Siempre que veo flores o misteriosas plantas, recuerdo que hubo un tiempo, hace un par de años, en que quise ser bióloga: más específicamente, estudiar botánica.
No llegaba yo a los extremos de ponerle nombres de plantas a mis muñecas, como me confesó alguna vez una dama que ha dedicado su vida al estudio de la botánica, a la que tuve el gusto de entrevistar...
Pero si me detenía a mirar con detenimiento las flores y las diseccionaba, como quien quiere descubrir el misterio que hace que sean verdes. Ponía esos fragmentos de flor en el microscopio y los teñía con violeta de gensiana para ver los tejidos de la planta más de cerca.
Cuando llegué a la secundaria y aprendí la existencia de los nombres científicos, me parecía que eran una invocación, como palabras mágicas que llegaban a rastrear la historia de los origenes de la planta...
Sin embargo, para estudiar botánica, había que estudiar primero biología... así que también había que diseccionar ratones y animales con ojos... como sapos.
La sangre me produce tal repulsión, desde la infancia, que supe que tendría que tomar nuevos caminos.
Pero cada vez que veo plantas se me hace imposible no quedarme fascinada y también pensar en sus nombres científicos, como quien evoca una melodía que conocía en su infancia y que tiene casi olvidada.
D.
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2 comentarios:
Puedo entenderte, Darina. Tuve un problema con mi profesora de quirúrgica porque quería que formara parte del equipo de experimental: intervenian a perros desahuciados. Pase de ella y de su madre... Y me lo hizo pagar. Pero, en fin, terminé mi carrera sin tener que ver sufrir aquellos animales.
Besos.
Onminayas:
Te felicito por defender lo que pensabas, Onminayas. Un abrazo.
D.
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