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Naranja agria

Como un hombre con fotofobia, que de repente es curado y puede sentir el calor del sol y despierta.

Como esos marinos que pasan meses y meses lejos de la tierra y sienten la extrañeza de la tierra...

Lo que es alejarse del vaiven de las cosas cotidianas y de ese 70% de la tierra que es mar.

Así es tocarte, costa, sol, playa.

Así es llegar a tí, esquina de mi corazón, pedazo izquierdo de mi alma.

¿Cómo te encontraré perdido en el naufragio que queda entre las rocas?

Ando buscando la enredadera para subir la barda.

Estoy encontrando las grietas para apoyar mis pies, triturando pequeños animales que viven en los escondrijos para ir a darte una mirada.

Soy la niña que trepa la cerca del vecino aleman para robarle una naranja.

Porque las naranjas de la huerta del vecino siempre son más dulces que las que puedes comprar en la tienda sin lastimarte las manos.

Porque el sabor ácido cura las heridas y puedes lamer la sangre con el jugo de la naranja, el color cambia y ese ácido, dulce, metálico, salado... ese que pruebas en el jardin robado, no lo compensa nadie.

Como las frescas tardes de verano de tu infancia que ya no vuelven y no te das cuenta de que las viviste hasta que son un turbio recuerdo.

Eso eres.

Turbo recuerdo, mar abierto, pedazo de mi alma sabor a naranja agria.

D.

Jacuzzi

Soñé...

Tú vestías una camisa blanca y corbata azul. Yo la sacaba por encima de tu cabeza y quedaba tendida en la cama, como una serpiente dormida.

Tú avanzaste hacia el cierre de mi vestido. Te gustaba escuchar el sonido del ziper liberando primero mi espalda... esa era la visión que dominabas desde la altura de tus ojos... mis hombros, mi espalda, la línea de mi ropa interior, un trozo de encaje que contrastaba con esa cobija café con tonos ocres.

Descubrías que en lugar de unas bragas normales, era un breve hilo lo que cubría mi sexo... pero no te dejaba tocarlo, no te dejaba meter en mi coño tu mano...

Esperaba. Te detenía... Dejaba que mi vestido se resbalara, antes de que se atorara con la curva de mis nalgas, me movía ligeramente, con un estremecimiento que dejaba mi ropa en la alfombra en la alfombra y me dirigía al jacuzzi.

Allí me esperaba el agua tibia, como un espejo lleno y profundo, sin ser alterado por la multitud de burbujas... allí me esperaba la tersura del agua, ese cielo inmenso reflejenado mi propia lencería blanca.

Me metí con todo y ropa, esperaba. Esperaba...

Esperaba que llegaras con tu camisa blanca a activar las burbujas de mi baño.

Esperaba a que me cubrieras con esa espuma mezcla de sudor, semen, saliva, deseo...

Mis bragas y mi brasier se disolveron en la espuma, como si de esa misma luz estuviera hecha, como si se difractara esa breve escarcha y se disolviera en el mar mayor de tu deseo...

Y tú te negabas a quitarte la camisa... y te sumergías con todo y ropa a bucear en el fondo de mi sexo, como quien es explorador de cavernas submarinas...

En esa rojiza humedad, de resbaladizo fondo...

Allí buscabas la perla de mi clítoris, mordiendo la soledad que lo rodeaba...

Salado mar, salado el roce de tus dedos, ambicioso...

No sabías que dentro de mi ser te aguardaba un monstruo feroz que saldría inclemente, te expulsaba de la caverna rojiza, donde introdujiste tu lengua, buscando mi placer...

Y esa tibieza, exalación del agua, se fundía en tu boca y sentías un estremecimiento del fondo submarino, como quien escucha abrirse un crater y nacer una montaña.

Veías el fulgor arrojandote, lava ardiente, delicia tormentosa... y atacabas de nuevo, ahora tan excitado, ahora tan lleno de fuego, nuevo Poseídon de mis abismos...

La espuma se disolvía, tras el combate...

Sólo mis bragas se salvaron del naufragio y vagaban... balsas a la deriva para un sólo pasajero.

D.

La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque. Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vit...