primaria, pero más tarde, el miércoles programaban las otras clases que M. no soportaba: fuera cálculo diferencial e integral o la clase de anatomía, sin importar el año, siempre había dosis doble el miércoles.
Todavía hoy M. se quedó sin dormir una buena parte de la noche, se quedó sin comer una buena parte de su comida y recordó, con una sonrisa beatífica, que tenía algo a que atribuirle toda esta cadena de sinsabores. Era miércoles.
Al menos había encontrado un culpable.
D.
La Incondicional
- ¿Y tus amigas son como tú?
- ¿Cómo?
- Si... que no hacen preguntas y no ponen condiciones.
A. esbozó una sonrisa triste y pensó en aquella rola que sonaba en la radio cuando recibió su primer beso. "La incondicional". No pensaba que ese tipo de cosas marcarían su destino, para ser siempre "la bateadora emergente", "la capillita", "plato de segunda mesa" y tantos apelativos por el estilo.
La amada amante. No sabía como había llegado a ese lugar, quizá su inconsistencia para elegir o esa dificultad que se formaba en sus cuerdas vocales para decir "no".
Lo que ella quería hacer era salir corriendo, pero por alguna extraña razón se quedaba, formaba parte de la ancestral costumbre y conseja popular: "a cada hombre le tocan siete mujeres y un maricón".
Y ella, con conocimiento de causa, no podía alegar que era un engaño... Enterada estaba de que no era la "catedral" y que sus amores clandestinos no tenían ningún futuro. Parecía ser siempre el destino de A.
Incluso, cuando se trataba de consolar con canciones, había algún destello de burla en aquello de reconocer que, aunque todos eran "casi los hombres perfectos", siempre habría algún compromiso que opacara ese resplandor dorado que tienen los paseos en auto, los regalos y las flores de: "disculpa, esta noche tampoco pude quedarme, me esperaba mi esposa en casa".
Pensar que era mejor saberse la otra y no vivir en el cuento (la falsedad) del "vivieron felices para siempre" era poco alivio. En muchas ocasiones A. hubiera querido ser (al menos por una vez) la novia oficial. Aunque hubiera estado engañada, era un puesto que nunca le había tocado, ni siquiera cuando sonaba en el radio esa primera canción...
- ¿No te importa, verdad?
Y allí, cuando sus labios debían de decir -¡Sí! ¡Me importa!- ella sólo conseguía agitar la cabeza, ocultando su desprecio ante tantas mentiras, mordiéndose los labios lenta y dolorosamente.
D.
- ¿Cómo?
- Si... que no hacen preguntas y no ponen condiciones.
A. esbozó una sonrisa triste y pensó en aquella rola que sonaba en la radio cuando recibió su primer beso. "La incondicional". No pensaba que ese tipo de cosas marcarían su destino, para ser siempre "la bateadora emergente", "la capillita", "plato de segunda mesa" y tantos apelativos por el estilo.
La amada amante. No sabía como había llegado a ese lugar, quizá su inconsistencia para elegir o esa dificultad que se formaba en sus cuerdas vocales para decir "no".
Lo que ella quería hacer era salir corriendo, pero por alguna extraña razón se quedaba, formaba parte de la ancestral costumbre y conseja popular: "a cada hombre le tocan siete mujeres y un maricón".
Y ella, con conocimiento de causa, no podía alegar que era un engaño... Enterada estaba de que no era la "catedral" y que sus amores clandestinos no tenían ningún futuro. Parecía ser siempre el destino de A.
Incluso, cuando se trataba de consolar con canciones, había algún destello de burla en aquello de reconocer que, aunque todos eran "casi los hombres perfectos", siempre habría algún compromiso que opacara ese resplandor dorado que tienen los paseos en auto, los regalos y las flores de: "disculpa, esta noche tampoco pude quedarme, me esperaba mi esposa en casa".
Pensar que era mejor saberse la otra y no vivir en el cuento (la falsedad) del "vivieron felices para siempre" era poco alivio. En muchas ocasiones A. hubiera querido ser (al menos por una vez) la novia oficial. Aunque hubiera estado engañada, era un puesto que nunca le había tocado, ni siquiera cuando sonaba en el radio esa primera canción...
- ¿No te importa, verdad?
Y allí, cuando sus labios debían de decir -¡Sí! ¡Me importa!- ella sólo conseguía agitar la cabeza, ocultando su desprecio ante tantas mentiras, mordiéndose los labios lenta y dolorosamente.
D.
Un lugar feliz
Jessica me invitó de campamento. No le dije a mi jefe que iba a faltar. Simplemente desaparecí ese día. Jessica me dijo "lleva ropa para dos días y una noche y ya". Tampoco le avisé a Selene, mi novia.
Jessica siempre me dice que si yo hubiera sido hombre, me habría seducido. "Lástima que no naciste con ese adornito colgando entre las piernas". Tampoco termina de gustarle la idea de que sea lesbiana. Ve a Selene con recelo y a mí me acepta sólo porque nos conocemos desde hace años.
Recuerdo que cuando por fin le dije a Jessica que me gustaban las mujeres: me miró raro, como si me barriera, pero más feo. Antes eramos las mejores amigas. Ibamos de compras juntas y platicabamos mucho rato. Ella tenía un buen de problemas y le gustaba quedarse en mi casa a comer, le decía que más bien era su refugio.
Jessica tenía muchos problemas en la escuela. Era por culpa de las drogas. A veces estaba bien, platicando con nosotras y luego se perdía o se daba la vuelta y nos dejaba hablando.
Cuando decidió dejar las drogas me llamaba llorando a las tres de la madrugada. "No voy a poder, wey, ya me chingué" y yo le decía que le echara ganas y cosas así. Nunca he recibido llamadas a esa hora, sólo de ella. Ni siquiera de Selene. Si Selene me hubiera llamado a las tres la hubiera mandado a la chingada. Pero Jessica es mi amiga.
Cuando trabajaba en Kentucky le regalaba pollo frito, del que me daban para que yo comiera. Y veía como le entraba bien chido a la ensalada y me daba ternurita.
Pero no, Jessica no me gusta. Es sólo que somos amigas. Por eso no pensé nada raro cuando me dijo del campamento.
Ella manejó. Le pidió el carro a su papá y se lo prestó. Cómo su papá tiene sentimiendo de culpa de haberla dejado desde muy chica le da de todo. Bastante varo. De allí salía para las drogas. Ya ni sé que tanta droga se metía. Pero si probó varias, algunas más caras.
Jessica manejó hasta adelante de Toluca. El terreno era boscoso y hacía frío. Tomó un buen de desviaciones y me pregunté si mi chamarra sería bastante... Pero se detuvo en una cabaña muy bonita, toda de madera, con un letrero labrado "Dharpa".
Se me hizo un lugar un poco extraño, sobre todo porque no vi casas de campaña cerca, pero igual y era el sitio donde uno pagaba los derechos de acampada.
- ¡Sorpresa! Es tu regalo de cumpleaños. - Me dijo Jessica, toda sonriente, en cuanto bajamos del auto.
Entramos y nos recibió una mujer de cabello muy corto y ropa blanca.
- Se registran y pasan a la sala de reuniones.- Nos dijo. - ¿Ya pagaron?
- Ya, muchas gracias.
La "Sala de juntas" era un cuarto vacío, donde había un par de personas sentadas en sillas en forma de circulo.
No tardé mucho en darme cuenta de que era una especie de retiro. Primero te hacían contar tu historia y te hacían sentir basura. La cosa más miserable del mundo. Y con muchas personas era fácil. Sus historias eran realmente terribles. Había de todo... pedófilos, sádicos, ninfómanas, gente que estuvo en los infiernos más profundos, en la mierda más olorosa, en lo más batido del estiercol de la humanidad, donde el vómito es lo menos descompuesto.
"Seduje a mi primo para que me sacara de casa, porque mi padre abusaba de mí" era la historia de una mujer rubia y escurrida, que había pasado por varios abortos y a sus 30 años tenía una cara como de 50. De esas personas que viven muchas vidas y padecen muchas muertes.
"Azotaba a mi hijo con el cable de la plancha cuando defendía a su madre, porque yo llegaba borracho y quería pegarle", aquellos hombres rudos de manos como tenazas y piel cuarteada lloraban como críos cuando el guía de "la sala de juntas" alzaba la voz y gritaba "Arrepientanse!!!".
Al principio me tuve que contener la risa, pero como no nos dieron de comer, ni de cenar, se me fue quitando el buen humor. En la noche no nos dejaban dormir, seguíamos en la sala, tomando café y ellos te hacían recontar otra vez tu historia, hasta dejarte exahusto.
Yo conté mi historia. Una versión de ella, al menos. No pude decir que desde que había reconocido frente a mis padres que era lesbiana era feliz. Tampoco pude decir que Selene era todo lo que quería en una pareja y aún más. Tampoco pude contar que, aunque mi mamá lloró durante días y días cuando le di la noticia, ahora incluso me daba su venía cuando veía que Selene era buena conmigo y me cuidaba.
Jessica también contó su historia. La del divorcio de sus padres, de sus drogas "Del abismo de oscuridad y desesperación" en el que había caído.
Todos eramos basura, pues. El "guía" nos lo dejaba en claro y también nos recordaba que, después de todo, la única salvación era ir a la luz. Unirse a dios y ser uno con él.
El tiempo pasó lento, pero pasaba. Apenas y nos dejaron dormir un par de horas, en el suelo y sin mantas. El piso frío y la molestia con Jessica no me permitían conciliar el sueño, pero el agotamiento ganó.
Nos despertaron a las seis de la mañana y nos dieron apenas oportunidad de lavarnos el rostro.
"¿Ya viste a dios? ¿Te ha pedido que sigas su sendero?"
Como ya era domingo me propuse decirles que sí a todo. Que ya había visto a ese hombre. Que estaba envuelto en una luz blanca...
Lo cierto es que, mientras hablaba de la luz blanca, estaba yo en mi lugar feliz, un parque al que me llevaba mi padre cuando era niña.
Al salir del lugar no sabía ni que decirle a Jessica. Casi quería ahorcarla, pero yo no sé manejar y quería estar lejos de allí antes de empezar a gritarle.
- ¿Qué te pareció mi lugar feliz? ¡Quería compartirlo contigo!
No le dije a mi jefe por qué falté a trabajar. Tampoco le conté a Selene, mi novia.
D.
Jessica siempre me dice que si yo hubiera sido hombre, me habría seducido. "Lástima que no naciste con ese adornito colgando entre las piernas". Tampoco termina de gustarle la idea de que sea lesbiana. Ve a Selene con recelo y a mí me acepta sólo porque nos conocemos desde hace años.
Recuerdo que cuando por fin le dije a Jessica que me gustaban las mujeres: me miró raro, como si me barriera, pero más feo. Antes eramos las mejores amigas. Ibamos de compras juntas y platicabamos mucho rato. Ella tenía un buen de problemas y le gustaba quedarse en mi casa a comer, le decía que más bien era su refugio.
Jessica tenía muchos problemas en la escuela. Era por culpa de las drogas. A veces estaba bien, platicando con nosotras y luego se perdía o se daba la vuelta y nos dejaba hablando.
Cuando decidió dejar las drogas me llamaba llorando a las tres de la madrugada. "No voy a poder, wey, ya me chingué" y yo le decía que le echara ganas y cosas así. Nunca he recibido llamadas a esa hora, sólo de ella. Ni siquiera de Selene. Si Selene me hubiera llamado a las tres la hubiera mandado a la chingada. Pero Jessica es mi amiga.
Cuando trabajaba en Kentucky le regalaba pollo frito, del que me daban para que yo comiera. Y veía como le entraba bien chido a la ensalada y me daba ternurita.
Pero no, Jessica no me gusta. Es sólo que somos amigas. Por eso no pensé nada raro cuando me dijo del campamento.
Ella manejó. Le pidió el carro a su papá y se lo prestó. Cómo su papá tiene sentimiendo de culpa de haberla dejado desde muy chica le da de todo. Bastante varo. De allí salía para las drogas. Ya ni sé que tanta droga se metía. Pero si probó varias, algunas más caras.
Jessica manejó hasta adelante de Toluca. El terreno era boscoso y hacía frío. Tomó un buen de desviaciones y me pregunté si mi chamarra sería bastante... Pero se detuvo en una cabaña muy bonita, toda de madera, con un letrero labrado "Dharpa".
Se me hizo un lugar un poco extraño, sobre todo porque no vi casas de campaña cerca, pero igual y era el sitio donde uno pagaba los derechos de acampada.
- ¡Sorpresa! Es tu regalo de cumpleaños. - Me dijo Jessica, toda sonriente, en cuanto bajamos del auto.
Entramos y nos recibió una mujer de cabello muy corto y ropa blanca.
- Se registran y pasan a la sala de reuniones.- Nos dijo. - ¿Ya pagaron?
- Ya, muchas gracias.
La "Sala de juntas" era un cuarto vacío, donde había un par de personas sentadas en sillas en forma de circulo.
No tardé mucho en darme cuenta de que era una especie de retiro. Primero te hacían contar tu historia y te hacían sentir basura. La cosa más miserable del mundo. Y con muchas personas era fácil. Sus historias eran realmente terribles. Había de todo... pedófilos, sádicos, ninfómanas, gente que estuvo en los infiernos más profundos, en la mierda más olorosa, en lo más batido del estiercol de la humanidad, donde el vómito es lo menos descompuesto.
"Seduje a mi primo para que me sacara de casa, porque mi padre abusaba de mí" era la historia de una mujer rubia y escurrida, que había pasado por varios abortos y a sus 30 años tenía una cara como de 50. De esas personas que viven muchas vidas y padecen muchas muertes.
"Azotaba a mi hijo con el cable de la plancha cuando defendía a su madre, porque yo llegaba borracho y quería pegarle", aquellos hombres rudos de manos como tenazas y piel cuarteada lloraban como críos cuando el guía de "la sala de juntas" alzaba la voz y gritaba "Arrepientanse!!!".
Al principio me tuve que contener la risa, pero como no nos dieron de comer, ni de cenar, se me fue quitando el buen humor. En la noche no nos dejaban dormir, seguíamos en la sala, tomando café y ellos te hacían recontar otra vez tu historia, hasta dejarte exahusto.
Yo conté mi historia. Una versión de ella, al menos. No pude decir que desde que había reconocido frente a mis padres que era lesbiana era feliz. Tampoco pude decir que Selene era todo lo que quería en una pareja y aún más. Tampoco pude contar que, aunque mi mamá lloró durante días y días cuando le di la noticia, ahora incluso me daba su venía cuando veía que Selene era buena conmigo y me cuidaba.
Jessica también contó su historia. La del divorcio de sus padres, de sus drogas "Del abismo de oscuridad y desesperación" en el que había caído.
Todos eramos basura, pues. El "guía" nos lo dejaba en claro y también nos recordaba que, después de todo, la única salvación era ir a la luz. Unirse a dios y ser uno con él.
El tiempo pasó lento, pero pasaba. Apenas y nos dejaron dormir un par de horas, en el suelo y sin mantas. El piso frío y la molestia con Jessica no me permitían conciliar el sueño, pero el agotamiento ganó.
Nos despertaron a las seis de la mañana y nos dieron apenas oportunidad de lavarnos el rostro.
"¿Ya viste a dios? ¿Te ha pedido que sigas su sendero?"
Como ya era domingo me propuse decirles que sí a todo. Que ya había visto a ese hombre. Que estaba envuelto en una luz blanca...
Lo cierto es que, mientras hablaba de la luz blanca, estaba yo en mi lugar feliz, un parque al que me llevaba mi padre cuando era niña.
Al salir del lugar no sabía ni que decirle a Jessica. Casi quería ahorcarla, pero yo no sé manejar y quería estar lejos de allí antes de empezar a gritarle.
- ¿Qué te pareció mi lugar feliz? ¡Quería compartirlo contigo!
No le dije a mi jefe por qué falté a trabajar. Tampoco le conté a Selene, mi novia.
D.
Historia de un saco blanco, de botones negros y su dueña
Hoy tenía sueño.
Así que me quedé profundamente dormida en el metrobus (luego por eso me roban la cartera).
Pero me despertó un cosquilleo en la nariz. No era nada desagradable, sólo una cosquilla juguetona, de esas que te despiertan en la mañana, cuando tu hermana te pasa una pluma para ponerte su cara sonriente enfrente.
Abri los ojos y encontré un saco blanco, con botones negros, enfrente de mi nariz. Lo que me hacía cosquillas era la bolsa de tintorería del saco.
- ¡Disculpe! La desperté- La propietaria del saco, una mujer de cabello rubio, maquillaje cuidado y unos 40 años de edad, estaba de pie y había usado el tubo del metrobus de perchero.
- No hay cuidado- dije. Y me dispuse a dormir de nuevo...
Pero la mujer que iba junto a mi bajó y la dama del saco blanco se sentó a mi lado.
-...es que aproveché a sacar mi saco de la tintorería. Me mudé de casa y no me gusta ninguna de las tintorerías de allá. ¿Vas hasta la base?
- No... - En general soy amable con los extraños que me hacen la platica, pero juro que tenía mucho sueño.
- Yo voy hasta la estación Río Mayo, pero prefiero ir a esta otra tintorería, porque soy clienta desde hace 18 años.
- Eso es toda una vida... - aseguré, antes de quedarme dormida de nuevo.
Estoy segura de que a ella le hubiera gustado platicarme de por qué se mudó...
E incluso yo podría decirle que a mi abuelita le cambian la ropa en la tintorería o podría preguntarle por el origen de su saco...
Pero les juro que tenía mucho sueño.
Desperté cuando el metrobus frenó, justo antes de Río Mayo.
- Hasta luego- dijo la amable mujer del saco blanco.
-Tenga una buen día.
D.
Así que me quedé profundamente dormida en el metrobus (luego por eso me roban la cartera).
Pero me despertó un cosquilleo en la nariz. No era nada desagradable, sólo una cosquilla juguetona, de esas que te despiertan en la mañana, cuando tu hermana te pasa una pluma para ponerte su cara sonriente enfrente.
Abri los ojos y encontré un saco blanco, con botones negros, enfrente de mi nariz. Lo que me hacía cosquillas era la bolsa de tintorería del saco.
- ¡Disculpe! La desperté- La propietaria del saco, una mujer de cabello rubio, maquillaje cuidado y unos 40 años de edad, estaba de pie y había usado el tubo del metrobus de perchero.
- No hay cuidado- dije. Y me dispuse a dormir de nuevo...
Pero la mujer que iba junto a mi bajó y la dama del saco blanco se sentó a mi lado.
-...es que aproveché a sacar mi saco de la tintorería. Me mudé de casa y no me gusta ninguna de las tintorerías de allá. ¿Vas hasta la base?
- No... - En general soy amable con los extraños que me hacen la platica, pero juro que tenía mucho sueño.
- Yo voy hasta la estación Río Mayo, pero prefiero ir a esta otra tintorería, porque soy clienta desde hace 18 años.
- Eso es toda una vida... - aseguré, antes de quedarme dormida de nuevo.
Estoy segura de que a ella le hubiera gustado platicarme de por qué se mudó...
E incluso yo podría decirle que a mi abuelita le cambian la ropa en la tintorería o podría preguntarle por el origen de su saco...
Pero les juro que tenía mucho sueño.
Desperté cuando el metrobus frenó, justo antes de Río Mayo.
- Hasta luego- dijo la amable mujer del saco blanco.
-Tenga una buen día.
D.
Los calientes
Sarah dejó una gran bolsa en el suelo. Contenía dos cajas de focos, un desatornillador nuevo, alcohol para el botiquin, una caja de cerillos, velas y hasta un par de almohadas. No quería ser de esas recién casadas que no saben ni quitar un tornillo o que se quedan sin luz en la primera noche en la casa nueva.
Sarah no le había dicho a Saúl que llegaría con cosas al departamento nuevo: cuando les entregaron las llaves, cada quien se quedó con un juego y acordaron ir llevando las cosas poco a poco, sin presionarse...
Al final de cuentas, Saúl llevaba más cosas, porque tenía una camioneta y Sarah ocupaba casi todo el tiempo en planear la boda... aquella cosa "pequeña y familiar" que se había convertido en un monstruo que amenazaba con acabarle la vida.
Desde hacía meses parecía no tener tiempo para nada: había llevado a cortar y pintar a mano la tela de su vestido, probó diez clases de pasteles diferentes en cinco pastelerías distintas, armó listas de invitados, distribuyó a la gente con tacto y diplomacia, cuidando que ninguna de las viejas rencillas acabara en la misma mesa...
Sarah estaba agotada.
Pero a tan pocos días de su matrimonio, su amiga Adela le contó que al regresar de su luna de miel tuvo una fuerte discusión con su nuevo marido, porque no había puesto los focos de los baños y la cocina.
Preocupada de que algo fuera a empañar su felicidad, Sarah había salido ese día a toda prisa del trabajo para llevar focos de repuesto... por más románticas que fueran las velas, no estaba dispuesta a empezar su nueva vida con falla alguna.
Y sin embargo...
Tras abrir la puerta, Sarah notó que había algo mal.
Sólo tuvo que dar una vuelta a la llave, a pesar de que la chapa requería 3 vueltas, al menos, para abrirse.
Luego, sobre el sofá nuevo, encontró un portafolios sospechoso. Pero no tan desconocido. Era el portafolios de Saúl.
Y, desde el cuarto, el claro sonido de un martilleo. Sonidos ahogados, gritos que estaban por estallar.
Llevó el ojo a la cerradura y la visión de dos cuerpos la cegó, como quien prende de golpe una luz y te deja las pupilas dilatadas.
Abrumada, su mente fue de nuevo a los cerillos.
Puso una silla para atrancar la puerta.
Rompio las almohadas, las empapó de alcohol y las hizo arder en la sala, fue tirando a su paso todo lo que encontró, para que aquello que se quemara rápido.
Le echó una última mirada, antes de cerrar la puerta, a aquella fogata improvisada y pensó que, afortunadamente Saúl era un hombre muy cuidadoso y había puesto el seguro del departamento a su nombre.
D.
Sarah no le había dicho a Saúl que llegaría con cosas al departamento nuevo: cuando les entregaron las llaves, cada quien se quedó con un juego y acordaron ir llevando las cosas poco a poco, sin presionarse...
Al final de cuentas, Saúl llevaba más cosas, porque tenía una camioneta y Sarah ocupaba casi todo el tiempo en planear la boda... aquella cosa "pequeña y familiar" que se había convertido en un monstruo que amenazaba con acabarle la vida.
Desde hacía meses parecía no tener tiempo para nada: había llevado a cortar y pintar a mano la tela de su vestido, probó diez clases de pasteles diferentes en cinco pastelerías distintas, armó listas de invitados, distribuyó a la gente con tacto y diplomacia, cuidando que ninguna de las viejas rencillas acabara en la misma mesa...
Sarah estaba agotada.
Pero a tan pocos días de su matrimonio, su amiga Adela le contó que al regresar de su luna de miel tuvo una fuerte discusión con su nuevo marido, porque no había puesto los focos de los baños y la cocina.
Preocupada de que algo fuera a empañar su felicidad, Sarah había salido ese día a toda prisa del trabajo para llevar focos de repuesto... por más románticas que fueran las velas, no estaba dispuesta a empezar su nueva vida con falla alguna.
Y sin embargo...
Tras abrir la puerta, Sarah notó que había algo mal.
Sólo tuvo que dar una vuelta a la llave, a pesar de que la chapa requería 3 vueltas, al menos, para abrirse.
Luego, sobre el sofá nuevo, encontró un portafolios sospechoso. Pero no tan desconocido. Era el portafolios de Saúl.
Y, desde el cuarto, el claro sonido de un martilleo. Sonidos ahogados, gritos que estaban por estallar.
Llevó el ojo a la cerradura y la visión de dos cuerpos la cegó, como quien prende de golpe una luz y te deja las pupilas dilatadas.
Abrumada, su mente fue de nuevo a los cerillos.
Puso una silla para atrancar la puerta.
Rompio las almohadas, las empapó de alcohol y las hizo arder en la sala, fue tirando a su paso todo lo que encontró, para que aquello que se quemara rápido.
Le echó una última mirada, antes de cerrar la puerta, a aquella fogata improvisada y pensó que, afortunadamente Saúl era un hombre muy cuidadoso y había puesto el seguro del departamento a su nombre.
D.
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La hora del parque
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