03 diciembre, 2009

Luz oscura

Suena el despertador, pero no quiero salir de la cama. Me meto entre las cobijas y el recuerdo de tu cuerpo emerge, emitiendo una luz oscura que me remonta al pasado, cuando compartí unas cobijas distintas contigo...

Pienso en que ahora tienes una de esas relaciones "estables", que te cuidan cuando te da gripa, que te dejan amorosos recados en el refrigerador, que te sirven sopa caliente cuando llegas a casa y no te tienes que preocupar porque los platos están lavados y la ropa planchada.

Me pregunto si debí de exigirte que me consideraras en tus planes. Si debí de fantasear (ahora si) con el estatus de "tu mujer".

A veces siento que me reprochas que nunca quise elegir tu shampoo, hacerte las maletas y un columpio en el jardín.

Pero te mentiría si te digo que no te extraño.

Salgo de ese agujero del tiempo que es recordar. Trato de obligarme a tocar el piso (frío) de la realidad. Las cosas que tengo pendientes se siguen acumulando mientras pienso en tus manos y la forma en que mis dedos se acomodaban en ellos.

Ahora que llegas a ver el noticieron de las 11:00, te duermes arropado con un cuerpo tibio, despiertas para poner el pan y la sal en la mesa, ya no hay espacio para que me bañes de nuevo con tu luz oscura, para que difractes sombras en mi piel.

Lo entiendo.

Pero ¿cómo evitar ponerse melancólica por ello?

D.

02 diciembre, 2009

Premio Fantasía

Esta entrada es para agradecerle a Fher, de la Liturgia de las despedidas, el premio que me otorgó: el premio Fantasía.

Debo aclarar que, en realidad mi blog no es de fantasía, aunque a veces creo que sí... que soy de esas personas que se inventan mundos y que habitan en realidades que no existen.

Este premio tiene sus reglas que son:
1º Mencionar y enlazar a quien lo concedió.
2º Explicar de que se trata el premio.
3º Elegir y enlazar cinco blogs para continuar el premio.
4º Anotar las reglas.
5º El diseño y las reglas son inalterables.

El premio se trata del reconocimiento a esos blogs que por su diseño y temática nos transportan a una sana fantasía que como dijo el escritor J.R.R. TOLKIEN.

"La fantasía es una actividad humana y natural, que no destruye ni ofende la razón, al contrario cuanto más aguda y clara es la razón más capaz sera de producir buenas fantasías, lo cual es muy positivo e incluso heroico..."

Pensando en esa definición, debo otorgar el premio a mis siguientes amigos, sin ningún orden en particular.

Yareli Antenna

Médico del Alma

Pequeña Saltamontes Viviendo en Espaciolandia

Mariso Iraís Ni apocalíptica ni integrada

Y al final, pero no por ello menos importante, a B, por Hedonismo & Reflexión

Gracias a todos ellos por inventar mundos e invitarnos a recorrerlos; gracias a Fher por otorgarne esta distinción y gracias a los creadores del premio por hacerlo morado.

D.

01 diciembre, 2009

Sublime tentación

Una irreprimible tentación la incita
a revivir el pasado amor.
Desea que las dos historias de amor se crucen,
confraternicen, se mezclen,
se mimen mutuamente
y crezcan, fundidas ya.

Milan Kundera

Tengo una confesión que hacer: me encanta enamorarme.

Todo lo relacionado con el enamoramiento me parece increíble y es uno de los estados creativos más deseables para mí.

Pesé a no ser especialmente guapa, me las he arreglado para vivir algunas de las más maravillosas experiencias: amar y ser amada. Sin recato alguno puedo confesar que, cuando he declarado mi amor he estado absolutamente convencida de ello y le he dado el peso de esas palabras a mis actos.

Narrar la historia de esos enamoramientos, por otro lado, no me corresponde a mí, porque no soy por completa dueña de esos momentos, que son compartidos... pero me encanta recordarlos y a veces voy en el vagón del metro perdida en la ensoñación de un amor pasado, riendome sola o recordando la manera en que se sucedieron las cosas.

Lo pensaba... hace un momento lo pensaba, porque revisé mi lista de propósitos de este año y decía claramente "encontrar al amor de mi vida".

Creo que he encontrado que, en cada momento de mi vida, debo darme la oportunidad de amar. Y es que me he dado cuenta que cuanto más amamos, más se puede expandir nuestra posibilidad de dar amor: siempre y cuando no nos cerremos las propias puertas del corazón exahusto, herido, maltrecho.

Esa es siempre otra posibilidad.

Los musculos que no se ejercitan, se atrofian... Los que se sobre ejercitan, caen desfallecidos.

Mi corazón es ahora un poco más fuerte que el año pasado. Y estoy dispuesta a continuar con el ejercicio diario de amar un poco más, cada día.

D.


30 noviembre, 2009

El ruido también contamina

Antes de empezar esta entrada quiero aclarar:

a) Estoy consiente de la situación económica del país y de lo terrible que es estar sin empleo, también sé que los niveles educativos que tenemos no permiten el desarrollo de la industria y que hay una larga lista de etcéteras que motivan el comercio informal.

b) Me gusta mucho la música, no soy una grinch musical ni nada que se le parezca y creo firmemente en el derecho de los demás de escuchar cumbia, reguetton o lo que les plazca. No es por eso mi queja.

Pero estamos invadidos. Por donde se le busque. No pasa una estación de metro sin que suba un vendedor de discos pirata a vender su mercancía. Y yo ya estoy cansada.

Cansada, porque el ruido es también una forma de contaminación; porque el grupo de vendedores ambulantes es una mafia; porque no tienen consideración alguna de los usuarios; porque hasta un pasajero normal tiene que pasar el cambio de alguien que compra o escuchar música, o peor aún, chistes malos de doble sentido y grotesca contextura. Incluso he escuchado que venden poemas (malísimos) o discursos motivacionales.

Pero la gente que utiliza el metro es parte del problema, por comprar este material, ya sea en video o en audio, que además de tener mala calidad es parte de una red de delincuencia organizada.

En la estación del metro más cercana a mi casa los ambulantes han tomado una región completa, donde francamente da miedo acercarse, porque además son un grupo que inspira muy poca confianza. Ni siquiera es posible confrontarlos pidiendo que le bajen al volumen.

Ya los policías se hacen los desentendidos al verlos (a pesar de que si repartes volantes o tomas fotos para un reportaje, allí si van a buscarte al jefe de estación).

Por eso creo que la única opción posible es una acción ciudadana: dejar de comprar discos pirata en los vagones. Decirle a tus amigos, familiares y toda la gente que conozcas que dejen de comprarlos... y es que debe de haber otra forma para que todas estas personas se ganen el pan de cada día. Pero ya no vendiendo "Las mejores cumbias" mientras intento regresar a casa...

D.

29 noviembre, 2009

Complicidad

Las cosas no salen como lo creías, pero tampoco son tan malas.

Cuando era niña lo que más quería era tener una hermanita. Me imaginaba que nos gustarían las mismas cosas, que jugaríamos. Le contaría cuentos y sería todo genial. Seríamos amigas.

Cuando mi hermana llegó al mundo, cuatro años después que yo, empezó a dejar ver que todo sería distinto. Desde sus primeros pasos impuso otro punto de vista, de hecho, siempre que pudo se contrapuso a mi opinión.

Si yo decía "helado de fresa", ella optaba por el de durazno. Si a mi me encantaba la idea de ir a un museo, ella aseguraba que era mejor ir al parque.

Muchas de mis manías le disgustaban (y le molestan hasta la fecha) y a mi me parecen extrañas sus fobias (a las botargas, a dormir en la oscuridad). Entramos miles de veces en discusiones.

Pero desde que dormimos en cuartos separados hemos logrado establecer treguas. Y este año hemos tenido avances significativos en lo que yo llamo crear vínculos de complicidad.

El otro día me pidió que le sugieriera música en Youtube!!

Y hoy le ayudé a teñirse el cabello.

Ese tipo de cosas me dan esperanzas. Quizá, después de todo este tiempo, pueda lograr que mi hermana sea también mi amiga.

D.

27 noviembre, 2009

Alto vacío

A petición de Yareli y Fer, pongo el cuento final que llevé al taller de Creación Narrativa. El título se lo robé a Enrique Serna (por si les suena conocido); en teoría ya tiene las correcciones que se realizaron en el taller, pero cualquier otra cosa que se les ocurra es bien recibida.

Es largo... Así que una vez hecho el anuncio, corto y pego.

***

Escuché un ruido y me llevé la mano a la pistola. Llevaba muchas noches sin dormir. Había perdido la cuenta de las horas y los días. Probablemente el ruido de afuera sólo era un gato saltando sobre el tejado. La coca ya no ayudaba. Al contrario, parecía que cada momento era peor: lleno de sombras cada uno de mis segundos.

Había dejado el departamento que compartía con Adriana para ir a la bodega en donde guardaba la mercancía. Las voces me lo habían dicho y como en otras ocasiones me habían salvado, les hice caso. El ruido crecía afuera. El techo era de lámina y cada gota de lluvia repicaba como un tronar de tambores o un martillar de balas. Se colaba por las rendijas de las ventanas mal tapiadas unas ráfagas de hilo frío que me hacían tiritar. Eso, más el efecto de la droga, que se iba pasando, me provocaba escalofríos que casi me tiraban al piso. Deseaba morirme, que esa estupidez llamada la vida se terminara de una buena vez.

La calle me acechaba. Me escondía de todo, pero sobre todo de los tiras. Los tiras siempre se encontraban en las esquinas de la calle. Nunca faltaban patrullas haciendo sus rondines. Un par de veces me habían atrapado con la mercancía. Ni modo de ir con el chisme que la patrulla tantos y tantos te robó medio kilo de coca.

Ya habían pasado más de dos años desde que me había enganchado. Primero era medio gramo. Me bastaba para hacerme ocho líneas. Ahora era mucho más. Así es siempre. Pero ese medio gramo vale regalarlo un par de veces. Clientes. Invaluables relaciones públicas. Nunca pensé que mis conocimientos sobre relaciones públicas me llevaran a una bodega en la Merced a las tres de la madrugada. Seguía lloviendo.

Quise recordar como había comenzado todo, pero mi cerebro ya no quería reaccionar. Quería dejarse morir, tendido en un charco de agua, imaginándome que las gotas realmente eran balas. En realidad sonaban como ellas.

Ya no tenía sentido seguir así. Cerré los ojos y un último pensamiento me cruzó por la mente: tenía que hablar con el Gamma. Pero eso sería al día siguiente. Si lograba pasar esa noche.

***

Llegué a la casa. Era un departamento encima de una tienda de jarcería, en donde la materia prima eran los limpiadores y los detergentes.

--Al menos olerá bien- le dije a Adriana cuando nos fuimos a vivir allí.

Ella me dirigió una sonrisa amarga, mitad mueca y mitad resignación. Hacía un mes la había corrido su mamá de la casa cuando la encontró con un hombre. Le dijo que era una puta, lo cual no era cierto… del todo. Lo cierto es que ella sólo aceptaba droga a cambio del sexo. Aún era algo selectiva. Al menos en ese entonces. Ahora era mucho menos exigente. Un mes es mucho tiempo cuando estás enganchado.

La puerta principal tenía un candado y cada uno de los pisos tenía una puerta enrejada. Era una zona peligrosa. Adriana le decía a su mamá que vivía en la Balbuena, mitad verdad, mitad mentira, porque la colonia se llama Merced – Balbuena, pero a ella no le había tocado la Balbuena de los burgueses: la que estaba entre bancos y restaurantes. Su parte de colonia tenía más de central de abastos que de zona residencial. Para salir a trabajar tenía que esquivar media docena de diablitos y un par de carretones llenos hasta el tope de jitomates.

A mi me convenía la ubicación, porque quedaba cerca de la vecindad del Porfis. Después de todo, Adriana no tuvo mucho poder de decisión porque yo casi pagaba toda la renta. Él que paga manda. Adriana apenas y ganaba lo justo para ir tirando como dependienta en Mixcalco. Lo cierto es que algunas veces se traía algún trapo bonito. Destacaban entonces sus tetas, como dos fanales en medio de la noche.

Adriana y yo nos conocimos en el IQ, un antro de medio pelo. A los dos nos despidieron de nuestros trabajos casi al mismo tiempo. Ella era mesera. Habíamos logrado un buen acuerdo: yo le daba donde vivir y ella se encargaba de que mi vida no se cayera en pedacitos. Su risa fuerte, sus calzones en la regadera, el ruido de los trastes en el fregadero me hacía recobrar un poco de la conciencia que podía preservar entre las pesadillas que me acechaban: monstruos sin cabello, lisos y húmedos, venían a atraparme. Me acechaban por las noches, sin darme tregua. Como el departamento no tenía ventanas me arrastraba por los vanos de las puertas, buscando una rendija de aire que respirar. Pasé tantas noches así que llegue a aprenderme las grietas departamento: auténticos pasadizos al infierno.

El peso insoportable de esos años que llevaba en medio del vómito citadino me llegaba entre los flashazos de lo que era mi promisorio pasado, cuando trabajaba en la agencia de publicidad. Todo lo que había perdido. Todo lo que tiré a la basura.

Eran las seis o poco menos. Lo único que alumbraba la penumbra de la escalera era un foco sucio, de luz amarillenta y titilante. Ando de puntillas, sin querer despertar a Adriana. El grifo de la cocina está abierto. Veo el agua en el piso, por todas partes. Y esquirlas de vidrio en el piso. Me detengo a empujar un trozo del vaso roto, que golpea la mejilla de Adriana, que yace inerme en el piso. ¿Qué pasó?

No tengo que tomarle el pulso. En cuanto le doy vuelta y veo sus ojos vidriosos sé que está muerta. Pero no fue una sobredosis. Su cuerpo desmadejado parece tener señales de lucha. Adriana no es muy alta, pero es bastante fuerte. Lo era, al menos. Seguramente se defendió. Al verla allí tirada, sin vida, sólo tengo una cosa en mente: matar a su asesino.

***

Llegué esa noche al IQ, el Picas, guardia en turno, me dejó entrar sin mayor trámite. No sé si alguien más le llamaba el Picas, pero así le decíamos Adriana y yo porque era extremadamente gordo y su cabeza terminaba en una especie de punta que acentuaba con gel en sus pelos cortos.

La luz estroboscopia mantenía al IQ en una especie de animación suspendida. Mientras unos bebían y otros bailaban, las imágenes quedaban grabadas. Era como ver muchas fotos repetidas, una tras otra, de la misma escena, con leves variaciones: aquí un brazo, aquí una pierna, allá un cigarro encendido que antes no estaba.

Atravesé las mesas con la agilidad que me daban tres líneas. Cuando estás al cien, piensas todas esas terribles posibilidades mucho más rápido y las deshechas así de rápido. Pero vuelven.
Entonces los ojos fríos y abiertos de Adriana, que se negaban a cerrarse, me siguen
persiguiendo desde el piso del departamento.

Pensaba que el asesino de Adriana podía haber sido Gamma, pero no sabía donde encontrarlo. Gamma nunca estaba disponible, porque era él quien te encontraba a ti. Si quería, cuando quería.

Vi a un hombre que se parecía a Gamma. Pero no sabía si era él. Después de otra copa, todo era ligeramente brumoso y no podía distinguirlo. Sólo cuando preguntó:

- Eh, ¿quién murió que traes esa cara? – entonces supe que era Gamma: siempre había sido un pendejo.

Salimos. Llovía. A pesar de todo el Gamma tenía escrúpulos y nunca hacía sus negocios dentro del IQ. Vendía, sí, a veces. Una grapa o dos. Pero las cosas grandes, lo que debía ser tratado de forma especial era en el callejón de atrás del IQ. Un basurero que parecía estar tapizado con carteles de luchas. Era innecesario poner esos carteles allí porque nadie los veía. Pero allí estaban: formaban una capa grasienta y mugrosa, un papel tapiz de miseria que se amontonaba capa tras capa. Esa era mi mesa de negociaciones.

- Querías verme, wey.
- Sí. Pasó algo.
- ¿Ahora qué?- la cara de fastidio, Gamma no estaba para minucias. Era un hombre ocupado, de negocios.
- Adriana está muerta.
- Encárgate.

Era un cabrón, además de pendejo. Mezcla muy mala, pero da resultado. Alguna vez había ido a visitar a Adriana demasiado ebrio como para coger. Ella lo dejaba juguetear entre sus tetas mientras yo escuchaba los esfuerzos del pobre diablo por venirse. Su rostro pringoso era poco menos que vomitivo, pero Adriana era gentil como una madre bañando a un cachorro. Después de todo eso lo calmaba. Se quedaba tranquilo y al día siguiente nos regalaba un poco más de coca a todos. Espléndido.

- ¿Sabes quién fue?- me dijo después de un silencio espeso.
- No. Llegué y estaba así.
- ¿Quieres saber?

Alcé los hombros, como si me diera igual. Me había hecho una raya antes de salir del IQ. Así sería aún más sencillo. Siempre que te vas a retirar del juego, conviene una última esnifeada.

- Me voy.
- ¿Y el Porfis? ¿Y los bissness?
- Está todo saldado. No le debo nada a nadie. Y quiero irme.
- Hay un cuerpo en tu departamento, te puedo echar a la tira cabrón. No te vayas.
- No te pongas sentimental. Sabes que estamos en lo mismo. Caigo yo y te llevo entre las patas, wey.

Vi brillar la pistola del Gamma en su cinto. También yo llevaba la mía. Me pareció un buen escenario para morir enfrente del cartel que anunciaba una nueva pelea de Blue Demon Junior contra Máscara de las Tinieblas. Con la lluvia, pronto no quedaría ni rastro.

Gamma no sacó la pistola. Sólo sonrió. Una sonrisa sucia que me dejó ver su dentadura podrida y amarillenta.

- ¿Tienes fuego?
- No.

Sacó un cigarrillo, sin ofrecerme uno a mí. Lo prendió con un fósforo y se quedó fumando bajo la lluvia. Supe que entonces todo había terminado. Me di la vuelta. Me daba igual lo que pensara. De todas formas mi vida ya era bastante miserable y morir con un tiro por la espalda no cambiaría ninguna cosa. Casi quería sentir el olor a pólvora en el aire. Dicen que cuando una bala te da nunca la escuchas. No la escuché esta vez. Seguí caminando. Cuando me di cuenta, ya estaba de nuevo en mi departamento. No me dolía nada. Después de todo, Gamma era un cabrón y un pendejo. Pero no era mal amigo.

***

La casa de la playa era viejísima, parecía estar hecha de madera podrida, por lo apolillado de sus vigas. Sin embargo no tenía tantos años. Era quizá el agua, el sol. Todo lo desgastaba dejando un acabado antiguo, casi como un barco hundido que hubieran rescatado de la tormenta para mandarme a vivir allá.

Lejos de todo. Incomunicado. En las cercanías sólo vivía una vieja vecina, la señora Flores, que de vez en cuando me iba a ofrecer una taza de te. Me hacía falta el té porque los primeros días tuve arcadas y quería meterme al mar y no salir. Pero me ataba con vendas a la cama y seguía vomitando. Fiebre y delirio. Flores rojas como la sangre del piso, esparcida como gotas de sangre.

- ¿Quieres pastel? Suele acompañar bien al te de jazmín.

La voz de la señora Flores llegaba desde lejos. Ya estaba mejor. Ahora caminaba diariamente por la playa. Mis padres seguían enviándome dinero. Había pasado tiempo, aunque ya no sabía cuanto, porque nunca tuve ni reloj, ni calendarios. Recordaba las volutas de humo sobre el póster de Blue Demon, pero había sido un sueño. O una película. O tomé demasiado té de jazmín.

La señora Flores me miraba con su sonrisa desdentada y no dejaba de agradecerme por haber pintado su casa de blanco. Ese blanco que antes me traía tantos recuerdos. Los espejos. El humo. Las jeringas. Todo el IQ estaba decorado de blanco.

Llegué a inyectar a la señora Flores alguna vez. Ella estaba muy anciana como para bajar al hospital a buscarse una enfermera que le diera sus medicinas. Era diabética y cuando se ponía mal ni siquiera podía hacer eso.

- No sé que haría sin ti. Eres una bendición del señor.

Bendiciones, sí… estábamos llenas de ellas. Un ventilador verde que zumbaba en el techo de mi casa, agitando el aire caliente sin refrescar. Esa arena gris y mugrosa, llena de petróleo. Ese mar grasoso, que se agitaba frente a mis ojos. Miles de millones de latas, bolsas: un paisaje admirable.

Le sonreía a la señora Flores y la miraba. Su cuello arrugadito y frágil, sus tetas colgantes que debieron ser apetitosas alguna vez. ¿Cómo las de Adriana?

Hacía un tiempo que no pensaba en ella.

- ¿Tiene fotos de cuando era joven, señora Flores?
- ¡Ah! Si… tengo algunas. ¿Quieres verlas?

El calor seguía metiéndose por la ventana. Se calor pesado que se viene con la marea del medio día. No quería moverme y hasta ver a la anciana moverse me daba vértigo, como si sacara de control las cosas que se veían perfectamente bien desde la mecedora de mimbre en la que estaba.

Cuando la vieja regresó, me encontró con los ojos cerrados. Tal vez por eso me sorprendió más al abrirlos y ver su foto en traje de baño: ese par de tetas, como dos fanales de auto, apuntando en la noche ciega de un mar oleaginoso.

- Sé que es una foto atrevida, pero… ya sabes, cuando uno es joven se cometen tantas locuras… - dijo la anciana riéndose por lo bajo.
- Si, lo sé- me surgió una sonrisa cálida.

En serio sentí esa sonrisa expandirse por mi rostro, mientras mis manos se acercaba al cuello de la señora Flores y apreté su cuello hasta que hizo “crack” sin más escándalo que el de un pollo. Era maravilloso tener el control. Era fantástico tener la vida de una persona entre las manos. Ahora todo era tan claro…

Luego me metí al mar grasoso y turbio. Hacía un calor de los mil demonios. Pero estaba contento. Al fin había descubierto al asesino de Adriana.

D.

26 noviembre, 2009

Bufandas

Ayer vi uno de esos dispositivos que tanto llaman mi atención: una tablilla para tejer bufandas. Tan sencillo que un niño puede hacerlo, esta tablita tiene un agujero en medio y dos hileras de clavos, para que vayas enredando el estambre hasta que se logra una bufanda del largo que se te antoje.



Algo que me gusta de este sistema es que te permite ver que en realidad la trama de las bufandas es un hilo enredado con gracia... algo parecido a lo que hacemos los cuenta cuentos con la realidad.

Las historias suelen ser anécdotas que le pasan a gente normal, pero narradas con más acierto.

Lo cierto es que la bufanda que iba saliendo de color morado (mi color favorito) y me di cuenta de que me encantan las bufandas; si el clima de México lo permitiera las usaría más tiempo, pero la benignidad de nuestro clima obliga a quitarselas en marzo.

Creo firmemente que para Navidad un excelente regalo es una bufanda y un par de guantes; si pudiera usaría guantes y bufanda de colores distintos cada día de la semana...

Si nuestra vida se enredara como una bufanda colorida alrededor de nuestro cuello, me pregunto, ¿que tan larga sería mi bufanda?, ¿que tan colorida?

D.
 
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