Darina con alas

¿Y por qué "Calle Melancolía"?

20 septiembre, 2009
Cuando empecé la idea de llevar un blog, con otra dirección, lo llamé "Calle melancolía" y allí sí explicaba la razón del título de esta bitácora.

Luego, cuando me mudé a blogspot, le cambié el título... Pero creo que me sigo identificando más con esta canción de Sabina, de entre todas; por ello, después de un tiempo, regresé al principio.

Pero, ¿qué es esta rola? ¿de dónde viene? ¿a dónde va?

Al menos para mí, este es el significado:

Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

La voz narrativa de la canción es una especie de Don Quijote, de allí la idea de yegua sombría, una especie de caballero andante, pero el siguiente verso nos cambia de ambiente, a un entorno urbano. La errancia es el sino de la voz que canta, de hecho, el destino final de la travesía no es importante, sólo el viaje.

Se sugiere la posibilidad de un encuentro, pero es una posibilidad lejana, porque el paisaje que se muestra es gris y las alternativas, escasas. Las "puertas que niegan lo que esconden", son oportunidades perdidas, tesoros que permanecerán encerrados, ventanas que alcanzamos a entrever, pero que permanecen alejados.

Las chimeneas vierten su vómito de humo
a un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.

Esta estrofa confirma el entorno urbano en el que se desenvuelve el personaje: chimeneas humeantes y un mundo en descomposición; una leve alusión a la violencia cotidiana que se desarrolla en las calles, la suciedad del entorno, la lejanía que siente el personaje con el cielo, que se muestra "cada vez más lejano y más alto"; el cielo, como figura metafórica, no sólo de la gloria y la felicidad, sino también de la naturaleza, que se vuelve una utopía, un sueño, algo tan lejano que casi es inexistente.

Ya el campo estará verde, debe ser primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.

En la ciudad, las suposiciones de otras realidades son sólo eso, aproximaciones, se pierde toda perspectiva de como serán las cosas afuera, la rutina se repite como un tren interminable y las reflexiones sobre el entorno se multiplican: "desolado paisaje de antenas y de cables".

Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.

Existe en la voz del narrador una esperanza de cambio, una visión utópica de como serían las cosas en "El barrio de la alegría"; la posibilidad de intentarlo, pese a lo lejano, resulta un aliento. Pero hay un reconocimiento de como son las cosas y una cierta comodidad en aceptarlas como son: "me siento a silbar mi melodía".

Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.

Aquí hay una transición de la voz narrativa al recuerdo de alguien que forma parte de la historia personal: el sentido de búsqueda del principio de la canción se retoma, pero esta vez la intención es alcanzar el olvido; pues la primera posibilidad, encontrar a la persona perdida, resulta vano. Ya que el narrador no encontrará a esta persona, hay un recorrido siempre cuesta abajo, hacia el olvido.

Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.

Siempre imaginé que la Calle Melancolía estaría en una cuesta y en número 7 casi al principio de la calle, en la parte más baja; aquí, de manera intimista, entramos a la vivienda de quien canta, en sus actividades cotidianas, entre las que se encuentra lidiar con recuerdos y ausencias.

Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.

La insuficiencia de la voz narrativa de la canción se revela; se identifica con una enredadera sin asidero, con una epidemia urbana, con algo que no encuentra lugar en el mundo, justificación o propósito. Apenas y puede ubicarse; su localización se reitera en el coro, con el que cierra la canción.

Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.

Al final el coro resulta una invitación a la visita, una posibilidad de encuentro, un llamado a la empatía de quienes siguen en el intento de mudarse al barrio de la alegría; sin embargo es un intento que no se concreta y se diluye, como un silbido en el aire.

D.

4 comentarios:

B. dijo...
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fher dijo...

Genial!! Creo que con esa capacidad de análisis no te hace falta ningún confesor. Salvo que no puedas ser tan analítica con vos misma jajaja.

Besos

Onminayas dijo...

Creo que ni tan siquiera Sabina hubiera podido exprimir tanto zumo a su naranja.

Besos.

Darina Silverstone dijo...

B.

Jo, creo saber a quien te recuerda...

La verdad no creo que sea malo.

Fher:

Siempre, SIMPRE, me hará falta un confesor... aunque sea por puro morbo. Por cierto, ese era el nombre original de este blog. "El templo del morbo".

Onminayas:

Cuando iba a talleres literarios siempre me daba risa las interpretaciones que luego resultaban de mis textos... "Oye, que buena idea, jamás se me habría ocurrido eso".

Igual puedo provocarle alguna risa así al Sabina.

D.