Como en casa no tenemos ayudantes domésticos, mi familia se reparte lo más equitativamente posible las tareas... algunas no me gustan (como planchar) y otras sí: como zurcir los calcetines, hacer dobladillos y pegar botones.
Mi afición por la costura viene de mi infancia: mi mamá contaba dos cuentos relacionados con la virtud y las artes de la costura, uno de los cuentos provenía de mi bisabuela. Era la historia de satanas y la virgen, cuando deciden ponerse a dobladillar las capas de los ángeles y los diablos.
La virgen tenía que dobladillar 100 capas de angeles y satanas tenía que dobladillar 100 capas de diablos; la virgen cortaba pequeños fragmentos de hilo blanco y daba puntadas casi invisibles. Tenía que ensartar la aguja varias veces mientras cosía una misma capa, pero sus puntadas eran delicadas y cuidadosas: hechas para durar mucho tiempo.
Satanas, por el contrario, presa de todos los pecados capitales, usaba largos fragmentos de hilo, que se le enredaban y le dificultaban la tarea; intentaba hacer puntadas largas, que dejaban la tela floja y notables marcas del hilo.
Total, la virgen termina antes su tarea y esta fábula representa el trinfo de la virtud sobre la pereza y la falta de organización...
Otro cuento que me convenció de la realeza de las artes de la costura fue el cuento de "¿Sabes guardar un secreto?", en el cual un principe encontró que las tres hijas del molinero eran las mujeres más bellas del pueblo, por lo que decidió escoger entre ellas a una por esposa.
Para probar su discreción, le contó a cada una un secreto. La hija mayor, al sentirse mortificada por la naturaleza del secreto, acudió al pozo del pueblo y gritó allí la vergonzosa noticia. Sin embargo, el agua que reposaba en el pozo se enteró de la historia y no dudaba en cantarla con su cristalina voz cada vez que sacaban un cantaro con agua: "El príncipe tiene un agujero en el calcetín izquierdo". Así que la hija mayor quedó descalificada de la competencia.
La hija de enmedio también escuchó un secreto infamante del príncipe. Al no poder contener para ella sola la historia, decidió ir a contar el secreto en los surcos donde se sembraría el trigo de esa temporada... pero al crecer, los trigales cantaban con el viento: "El principe tiene un agujero en el calcetín derecho".
La hija más pequeña del molinero también escuchó un secreto del príncipe. Pero ella sólo se atacó de risa al escucharlo y después guardó silencio, pese a que muchas veces sus envidiosas hermanas intentaron sacarselo tras meterle tremendos ataques de cosquillas, ella nunca reveló cual era el misterio que guardaba el príncipe.
Así que el guapo heredero del reino decidió casarse con ella y se la llevó al castillo, donde vivió muy felizmente, cosiendo calcetines días y tardes, frente a la ventana.
De allí se desprende la moraleja que más vale ser chismosa a vivir el resto de tu vida zurciendo calcetines ajenos.
O algo así.
D.
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