El programa que escucho por la mañana "El fin del mundo", tiene una cortinilla en la que dicen:
"Ese automóvil en el que tienes una hora y media sin moverte, es uno de los máximos logros de la civilización para transportarnos"
Realmente te hacen ponerlo en perspectiva... por más incómodo que sea, en realidad es más cómodo que estar en una caravana o montar a campo traviesa...
Claro, el nostálgico de quien no vivió esos tiempos, podría decir que un viaje en una calesa puede ser pintoresco...
Y mi romántica desviación a la escena en que Madame Bovary le pone el cuerno a su marido dando vueltas en las calles de Lyon, o Sherlock Holmes pidiéndole al cochero de su carruaje que acelere, para atrapar a un asesino...
Me encanta pensar en los transportes a lo largo de la historia: trenes, carrozas, carretas... Aviones supersónicos y trasatlánticos.
D.
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¿Me permite?
Uno de los profesores adjuntos que me daba clases en la universidad iba a escribir su tesis semiótica sobre el culo y sus significados socioculturales.
Además de haber leído mucho a Bataille, este profesor en potencia nos hizo escribir un ensayo al respecto, me imagino que para inspirarse cuando se le terminaran las ideas.
En aquel momento no supe bien a bien por donde abordar el tema...
Pero hoy creo que lo hubiera tomado desde la perspectiva del transporte urbano.
Yo siempre he usado camiones, peseras y el metro. Por supuesto, además de la riqueza sociocultural de estos transportes, siempre me ha fascinado el alto grado de despersonalización que sufre nuestro cuerpo en estos translados.
Pero hay un ritual particularmente extraño y terrible en el transporte público: Cuando va tremendamente lleno y sólo hay un lugar pequeñito, al que tienes que acceder pasando enfrente de otra persona que ya va cómodamente sentada.
Los más propios, educados, amables y hasta concientes pasajeros, se ponen de pie y te dejan sentar.
Hay otros que no, que simplemente hacen un gesto despectivo que en realidad quiere decir "Hágale usted como quiera" (O sin el "usted", porque eso ya es demasiado educado para estos personajes).
Hay otros individuos (hombres y mujeres) que hacen un ligero gesto con las piernas, como si de verdad les interesara que pasaras, pero en realidad es sólo una finta, porque no tienen interés en moverse.
Quizá el caso más curioso es cuando ya vas sentado, tienes que bajar y el compañero de asiento va profundamente dormido... en estas ocasiones tienes que deslizar tu cuerpo (generalmente a la altura de las nalgas) por encima de la cara del indivuo en cuestión.
Ya sé que muchas personas no piensan en estas cosas, pero para mi realmente las reglas de urbanidad (o su carencia, en este caso) pueden explicar mucho del comportamiento de una sociedad.
¿Qué tanto nos importa el otro? ¿A qué grado nos hemos despersonalizado que la cercanía de otro ser humano nos resulta tan indiferente? ¿Los límites del pudor se desdibujan o existe realmente una convención tácita para no percatarse de lo que (literalmente) pasa enfrente de nuestras narices?
Me han faltado aquellos hombres que, de manera intencional no se mueven y aprovechan la cercanía del cuerpo femenino que pasa de cerca para experimentar un placer morboso en la contemplación de unas nalgas esponjosas.
Esta absurda epidemia que cubre las aceras...
D.
Además de haber leído mucho a Bataille, este profesor en potencia nos hizo escribir un ensayo al respecto, me imagino que para inspirarse cuando se le terminaran las ideas.
En aquel momento no supe bien a bien por donde abordar el tema...
Pero hoy creo que lo hubiera tomado desde la perspectiva del transporte urbano.
Yo siempre he usado camiones, peseras y el metro. Por supuesto, además de la riqueza sociocultural de estos transportes, siempre me ha fascinado el alto grado de despersonalización que sufre nuestro cuerpo en estos translados.
Pero hay un ritual particularmente extraño y terrible en el transporte público: Cuando va tremendamente lleno y sólo hay un lugar pequeñito, al que tienes que acceder pasando enfrente de otra persona que ya va cómodamente sentada.
Los más propios, educados, amables y hasta concientes pasajeros, se ponen de pie y te dejan sentar.
Hay otros que no, que simplemente hacen un gesto despectivo que en realidad quiere decir "Hágale usted como quiera" (O sin el "usted", porque eso ya es demasiado educado para estos personajes).
Hay otros individuos (hombres y mujeres) que hacen un ligero gesto con las piernas, como si de verdad les interesara que pasaras, pero en realidad es sólo una finta, porque no tienen interés en moverse.
Quizá el caso más curioso es cuando ya vas sentado, tienes que bajar y el compañero de asiento va profundamente dormido... en estas ocasiones tienes que deslizar tu cuerpo (generalmente a la altura de las nalgas) por encima de la cara del indivuo en cuestión.
Ya sé que muchas personas no piensan en estas cosas, pero para mi realmente las reglas de urbanidad (o su carencia, en este caso) pueden explicar mucho del comportamiento de una sociedad.
¿Qué tanto nos importa el otro? ¿A qué grado nos hemos despersonalizado que la cercanía de otro ser humano nos resulta tan indiferente? ¿Los límites del pudor se desdibujan o existe realmente una convención tácita para no percatarse de lo que (literalmente) pasa enfrente de nuestras narices?
Me han faltado aquellos hombres que, de manera intencional no se mueven y aprovechan la cercanía del cuerpo femenino que pasa de cerca para experimentar un placer morboso en la contemplación de unas nalgas esponjosas.
Esta absurda epidemia que cubre las aceras...
D.
La Tere y el Shin: una historia de amor imposible
Yo soy usuaria frecuente del metrobus, pero pocas veces veo las pantallas que tiene la línea 1, que recorre Insurgentes.
Pero el miércoles pasado, como resultado de mi excesivo ocio, me dediqué a ver un cortometraje titulado "La Tere y el Shin", historia de amor en tres actos de unos jovenes cineastas cuyos nombres me encantaría postear aquí, pero como iba en medio del transporte público, me pasaron de noche.
Este cortito cuenta la historia de "La Tere" una güera tepiteña que es amante de las rebajas y las tiendas donde venden todo al mismo precio y las ofertas de dos por uno. La Tere odia las semillas de los limones (aunque ama el jugo de los limones y la comida condimentada), las baratijas chinas y la comida del mismo país.
El Shin, por su parte, tiene una de esas tiendas, odia las semillas de limón y le gustan las películas de Karatekas.
Un día la Tere caen en la tienda de chinerías de "El Shin" (al que llaman así como apodo de "El chino") y surge entre ellos un chispazo de pasión romántica, que nos es ilustrado en todas las cosas que podrían hacer juntos, las cuales se materializan en su mente por una fracción de segundo...
La Tere se imagina en un jacuzzi en Acapulco, siendo masajeada por las manos expertas del Shin...
Y el Shin se ve regalandole chucherías a La Tere, ansioso de complacer sus caprichos por las baratijas de importación...
Pero como el humo del cigarro se disipa, La Tere no sabe bien si las miradas que le dirige el Shin son porque la cachó metiendo gatitos de porcelana de 2 por 10 en su bolsa, así que no decifra el lenguaje secreto del Shin.
Y el Shin, a quien tantas películas de Kung Fu han vuelto retraído, descúbre que la única forma de declararle su amor a la Tere es con una galleta de la fortuna que dice algo tan ambiguo como... "Encontrarás amor en una nueva relación".
Pero como La Tere compra muchas baratijas, la galletita de la suerte se le cae y el mensaje queda pisado en alguna acera de la ciudad.
La Tere y el Shin estarán destinados a seguir su rumbo por la vida, sin volver a encontrarse, sin jacuzzi, sin Acapulquito y sin más.
Veala en su metrobus favorito (De la línea 1, por favor).
... Curioso, al llegar a mi destino, en el metro Revolución, vi a una pareja que me recordaron mucho al Shin y a la Tere.
Él estaba sentado en la banqueta y ella frente a él, en cuclillas, llorando, con el maquillaje corrido. Quien sabe... quizá había encontrado un hueso de limón en sus papitas fritas. No me detuve a preguntar.
D.
Pero el miércoles pasado, como resultado de mi excesivo ocio, me dediqué a ver un cortometraje titulado "La Tere y el Shin", historia de amor en tres actos de unos jovenes cineastas cuyos nombres me encantaría postear aquí, pero como iba en medio del transporte público, me pasaron de noche.
Este cortito cuenta la historia de "La Tere" una güera tepiteña que es amante de las rebajas y las tiendas donde venden todo al mismo precio y las ofertas de dos por uno. La Tere odia las semillas de los limones (aunque ama el jugo de los limones y la comida condimentada), las baratijas chinas y la comida del mismo país.
El Shin, por su parte, tiene una de esas tiendas, odia las semillas de limón y le gustan las películas de Karatekas.
Un día la Tere caen en la tienda de chinerías de "El Shin" (al que llaman así como apodo de "El chino") y surge entre ellos un chispazo de pasión romántica, que nos es ilustrado en todas las cosas que podrían hacer juntos, las cuales se materializan en su mente por una fracción de segundo...
La Tere se imagina en un jacuzzi en Acapulco, siendo masajeada por las manos expertas del Shin...
Y el Shin se ve regalandole chucherías a La Tere, ansioso de complacer sus caprichos por las baratijas de importación...
Pero como el humo del cigarro se disipa, La Tere no sabe bien si las miradas que le dirige el Shin son porque la cachó metiendo gatitos de porcelana de 2 por 10 en su bolsa, así que no decifra el lenguaje secreto del Shin.
Y el Shin, a quien tantas películas de Kung Fu han vuelto retraído, descúbre que la única forma de declararle su amor a la Tere es con una galleta de la fortuna que dice algo tan ambiguo como... "Encontrarás amor en una nueva relación".
Pero como La Tere compra muchas baratijas, la galletita de la suerte se le cae y el mensaje queda pisado en alguna acera de la ciudad.
La Tere y el Shin estarán destinados a seguir su rumbo por la vida, sin volver a encontrarse, sin jacuzzi, sin Acapulquito y sin más.
Veala en su metrobus favorito (De la línea 1, por favor).
... Curioso, al llegar a mi destino, en el metro Revolución, vi a una pareja que me recordaron mucho al Shin y a la Tere.
Él estaba sentado en la banqueta y ella frente a él, en cuclillas, llorando, con el maquillaje corrido. Quien sabe... quizá había encontrado un hueso de limón en sus papitas fritas. No me detuve a preguntar.
D.
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