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Darina Silverstone: cazadora de nubes

Llegué a Guanajuato con el corazón roto, incrédula, desconfiada, triste.

La ciudad me recibió amorosa, me hizo guiños y me cantó canciones. Me perdí (poquito) de nuevo por sus calles y me dejé curar de espanto; hasta me reconcilié con ella y le dije que era una ciudad bonita. Le di las gracias. Más allá de toda historia pasada.

Tuve enfrentamientos con molinos de viento y disgresiones productos de pláticas noctámbulas, temores, finales. Apagué las luces que dejé encendidas.

Me di de topes con la soledad y con la enfermedad; recordé que hogar es una palabra que se construye, pero también que se inventa; nada es fijo, como tal, todo es cuento nuestro.

Ya estoy de vuelta. Iba a escribir mucho de esa aventura, pero al final no escribí tanto. Me la quedo en la piel y en los huesos; se me fue metiendo en la carne.

Ayer, un paso de terminar la aventura cervantina, acudí con el profeta de las hachas, quien acertado, como siempre, lanzó al centro de mi corazón de resina un poema.

Le pregunté, dudosa como siempre, si debería de confiar en regresar a la senda ya conocida o adentrarme por nuevos caminos.

Sacó un libro rojo de su librero y, a distancia, me tiró una frase de Nicanor Parra.

"Has recorrido toda la comarca 
Desenterrando cántaros de greda 
Y liberando pájaros cautivos 
Entre las ramas."

El poema es una dedicatoria a Violeta Parra, en la que dice que "los grises funcionarios" no pueden apreciar la fuerza creadora de Violeta, que además siempre anda preocupada por los otros.

Fui a Guanajuato a cazar nubes. Descubrí que, más que deshilarlas, me gusta perseguirlas. Escogí varias y ya empecé a seguirlas con los ojos, sobre el cielo azul.

Falta dar los primeros pasos: a ver a dónde me llevan.

D.

Palmeras de la brisa rápida, de Juan Villoro

Un viaje suele ser, también un viaje hacia dentro de uno mismo.

El viajero no sabe donde va. El turista no sabe dónde estuvo.

Cuando uno emprende un viaje al lugar de donde vienen las raíces de la familia parece imposible dejar de mirar hacia donde se extienden y de donde abrevan detalles de la personalidad: luego, el viaje resulta autobiográfico en muchas formas. Algunas impredecibles y sumamente aleatorias. Otras fríamente calculadas, como quien hace un efecto en un billar de tres bandas.

Así, Juan Villoro toca en las cuatro esquinas del alma y acierta, finalmente, en el ojo del mundo. En Yucatán.

No sé si llamarle Crónica o ensayo. Me decantaría por llamarlo bitácora, aunque esto también sería inexacto.

El corazón que se vacía en las hojas de "Palmeras de la brisa rápida" no deja sólo teñir de rojo la hoja, sino que nos da un amplio espéctro que va desde esa fascinación gozosa por la cocina yucateca, pasando por los tañidos de las campanas y el rock "contemporáneo" (la obra es de 1988) de la península yucateca, rica también en trovadores y música tradicional.

¿Qué sería de esa llanura sin los cientos de promontorios piramidales? Mudos testigos de las civilizaciones prehispánicas: el asombro de la cultura maya, las buenas costumbres de la sociedad moderna y el feudalismo de los hacendados henequeneros se deslizan entre los dedos, como quien puede acariciar varios siglos en un par de hojas... pues Palmeras de la brisa rápida tiene menos de 200 hojas.

La edición que yo tengo, editada por Almadía, tiene una hermosa cubierta que transforma la palmera con base de ajedrez en un poderoso jaguar mostrando los dientes. Así la belleza ligera de la Península Yucateca muestra los dientes y su lado más filoso en agudas dentelladas que lanza Villoro en su prosa ágil y estilo fluído que no da paso a las dudas.

Hermosa prosa y divertidas frases que se le quedan a uno marcadas como picadura de mosquito, el certero lenguaje de Villoro es un aguijón de abeja africana y sabe a papadzul recién hecho.


Si tienen un par de horas y quieren emprender un viaje, esta es mi recomendación patriótica: vayan a conocer la hermana república de Yucatán.

Cinco estrellas.

D.

Recuerdos de El Salvador

Mi mejor amiga me citó para contarme sus experiencias en El Salvador.

Le sorprendió la lluvia tropical que se evapora al caer a la banqueta calurosa y se convierte en vapor casi enseguida.

Llegó a una casa en donde todas las habitaciones tenían aire acondicionado.

Yo recordé mi última visita a Villahermosa, la exhuberancia que brotaba hasta de las banquetas, el sabor a humedad y sudor en el aire.

Ella se quedó con las ganas de disfrutar la alberca, pues iba en un viaje de trabajo y si itinerario fue "Aeropuerto-hotel-oficina-hotel-oficina-hotel-oficina-hotel-aeropuerto"

Y aún así, algo del sabor local se quedó en su boca... y vino a verter sus ansias de visitar nuevos lugares al café; me salpicó el impulso de viajar, de moverme, de maravillarme, de horrorizarme, de aprender, de temer, de extrañar, de comparar.

Y es que viajar es añorar.

D.

Chignahuapan: virgenes, esferas y garzas

El fin de semana visité tres ciudades en el estado de Puebla; como me parece que en ocasiones anteriores ya les he contado de la ciudad de Puebla y la ciudad de Cholula, les contaré un poco de la menos conocida Chignahuapan.

Ubicada al norte de la ciudad de Puebla, para llegar a Chignahuapan se atravieza todo el estado de Tlaxcala.

Está situada a cerca de tres horas de la ciudad de México y aproximadamente a dos horas de la capital del estado.

Las veces que había escuchado de Chignahuapan fue siempre en relación con la producción de artesanías, específicamente los talleres de vidrio soplado donde se realizan gran cantidad de las famosas esferas navideñas.

Sin embargo, al llegar al poblado es posible percatarse de que el turismo es también un tema importante, pues en la población hay aguas termales y uno puede disfrutar de una cómoda estancia deliciosamente remojado.

Además del atractivo de los balnearios en Chignahuapan hay varias iglesias interesantes: la del centro está dedicada al Apostol Santiago y tiene una fachada barroca, que recuerda a la de Tonanzintla; por dentro hay varias imágenes del santo, aunque el altar central tiene una virgen.

En otra iglesia del pueblo hay una enorme escultura que representa a la Inmaculada Concepción, la figura mide más de 14 metros y tan sólo la cabeza de la misma mide más de 1.50 (eso se demuestra con facilidad en una de las fotos de mi viaje, en donde estoy de pie junto a una replica de yeso y la cabeza es más alta que yo)

La imagen de la virgen es realmente hermosa y su representación evoca a una Venus; las volutas de entre las que sale pueden ser recorridas por el expectador, pues hay una escalerilla para rodear de cerca la escultura, siempre y cuando no se vaya de visita en horario de la homilía.

Además de estas dos iglesias, que se encuentran en el centro del pueblo, el visitante puede caminar hasta la iglesia de "El Calvario", mejor conocida como "La iglesia del Honguito" donde se guarda con aprecio un pequeño hongo de tierra que tiene la imagen de un cristo.

Nosotros llegamos a la iglesia del honguito mientras un coro de niños ensayaba y la música llenaba el recinto. Fue un momento realmente hermoso.

De camino a la iglesia de "El Calvario" los visitantes verán de manera irremediable la laguna de Chignahuapan, lugar apasible donde viven patos y garzas.

En este lugar puede uno sentarse a ver pasar la vida con particular tranquilidad.

Si tienen ocasión visiten Chignahuapan es un lugar agradable; les invito a visitarlo.

D.

Cada hombre es la posibilidad de un universo

Por la mañana, en el maratón de Lectura de Reactor 105.7, estación de radio de la Ciudad de México, mencionaron una idea (de un libro que no recuerdo) en donde el autor expresaba esta idea, con otras palabras...

Cada relación que entabla un hombre con una mujer le permite asomarse a como sería en un universo o una galaxia paralela; pero existen algunos afortunados que tienen la ocasión de conocer a "la mujer"

Yo no sé si exista "la mujer", cómo ando en una etapa de descreímiento amoroso, me inclino a pensar que no...


Pero esa idea de las galaxias y universos alternos que uno explora con distintas parejas me parece muy rescatable.

Cómo hoy tengo ganas de provocarme problemas, echaré una revisión a la bitacora estelar:

a) Galaxia Tornillo: Si me hubiera quedado con mi primer novio viviría en la Galaxia Tornillo, el muchacho se dedicaba a la hojalataría y pintura, además de ser aprendiz en un taller mecánico... En la Galaxia Tornillo se escucha música sonidera y el 14 de febrero programan la hora de Luis Miguel.

b) Galaxia Librero: Otro de mis novios era habitante de la Galaxia Librero. Se dedicaba a la compra y venta de libros y llegaba con tres o cuatro titulos cada vez que iba a visitarme. Me recitaba largos poemas que se atribuía y me contaba pasajes de sus visitas al Chopo a buscar piezas raras. En la Galaxia librero se quemaban velas aromáticas, se escuchaba a Calamaro y se bailaba slowly, tonight.

c) Galaxia Desastre: En la Galaxia Desastre sólo había mostaza y galletas ritz en la despensa, las borracheras empezaban en miércoles y podían o no acabar. En la Galaxia desastre se despreciaba cualquier etiqueta y nombrar algo "tuyo" o "mío" era una atrocidad. Obviamente la posesividad estaba prohíbida y todo orbitaba de manera libre y desorganizada, fluía y se escapaba en un planeta de baja atmósfera... aún así, muchos años, creí que esa era mi Galaxia natal.

d) Galaxia Geek: De haberme quedado a vivir en la Galaxia Geek ya sabría jugar Magic y al menos tendría un repertorio básico de palabras en japonés. También conocería muchas bandas de Metal y algunas de ellas seguramente serían en Japones.

D.

Señales en el autobus

Me gusta observar. La gente es mi raza preferida.

Me gustan los pequeños gestos, las miradas, las complicidades.

Y a veces me gusta jugarle pequeñas bromas a quienes observan si te vas a levantar...

La lucha es feroz en esta ciudad, por eso la observación es un factor muy importante para encontrar un asiento. Debes estar al pendiente...

A veces pienso que la gente debería traer una etiqueta que te permita saber en donde va a bajar el usuario del transporte publico... (porque sé que hay quien también juega con mis sentimientos, los he visto sonreír por lo bajo)

O quizá soy medio paranoica.

O quizá sólo tiene uno demasiado tiempo entre las manos al viajar.

Decida usted, amable lector.

D.

Una de taxistas

El otro día, mientras esperaba al metrobus sobre Insurgentes, pasó un taxi frente a nosotros. La dama que viajaba en él nos echó una mirada como de lástima "pobres, ellos tienen que esperar el metrobus mientras yo viajo cómodamente en mi taxi".

Lo cierto es que a mi no me gustan los taxis. Prefiero por mucho caminar o el transporte público. Los taxis (y los taxistas, en particular) me dan mucho miedo.

Creo que siempre me siento desprotegida en un taxi por esta situación de pérdida de control. Te sientas en la parte de atrás y no sabes cuando te van a bajar, cuanto te van a cobrar, si se detendrá el taxista en alguna zona oscura para subir un comando armado... No sabes nada.

Otra cosa que me molesta de los taxistas es su propensión a contarte historias o hacerte la plática. No es que rechace por completo el contacto humano, pero encuentro tranquilizador ese letrero del metrobus de "No hable con el conductor".

Líos de política, de la farándula, lo terrible que está el calor, el tráfico, la contaminación, el fin del mundo... los taxistas son expertos en temas trillados. Pero es aún peor cuando te cuentan de su vida (es como estar a fuerzas en un blog que no te gusta o escuchar una repetición de "Diario de un taxista" de Arjona).

Me he encontrado con un par de taxistas amables, algunos de ellos en provincia, otros aquí... pero han sido notorias excepciones.

La mayor parte de las veces me toca subirme con choferes que

a) Primero "evalúan" la mercancía, es decir, te semidesnudan con un rápido vistazo

b) Después "ajustan" su taxímetro y cuando te das cuenta, debes $15.00 pesos en la primera cuadra recorrida.

c) Te hacen la platica con cualquier babosada, que generalmente desencadena una risa molesta, como de perro con asma.

d) Cuando por fin te dejan bajar ya debes hasta la risa, te vuelven a "inspeccionar" mientras bajas y ya están pensando en el siguiente prospecto.

Me siento medianamente protegida cuando abordo un taxi acompañada, pero el saber que toma por "atajos" o el sentir que el taxímetro corre y el tráfico no avanza, me pone en un estado mental de alerta: lista para salir corriendo.

Mi abuelita dice que "es más triste andar a pie", pero yo no lo creo... así que están invitados a acompañarme en mi próxima caminata, pero no me disparen el taxi.

D.

El viaje del salmón

Hoy fui a desayunar y en el restaurante de costumbre estaba Disney Chanel. Cuando llegamos estaba por terminar "Tierra de osos", una película que siempre veo por partes...

Creo que mi parte favorita es cuando los osos se reunen para platicar de sus aventuras, junto al río donde cazan salmones.

Y aunque en la película lo disfrazan (como de costumbre) se nota el gran festín que representan los salmones para los osos.

Por la tarde, tranquilamente echada y viendo un documental de Discovery Chanel volvieron a tocar el tema de los salmones... Y fue allí cuando ya empecé a pensar que era uno de esos mensajes cifrados que suele mandarnos el cosmos para hacernos reflexionar de tales y cuales cosas...

Así que, tras ver como los salmones luchan contra corriente para ser parte de un ciclo de vida que alimenta a muchas especies (osos, lobos, orcas e incluso a los árboles, que se nutren de los restos de salmones que no sobreviven y se desintegran en el suelo del bosque) me quedé pensando en las misiones que tenemos en la vida.

Actualmente nos enseñan a trabajar por objetivos, a cumplir tareas, a fijarnos plazos y respetarlos: debemos actuar en concordancia a lo que se nos pide, ajustarnos, moldearnos...

Pero, ¿cual es nuestra meta vital?, ¿qué es lo que realmente nos mueve río arriba?, ¿por qué propósito daríamos realmente la vida?

Avanzar por el río sin saber que es lo que queremos hacer al llegar no tiene sentido. Quizá a unos los mueva el éxito, a otros el dinero, quizá la relevancia social... ¿El sexo?, ¿el amor?, ¿tener una familia?

Los objetivos pueden ser muchos... no obstante pocas veces nos damos cuenta de todo lo que cambiaremos en nuestro camino río arriba: las vidas que tocaremos, la cantidad de predadores que nos acechan y quizá, la posibilidad de que llegar a nuestra meta sea sólo una utopía, pues de los miles de millones de sueños existentes, sólo un puñado se realizará.

Me siento como un salmón esperando que llueva, que aumente el caudal del río, para continuar. Mientras tanto el oxígeno del agua se enrarece, día a día, necesito un salto, aunque sea peligroso... se que me acercará a mi meta.

D.

Piedritas de colores y nubes negras


Regresé de mis vacaciones con 50 pesos menos en los bolsillos y tres aretes de colores. Fue bonito, porque no gasté... fue malo, porque llovió y no me pude meter al mar. Me encanta caminar en la arena y recoger conchas, eso sí pude hacerlo.

Mi mamá se animó a manejar y gozamos de muchas horas en los bosques de niebla. Claro, fue algo tenso, porque mi mamá odia los bosques de niebla... pero al menos me dio tiempo de pensar en todo lo que escribí en la entrada de ayer.


Hacía mucho que no iba a Tecolutla, pero en esencia lo único que hay que ver es el mar. Las comidas no son tan caras... al menos. Dimos el obligatorio paseo en lancha por los manglares y fotografíamos pelícanos... y prácticamente esa fue toda la actividad realizada, porque el resto del tiempo caminamos en playas frías y calles mojadas.

Mi vida antes y después de Insurgentes

La avenida de los Insurgentes, la más extensa de la ciudad de México, atraviesa de sur a norte la urbe... Termina en los entronques con las carreteras de salida a otras dos ciudades del país: la Autopista México - Pachuca y la Autopista México Cuernavaca.

Sin embargo y a pesar de cruzar importantes sitios de interés histórico, social y cultural (vamos, que hasta pasa a un costado de la Ciudad Universitaria, donde estudié y aún acudo con regularidad), hasta este año, nunca había tenido relevancia para mí.

Será porque, al vivir en el oriente de la ciudad, no tenía mayor motivo para el cual ir a Insurgentes.

Entonces aquel notable conjunto de oficinas de gobierno, teatros y restaurantes, que forman parte de lo que es conocido como "Insurgentes Sur", se me hacían una gran muestra de snobismo y fantochería.

Otras partes, como la estación de trenes de Buenavista, tenían ecos de nostalgia de algo que ya no estaba allí...

Pero no fue sino hasta este año que tomé por primera vez el famoso sistema de transporte "rápido" llamado Metrobus, que desplazó todos los peseros (esos si, con "s") que recorrían la avenida de los Insurgentes.

Entonces fue que tomé conciencia de la ubicación de el parque Hundido (con su reloj hecho de flores naturales), el World Trade Center, el teatro de Los Insurgentes y tantos otros sitios por los que pasean los turistas.

En eso venía pensando hoy, cuando vi que la gente del Turibus (que también es rojo, como el Metrobus en el que iba) tomaba fotos de lo que ahora es mi camino diario a la oficina.

Yo también debo guardar un lugar para el asombro, so riesgo de convertirme en un mueble más... cosa que, por desgracia, me pasa con frecuencia.

Llegar hasta el final

Al despedirme de mi amigo S. un malestar me invadió... la sensación de que las cosas no podrían permanecer como antes, quizá. Estabamos en Insurgentes, a la altura de mi antiguo trabajo, donde nos conocimos.

Me senté en un puesto junto a la ventana y dejé que el transporte avanzara por la gran avenida : los comercios se fueron sucediendo, uno detrás de otro... Miré el reloj de nueva cuenta y me percaté de que no llegaría a tiempo a mi taller literario de los jueves.

Por un lado me sentí mal, pues hubiera podido quedarme más tiempo con S. Por otro lado, me di cuenta de que nunca había recorrido toda esa línea, hasta el final de la avenida Insurgentes.

Me dio curiosidad la posibilidad de llegar hasta el final... aunque mientras lo pensaba, recordaba que el camino de regreso sería igual de largo: quizá tendría hambre, sueño, sed, calor...

La tarde se mostraba soleada y llegué a la zona universitaria. ¿Me bajaría?

Pensé en el disco de Pedro Guerra que estaba todavía en mi bolsa, regalo de S. Me daban ganas de escucharlo. No se puede todo. Decidí no bajarme del transporte publico.

Pasé por la pirámide de Cuicuilco, por el parque ecológico de Loreto y Peña Pobre y recordé lo enorme de la ciudad... ¿Todavía estaba en la ciudad?

Aún tenía ganas de llegar hasta el final, pero no sé exactamente que me detuvo. ¿Hambre, sed, sueño? ¿Miedo?

Lo más básico...

Finalmente, de regreso a casa, le dije a mi papá que había regresado para escuchar a Pedo Guerra. Pero ahora, justo ahora, mientras lo escucho, pienso... ¿Realmente quería escuchar a Pedro Guerra o simplemente me paralicé por el miedo?

D.

Mi noche con el rey lagarto

Durante la tarde me quedé en tiniebla mucho rato.

Se había ido la luz un par de veces.

Después llovió. El ruido de la lluvia en el cubo de la escalera me encanta. Antes el cubo tenía una lámina, así que toda llovizna era diluvio.

Ahora el agua golpea de manera más suave. Se inclina en la losa de cemento, se quiebra, rebota.

Y puse al rey lagarto, en miércoles.

Me dan ganas de apagar las luces, de nuevo y quedarme viendo los colores que se proyectan en el reproductor de música.

Quiero olvidarme de las letras y dejarme llevar por las vibraciones.

De luz, de sonido, del tacto cuando el aire se estremece.

Y me siento casi una L.A. Woman...

Por favor, cuando la música termine, apaguen la luz.

D.

En el corazón del Micro

En el corazón del Micro vive el microbusero: fuerza, poder y alma de estos vehículos...

Del corazón del microbusero depende el decorado de ese vehículo que nos lleva a diario por las venas de la ciudad. (Venas y no arterias, porque están llenas de suciedad)

Además de sortear miles de várices, el microbusero pasa su vida en el Micro, así que va decorando su unidad de mil y un maneras imaginables, así que cada unidad es un micro cosmos en sí mismo.

Hay diferentes clases de microbuseros y, por tanto, diferentes clases de decoraciones para Microbus... Desde la sobriedad absoluta del tablero en blanco, hasta el colorido folclor del retrovisor con un par de dados y peluchito, que tan choteado fue...

Pero también los hay religiosos, devotos de toda clase de imagenes y santos, que van desde la clásica virgencita de Guadalupe hasta la santa muerte... de Malverde a San Judas Tadeo... Y los infaltables ángeles de la guardia, o la oración del conductor...

Me gustan, aunque me marean un poco, los microbuses que son unas discotecas andantes, con bolas de cristal estilo fiebre de sábado por la noche, luces neón (y el correspondiente gusano de colores al rededor de ellas) o luces violetas.

Están los tableros decorados con estampas de personajes de caricatura... Un Calvin malévolo orinando alguna esquina, una voluptuosa Jessica Rabit, un Bart Simpson con resortera... cualquier personaje que incite a la rebeldía es bueno.

Las leyendas en los cristales traseros de los microbuses son míticas: a veces rayan en la originalidad y otras son iconos dificiles de olvidar: "El hijo del pueblo", "Me ves y sufres", "El hijo desobediente", "Mamá soy paquito"

Hay toda clase de letreros y recordatorios (no de esos que piensan) en las Microbuses... "Niñas menores de 38B pagan pasaje aún sentadas en las piernas", "No tires basura no seas marrano...", "Si vas a comer pepitas tragate las cascaritas"

Los microbuseros que coleccionan cosas y hacen de sus vehículos unos museos ambulantes son muy de mi agrado: decoran a veces sus tableros con monedas de diez centavos, con corcholatas de colores o incluso con tazos de colecciones diferentes.

Hoy me subí a un microbus que tenía botiquín de emergencia y estampado en él tenía al personaje de Animanics, "La enfermera". (Famosa por ser la detonante de la frase muy útil... "Holaaaaaaa enfermeraaaaa")

Además de sufrir y/o padecer las decoraciones de los microbuses y los estados de los asientos de los mismos (desde imitación de terciopelo a simple plástico moldeado... desde vinil agujerado hasta forros estilo autobus de primera), también hay que chutarse la música del microbusero en turno.

Al respecto, puedo decir que he encontrado de todo: los que se dan de muy cultos, que van escuchando jazz, un bossanova sabrosito o vienen escuchando Radio UNAM y Opus...

Hasta claro, los reguettoneros rudisimos, el reaggue más adormecedor (generalmente acompañado con la decoración rastafari del caso y adornitos de mariguana en las puertas).

Los hay salseros y cumbiancheros; los hay que escuchan las noticias y son hasta vigías al volante y le llaman al señor Zabludowsky para pasarle las novedades del camino... Los hay que se ponen tristes y escuchan boleros, la hora de Luis Miguel, Los Terricolas...

Los internacionalistas ponen puras rolitas de The Beatles, The Doors, The Carpenters...

Hay unos medio fresas que hasta ponen a Belanova. Je.

Una vez encontré un microbusero que puso la versión salsera de Medias Negras, de Joaquín Sabina, y fui muy feliz.

Cuando uno va muy feliz en el micro, suele decirle al conductor al bajar... "Muchas gracias"

No sabe a veces uno que agradece, al fin y al cabo es un servicio... a veces creo que el agradecimiento no es para el microbusero, sino para la fuerza todopoderosa que te permite salir viva del corazón del Micro.

Otras veces si le das las gracias al microbusero: por la música, por la decoración, por el viaje que es estar vivo.

Y a veces (sólo a veces) el Microbusero te responde: "De nada, que tenga un buen día".

Y para mí, así empieza un buen día.

D.

La Pichirila, Apipilulco y otras palabras bonitas

Pues si. Siempre si fui al campamento. Estaba yo algo indecisa, pero finalmente me animé. En la mochila llevaba una bufanda, unos guantes, una chamarra (que luego fueron muy útiles), un saco de dormir (que cumplió con su cometido), un cepillo de dientes (que sólo usé una vez, cuando ya de plano me sentía una mujer lobo), un cepillo para el cabello (que igual, sólo usé una vez) y un brillo labial, que me puse en el metro, de regreso a casa, como para disimular el aire de damnificada que traía a cuestas.

Y es que, a pesar de que estabamos en una cabaña, calaba un precioso frío matinal, porque el sitio donde fuimos es una Presa y las cabañas están cercanas al agua.


Para llegar hicimos cerca de 4 horas, porque nos metimos en dos brechas desconocidas y en una casi nos desbarrancabamos... pero salimos avante gracias a las habilidades de nuestro conductor y a la temeraria fuerza de la camioneta que conducía (La Pichirila, creo que la apodaban, la verdad era un nombre curioso y no lo recuerdo bien)


Tuve ocasión de escuchar más a mis compañeros. A algunos, que yo creía casi mudos y a otros, a quienes en realidad nunca me había tomado la molestia de ir un poco más allá. Pude decir cosas de las cuales tenía ganas de expresar y vi las estrellas girando sobre mi cabeza (si, eh, bueno, podemos decir que el alcohol ayudó, pero de verdad me sentía conectada con el universo)


Vi volar a un pato.


Y aprendí que Apipilulco está en Guerrero.


Estoy muy contenta de haber ido con mis compañeritos... y estoy contenta de volver. Como siempre que salgo, recuerdo con nostalgia mi dulce cama.


Y ella me espera, en cuanto baje estas fotos para presumirles.


La pluma Parker

- ¿Que será mejor?, ¿esperar o que te esperen?
- Ya lo descubrirás.

Le dije.

Y allí estaba, esperándome. Yo lo esperé muchas veces, antes.

Mi mamá me dijo que fuera a devolverle su pluma Parker. Finalmente él me la regaló.

- De regalo de graduación. - Me dijo.

Tuvimos un buen día, comimos tortas. A veces pienso que las tortas son el destino de todas mis relaciones, porque nunca me alcanza para invitar algo más estiloso, que vaya más allá de los sandwiches y las tortas.

Una vez disparé tacos.

Platicamos muchas cosas, me dijo lo que había cambiado.

Él me colmó de regalos, le envio dulces a mi mamá y nos despedimos.

De regreso a casa llovía y me pareció muy apropiado.

D.

Tierra de Fresas

Ando en Irapuato. Es bonito. Ayer visité el centro de noche y hay una plaza con fuentes que prenden al ritmo de la música y muchas iglesias de cuyo nombre no supieron darme razón mis guías.

Me la he pasado muy bien, en plena evasión de mis deberes.

Aunque ayer tendi la cama. Me sentí grande. Ja.

Pero me la he pasado bien chido, viendo películas y andando en cochecito por la ciudad.

Vi caballos ayer. Natalia niega que anden asi por la vida...

Je, bueno, andabamos cerca del Lienzo Charro.

Debo agradecerles de nuevo a mis anfitriones. Aprovecho...

Gracias Natalia y DD.

D.

Si se acaba el mundo, me voy a Mérida...





Recordaba el paseo Montejo lleno de luces, como en un cuadro surrealista... y el sabor frito de la masa de los panuchos. Pero muchas cosas las había olvidado. Como la música de trova subiendo por la piel y el baile cadencioso en una plaza.


México, de nuevo, sorprendiendome con lo que creía conocido, pero redescubro.


Y allí tienen ustedes que me encontré otra vez en el centro de Veracruz tomandome una cerveza a la salud de los que vendrán luego... porque tampoco puede ser uno tan díscolo y los que estuvieron antes ya fueron.


Anduve con mi lengua muy larga y mi falda muy corta entre las calles pobladas de textiles de colores y conchitas, madreperlas, corales y plástico bien tratado, para dar la facha de ser ambar.


Me metí a dos mil tiendas buscando un recuerdo que transmitiera mis parabienes a la gente que quiero... pero no les pude llevar el olor del mar en una botella, ni lo rasposo de la arena, ni tampoco el sabor del agua de jamaica con el calor agobiante.


Tampoco les traje plumas de flamenco, ni pececitos de agua fresca, ni ese desconcierto triste de los ocelotes enjaulados.


Pero pude llenar mis ojos de luces de feria.... Y les traje algunas.





D.

Mini Road Tripp

Ayer mi padre se mostró sorprendido ante la iniciativa de mi mamá para emprender un Road Tripp por Hidalgo. Así que después de consultar varias páginas de Internet se lanzaron a la aventura con sus hijas en el maletero.

La idea era llegar a Actopan, donde hay un convento de dominicos, que fue fundado por franciscanos... pero se nota que los dominicos aprovecharon los pleítos de esta orden con las autoridades Virreynales para continuar un proyecto lleno de murales en las paredes...

Al parecer el convento era de una riqueza envidiable, por el decorado que queda. Sin embargo hay mucho deterioro en gran parte del lugar, provocado posiblemente por el descuido.

Actopan es un sitio pintoresco, aunque actualmente los vecinos del centro se encuentran en un conflicto con la Presidencia Municipal que ha prohibido estacionarse en la calle principal, para evitar el congestionamiento vehícular. Antes existía la norma de que se podían estacionar vehículos alrededor de la plaza, pero solamente durante una hora...

Actualmente se han endurecido las medidas de seguridad. Según nos comentaron las multas por exceder el tiempo de una hora es de 700 pesos.

Fuimos a comer lentejas con salchichas y perejil. Después nos compramos un helado de frutas secas. Al terminar el recorrido por el poblado nos dirigimos a Pachuca.

La capital del estado de Hidalgo estaba extrañamente vacía en el centro: por obras de remodelación casi nadie pasea por la plaza príncipal donde se encuentra el histórico reloj.

El ánimo se había movido a la Plaza Juárez, en donde se presentaría por la noche la cantante tijuanense Julieta Venegas. Nosotros nos hospedamos cerca de ese sitio, así que por la noche después de cenar fuimos a escucharla.

Además de cantar "La jaula de oro", de los Tigres del Norte, cantó dos canciones más de su autoría y después de despedirse todavía regresó a recibir un reconocimiento del gobernador Miguel Angel Osorio Chong y cantar "Sin documentos, de Andrés Calamaro" y "Andar conmigo" , de su disco "Sí"

Al día siguiente desayunamos y dejamos Pachuca temprano. Nuestro siguiente parada fue Tulancingo, a donde llegamos después de bastantes inconvenientes, porque la carretera está en remodelación y hay muchos tramos sin pavimentar o con piedras, para evitar que uno pase por las obras...

Al parecer a mi mamá no le importó y metió la velocidad turbo... (jo, jo)

Llegamos a la cuna de "El Santo", cuyo nombre real fue Adolfo Francisco Guzmán Huerta. Incluso hay en la población una estatua que le rinde tributo, justo a un lado del Museo Ferrocarrilero, que está llena de fotos históricas de Venustiano Carranza, Gabriel Mancera (descendiente de Pedro Romero de Terreros) y otros próceres de la patria... (Si, el Santo incluído)

Fuimos al centro de Tulancingo, que según nos comentaron es ya la segunda población más grande del estado, después de Pachuca. Recorrimos muchas calles antes de llegar al Zoológico, que se encuentra en lo alto de un Cerro. Visitamos el Zoológico más grande del estado.

Como en todos los Zoológicos, los animales lucen tristes y confinados...

Bajamos la cuesta y le regalaron a mi mamá un refresco, por ser el día de las madres... También estaban dando rosas, pero eso ya no quizo tomarlo.

Había bailes regionales en "La Floresta" el parque que está enfrente de la catedral. También vendían cerámica y mi hermana se compró una alcancía de cerdito.

Después nos fuimos a comer unas "Tulancingueñas", plato típico del lugar en donde se usa una tortilla sofrita para envolver un trozo de queso panela, otro de amarillo y una rebanada de jamón con aguacate y jitomate. También son típicas de allá los "Guajolotes", especie de torta de tortilla sofrita rellena de diferentes ingredientes. (Carne, jamón, salchicha... y lo que venga)

Regresamos a México por la carretera de las Pirámides, que pasa por San Juan Teotihuacan.

¡Y nos dio tiempo de ir a dejarle a mis abuelos unos buñuelos que les compramos!

D.

Crónica del viaje que nunca hice

Les advierto: es largo y pasó hace mucho tiempo. Pero es una deuda que tenía pendiente.

Para Anel:
por todos los viajes que no ha hecho,
pero también por todos los viajes que hará.

Crónica del viaje que nunca hice


Había olvidado el reloj en la mesa de noche, nunca pude saber exactamente que hora era... Esta prisa por llegar me daba los primeros problemas. Tenía al hombro la mochila y bajo la chamarra una bolsa de mano. Resultaba molesto cargar con tantas cosas y tomar tantas precauciones. El camino hacia el metro fue lento, aumentado por mi ansiedad. Olvidé incluso la salida que debía tomar.

En el primer mostrador, pedí mi boleto y sin trámite alguno me informaron: mi camión salía a las 12:45. Eran apenas las 10, según el reloj de la estación. Busque varias ocupaciones para pasar el tiempo antes de abordar.

Miraba a la gente buscándoles un destino. Escribía mis tonterías, otra vez, muchas veces más, buscando tu nombre en las palabras, pero nunca eras más que una sombra entre mis ruidos informes.

Llegado el momento abordé mi autobús. Me costó tanto trabajo guardar la mochila en el compartimiento de arriba que lo sentí como un presagio. Sólo la compañía de una dama a mi lado impidió que saliera disparada por la puerta al llegar una de las paradas intermedias que nos separaban. Si no fuera por esa dama (la del suéter azul y los espejuelos) no hubiese llegado junto a ti.

Ella se portó amable y me regaló algo de comer. Me sentí casi como Blanche Duboise. “Siempre he dependido de la generosidad de los extraños”. Llevaba poco dinero y lo guardaba para algún imprevisto… como el buscar un hotel en el caso de no encontrarte en donde habíamos quedado.

En la estación final el andén casi vacío me desanimó. Poca gente... ¿Dónde buscarte si he llegado 3 horas tarde? Y caminé entre los asientos (ocupados y vacíos) y al pasar a tu lado me detuve y pregunté...
- ¿Qué estas leyendo?
Estabas fumando y casi te ahogas... me preocupaste, nuevamente.
- El agente – Y ví con tu movimiento de la mano que era de Joseph Conrad y que no llevabas un reloj en la muñeca.
- Que bueno que no usas reloj, me matarías si supieras que hora es...
- ¿Qué hora es? – Me dio risa tu pregunta. Una risa nerviosa, de muchas. Cuando pude contenerme creo que dije…
- Son las 6...

Salimos buscando un camión hacia el centro. - Cualquiera es bueno – dijiste. Pagaste mi pasaje (cosa que no pasaría muy seguido) y paseamos lugares para mí desconocidos. Cada calle parecía tener envuelta una interrogante.

Bajamos en una calle cualquiera y yo seguía preguntándome. “¿Por qué no me besa?” Pero no fue eso lo que pregunté cuando volví a abrir la boca:

- Tengo que hablar a mi casa...- una banda de niños pasaba por la calle, cuando marque, mi padre me contestó.
- ¿Dónde estas?
- En la plaza- Dije yo, rápidamente, sin agregar la plaza de donde - Llegué bien, nos vemos...

Seguimos caminando a centímetros apenas de distancia. Nos detuvimos en un lugar que yo juraba conocido, tal vez en un extraño “dejá vù” que aún no me explico. Tú te detuviste a contemplar títulos de libros viejos.

- Iremos a comer- explicaste y me llevaste a una tortería. Allí el disco completo de Paulina Rubio acompañó lo que sería después el equivalente a nuestra primera cita. Una torta de salchicha fue quizá el mayor gasto de mi visita.
- Te dije que habría música de este tipo y tendríamos que acordarnos siempre
- Pero habrá mejor música y mejores momentos... espero- dijiste tú y sonreímos.

Tras comer, bajamos por una calle y pasamos cerca de la redacción del periódico en el que trabajaba uno de tus amigos. Al no hallarlo decidiste matar el tiempo antes de tu siguiente plan: llevarme al cine.

Antes disfruté del mejor momento de la tarde, a tu lado solamente, en una banca verde. Formalmente nos presentaste. Allí pasabas algunas tardes, mirando pasar la vida. Ese día un muchacho frente a la ventana arreglaba un foco, dándonos espectáculo a nosotros dos. No llevaba camisa y su cuerpo se perfilaba firme y marcado…

El tiempo paso y no te decidiste a besarme... quizá, un movimiento de mi parte habría bastado... mi cabeza reposaba en tu pecho, pero no... Ninguno de los dos se decidió. Tuve que esperar y te odié un poco por eso.

Caminamos entonces hacia el teatro de la ciudad, para ver una película francesa acerca del Rey Sol. Encontramos una fila muy larga, pero había conocidos en ella.

Al poco rato llegó un amigo tuyo y entonces sí, nos presentaste. Los ojos brillantes de tu amigo y sus labios rojos, me provocaron un estremecimiento. Pero de repente me acordé que ese viaje lo había realizado para verte, así que concentré mi energía mental en dejar los pensamientos lujuriosos a un lado y concentrarme en la película.

Entramos a la función y vimos avances de estrenos futuros, películas que ya no vería. “Insomnia” y “Afganistán”. Quizá fuera mejor no ver morir a nadie. No andaba con ánimo para masacres.

La obra fílmica de aquella noche fue impecable: el vestuario fastuoso y la música estupenda.

Salí sin muchas ganas de nada. Las cosas marchaban lentamente, hacia frío en la noche. Eran ya las 11 y tú ya tenías ansias de buscar algo para humedecer tu garganta. Compraste un mezcal en una tienda cercana y tomamos un taxi con tus amigos. Poco a poco nos fuimos alejando del centro y me dí cuenta de que vivías aún todavía más lejos…

Brillaban las estrellas sobre nuestras cabezas al descender del auto. Las estrechas escaleras a tu hogar me recibieron un tanto hoscas. Pero al llegar, me diste un tour completo por todas las habitaciones: primero las de tus compañeros de casa y finalmente la tuya, con una única cama, alteros de libros y con un espacio entre las sabanas para mi cuerpo.

La velada se prolongó. Eran quizá las 3 cuando todos decidieron que era suficiente mezcal y plática. Había guardado silencio casi toda la noche. Estaba algo contrariada, pero mientras buscaba mi pijama y te acercaste. Miraste por la ventana y encontraste una tarjeta telefónica:
-“Indio es como el viernes, la esperas con ansias” ¿Será cierto?
- No sé... pero en mi parada de autobús hay un anuncio que dice “Indio es como un beso, siempre se antoja”
- Y ¿sí se te antoja?- ¿Te bese? ¿Me besaste? Luego preguntaste – ¿Seguirás buscando la pijama? Sonreí y te seguí hasta la cama.

A media luz las sombras son mis aliadas, sólo mi boca te buscaba. Y tú me encontraste entre la noche. Pasamos el poco tiempo que quedaba abrazados. Al día siguiente, tenías que marcharte (la escuela, la rutina) pero preferiste quedarte a verme desayunar un vaso de leche.

Yo no pude quedarme con la leche en la boca, tenía mucho más que pensar además de comer. Me trajiste la guía de un festival de cortometrajes que habías visto y comentamos varias películas.

Paso el día tan rápido que no me di cuenta de que hora era cuando me dijiste
-¿Bajamos por un café?

Atravesamos calles sin que yo notara por donde íbamos. El centro de la ciudad nos recibió amable, como a dos turistas.

Escogiste la segunda mesa de un café donde conocí a un perro flaco con mucha historia y luego al muchacho que atendía la mesa, que también era tu conocido.

Pedí un americano y tú una cerveza. El café me podía durar horas, pero a las 8 ya estabamos un poco aburridos de darle vueltas a nuestras respectivas bebidas. Sin embargo, el hombre de la mesa de al lado nos dijo:

-¿Ya se van? Esta muy linda la tarde... quédense y les invito la siguiente...

Así lo hizo e incluso llamo al hombre de las canciones para que lo acompañara en su borrachera. Después de un par de corridos, reparo en que a nosotros también nos gustaba la música...

- Pida una señorita - Ante mi indecisión, el músico sugirió “Un motivo” y después, bajo la mirada complacida de nuestro benefactor, tú pediste, “”El Andariego”

La platica se alargo, hasta que empezó a diluviar.

Me quede en el quicio de la puerta, viendo llover en la plaza, mientras platicabas con tu amigo. Al voltear a verte, me llamaste y acudí como corderillo. Eran ya las 10:30 y no paraba la lluvia. Decidiste que era tiempo de irnos.

Me cubriste con tu chamarra y salimos a buscar un taxi en la noche. Finalmente se paro uno. Llegamos a tu casa mojados y te dieron una mala noticia:

- Tus libros se mojaron.- Corriste a ver los montones de libros apilados y solo acertaste a cambiarlos de lugar. Habías dejado la ventana abierta. La noche llegó más pronto ese día y mi cuerpo de nuevo te dio calor y te secó de la lluvia.

Al día siguiente no pudiste aplazar más tus obligaciones. Tenías que ir a la escuela. Yo estaba contenta. Ordené tus libros en lo que no estabas, leí un rato y me encontraste en la mesa, admirada de la lucidez de Oscar Wilde.

Leímos citas un rato, antes de que tanto pensar te dieran ganas de amarme. Desde las sabanas Wilde parecía igual de sabio pero un poco menos importante.
En la noche fuimos a comer Tacos. Pedí dos de bistec.

Al día siguiente fui a conocer tu escuela. En el mismo autobús venía tus amigos, pero yo me quedé como autista, mirando por la ventana. Los días se me iban demasiado rápido.

Al llegar a tu escuela me dejaste en el centro de cómputo, revisando mi correo. Cuando saliste de tu clase, bajamos a la cafetería y me sentí como en casa… Quien sabe, quizá incluso me hubiera podido acostumbrar a esas rutinas.

Regresamos a tu casa y destendimos nuevamente la cama. Estábamos en eso cuando llegaron visitas. Era otro de tus amigos: sus ojos claros y profundos me conquistaron, por eso, cuando brindábamos con un cuarto de tequila tiré mi vaso y tuve que ir a bañarme.

Me puse un vestido, recordando que tenías fiesta por la noche. Una vez que tu amigo se fue fueron llegando otros… parecía una auténtica tertulia. Yo tenía ya sueño y después de cantar unas cuantas canciones y beber media cerveza, me retire a dormir.
Me fuiste a buscar y me llevaste con engaños de nuevo a la fiesta. Fue poco lo que platiqué con tu amigo el periodista, pero bastó para convencerme de se necesita mucho estómago para esa profesión.

Por fin, al verte en la ventana, me acerqué y te pregunté algo ridículo. Tu me contestaste no sé que, pero supe que nuestro momento se acercaba. Desde el otro lado de la mesa, moviste tu cabeza y me lancé en tu búsqueda, en pos de ti y de tus brazos.

A mi lado quedaste rendido hasta el día siguiente. Ya casi se habían ido todos; solo quedaban un par de trasnochados sin ganas de ir a la escuela. A las 12 de la mañana quedó descartada la idea de ir a las clases del viernes.

Tras acabar con las 5 chelas y 2 mezcales, aún quedaban ganas de bailar. Me tuve que administrar y repartir mi tiempo entre tres.

Fue una buena tarde el viernes. El sábado, sin embargo, no estaba tan tranquila, porque una de tus amigas había amenazado con ir a visitarnos. No sé si notaste mi intranquilidad, pero contribuiste a calmarme, cuando bajamos de nuevo (esta vez muy despacio, porque el día de la fiesta, te habías caído) y nos sentamos en una banca a cantar todas las canciones que cruzaron por nuestra mente.

Al medio día ya estaba yo tranquila y de regreso en tu casa, armando un rompecabezas, cuando llegó tu amiga acompañada con refuerzos. Platicaron intrascendencias un buen rato.

Yo decidí irme a dormir temprano, dejándote a solas con ella, comiéndome mi hígado. Me fuiste a buscar y me dijiste

- Espera

Y te esperé bajo las cobijas hasta la 1 de la madrugada.

Era mi última noche contigo. Debíamos aprovecharla y una vez más, mi piel te guardo. Al día siguiente me di un baño antes de empacar todo para finalmente decirte: -Me voy.

Hiciste tú también tu maleta, pero ibas con distinto destino. Un taxi nos llevo y ya en la estación se hicieron necesarios los besos de despedida.

Se acabo así la historia del mejor viaje de mi vida. Un viaje que nunca hice.

Atlacomulco

Atlacomulco es un pueblo largo y extendido a lo largo de la carretera, que funciona como la calle principal en una población en donde hasta la plaza principal está atravesada por ese mar de camiones y autos que pasan aletargados, como si cansados de tanta verborrea política fueran a dormir en esas casas bajas que no aceptan más de dos pisos en sus cimientos.

Algo bueno que puedo decir del gobierno municipal de Atlacomulco es que puso albercas en un jardín publico y uno se puede meter a bañar en una alberca techada sin más requisito que el traje de baño. Allí nos tendimos bajo un sauce llorón a escuchar el sonido del agua, que originalmente salía de un manantial que el gobierno entubo.

En el lugar se pasean grandes camionetas con la música de banda a todo volumen, como una plaga común que ha dado por extenderse a lo largo y ancho del país... Los hombres usan sombrero y las mujeres mazahuas vestidos con listones. Muchas de las calles terminan en cañadas, barrancos, cerros o simples superficies áridas sin rejas ni nombres; pero todas son de alguien: quizá de alguien que se fue al otro lado a probar suerte.

La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque. Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vit...