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Naranja agria

Como un hombre con fotofobia, que de repente es curado y puede sentir el calor del sol y despierta.

Como esos marinos que pasan meses y meses lejos de la tierra y sienten la extrañeza de la tierra...

Lo que es alejarse del vaiven de las cosas cotidianas y de ese 70% de la tierra que es mar.

Así es tocarte, costa, sol, playa.

Así es llegar a tí, esquina de mi corazón, pedazo izquierdo de mi alma.

¿Cómo te encontraré perdido en el naufragio que queda entre las rocas?

Ando buscando la enredadera para subir la barda.

Estoy encontrando las grietas para apoyar mis pies, triturando pequeños animales que viven en los escondrijos para ir a darte una mirada.

Soy la niña que trepa la cerca del vecino aleman para robarle una naranja.

Porque las naranjas de la huerta del vecino siempre son más dulces que las que puedes comprar en la tienda sin lastimarte las manos.

Porque el sabor ácido cura las heridas y puedes lamer la sangre con el jugo de la naranja, el color cambia y ese ácido, dulce, metálico, salado... ese que pruebas en el jardin robado, no lo compensa nadie.

Como las frescas tardes de verano de tu infancia que ya no vuelven y no te das cuenta de que las viviste hasta que son un turbio recuerdo.

Eso eres.

Turbo recuerdo, mar abierto, pedazo de mi alma sabor a naranja agria.

D.

Sobre los codos...

Hoy, mientras viajaba comodamente sentada en el metro, un tipo me puso enfrente su codo rugoso y suavecito, ligeramente oscurecido por la falta de un sacate, pero lleno de implicaciones intertextuales.

Nunca se me olvidará que el codo es la parte más erógena de Marge Simpson, ni podría ver un codo tan de cerca sin pensar en el hombre que me confesó que cuando era niño mordía los codos de la gente... quizá le recordaban la suavidad de un pezón materno...

Tampoco olvidaré las lecciones de urbanidad de mi abuela, que me decía que no había que subir los codos a la mesa, no sé si por no jalar el mantel, por ensuciarlos codos, o por ensuciar el mantel...

También había una lección de buenos modales que explicaba que hay que comer con los codos lo más pegados al cuerpo que sea posible...

Los niños siempre guardan bonitos recuerdos de sus rodillas raspadas por las caídas de bicicleta, pero poco se menciona de las costras en los codos, cuando aterrizas de maneras inesperadas y terminas con una costra rojiza y quebradiza, que nunca dura, porque los codos se mantienen flexibles y uno los necesita para participar en el colegio, para saludar a un amigo, para amasar el pastel del día de las madres, para recargar la pluma contra el papel para escribir una carta de amor...

Hace mucho que no escribo una carta de amor. Ni con los dedos, ni con los codos...

A veces, para escribir una carta de amor hay que utilizar los codos. Te recargas contra la mesa y te pones a pensar en el objeto de tu ensoñación amorosa, mientras tus manos le sirvel de atril a tu cabeza, que saldría volando impulsada por un suspiro tibio de aire caliente, como un globo de colores...

D.

La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque. Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vit...