Darina con alas

Crónica del viaje que nunca hice

09 mayo, 2007
Les advierto: es largo y pasó hace mucho tiempo. Pero es una deuda que tenía pendiente.

Para Anel:
por todos los viajes que no ha hecho,
pero también por todos los viajes que hará.

Crónica del viaje que nunca hice


Había olvidado el reloj en la mesa de noche, nunca pude saber exactamente que hora era... Esta prisa por llegar me daba los primeros problemas. Tenía al hombro la mochila y bajo la chamarra una bolsa de mano. Resultaba molesto cargar con tantas cosas y tomar tantas precauciones. El camino hacia el metro fue lento, aumentado por mi ansiedad. Olvidé incluso la salida que debía tomar.

En el primer mostrador, pedí mi boleto y sin trámite alguno me informaron: mi camión salía a las 12:45. Eran apenas las 10, según el reloj de la estación. Busque varias ocupaciones para pasar el tiempo antes de abordar.

Miraba a la gente buscándoles un destino. Escribía mis tonterías, otra vez, muchas veces más, buscando tu nombre en las palabras, pero nunca eras más que una sombra entre mis ruidos informes.

Llegado el momento abordé mi autobús. Me costó tanto trabajo guardar la mochila en el compartimiento de arriba que lo sentí como un presagio. Sólo la compañía de una dama a mi lado impidió que saliera disparada por la puerta al llegar una de las paradas intermedias que nos separaban. Si no fuera por esa dama (la del suéter azul y los espejuelos) no hubiese llegado junto a ti.

Ella se portó amable y me regaló algo de comer. Me sentí casi como Blanche Duboise. “Siempre he dependido de la generosidad de los extraños”. Llevaba poco dinero y lo guardaba para algún imprevisto… como el buscar un hotel en el caso de no encontrarte en donde habíamos quedado.

En la estación final el andén casi vacío me desanimó. Poca gente... ¿Dónde buscarte si he llegado 3 horas tarde? Y caminé entre los asientos (ocupados y vacíos) y al pasar a tu lado me detuve y pregunté...
- ¿Qué estas leyendo?
Estabas fumando y casi te ahogas... me preocupaste, nuevamente.
- El agente – Y ví con tu movimiento de la mano que era de Joseph Conrad y que no llevabas un reloj en la muñeca.
- Que bueno que no usas reloj, me matarías si supieras que hora es...
- ¿Qué hora es? – Me dio risa tu pregunta. Una risa nerviosa, de muchas. Cuando pude contenerme creo que dije…
- Son las 6...

Salimos buscando un camión hacia el centro. - Cualquiera es bueno – dijiste. Pagaste mi pasaje (cosa que no pasaría muy seguido) y paseamos lugares para mí desconocidos. Cada calle parecía tener envuelta una interrogante.

Bajamos en una calle cualquiera y yo seguía preguntándome. “¿Por qué no me besa?” Pero no fue eso lo que pregunté cuando volví a abrir la boca:

- Tengo que hablar a mi casa...- una banda de niños pasaba por la calle, cuando marque, mi padre me contestó.
- ¿Dónde estas?
- En la plaza- Dije yo, rápidamente, sin agregar la plaza de donde - Llegué bien, nos vemos...

Seguimos caminando a centímetros apenas de distancia. Nos detuvimos en un lugar que yo juraba conocido, tal vez en un extraño “dejá vù” que aún no me explico. Tú te detuviste a contemplar títulos de libros viejos.

- Iremos a comer- explicaste y me llevaste a una tortería. Allí el disco completo de Paulina Rubio acompañó lo que sería después el equivalente a nuestra primera cita. Una torta de salchicha fue quizá el mayor gasto de mi visita.
- Te dije que habría música de este tipo y tendríamos que acordarnos siempre
- Pero habrá mejor música y mejores momentos... espero- dijiste tú y sonreímos.

Tras comer, bajamos por una calle y pasamos cerca de la redacción del periódico en el que trabajaba uno de tus amigos. Al no hallarlo decidiste matar el tiempo antes de tu siguiente plan: llevarme al cine.

Antes disfruté del mejor momento de la tarde, a tu lado solamente, en una banca verde. Formalmente nos presentaste. Allí pasabas algunas tardes, mirando pasar la vida. Ese día un muchacho frente a la ventana arreglaba un foco, dándonos espectáculo a nosotros dos. No llevaba camisa y su cuerpo se perfilaba firme y marcado…

El tiempo paso y no te decidiste a besarme... quizá, un movimiento de mi parte habría bastado... mi cabeza reposaba en tu pecho, pero no... Ninguno de los dos se decidió. Tuve que esperar y te odié un poco por eso.

Caminamos entonces hacia el teatro de la ciudad, para ver una película francesa acerca del Rey Sol. Encontramos una fila muy larga, pero había conocidos en ella.

Al poco rato llegó un amigo tuyo y entonces sí, nos presentaste. Los ojos brillantes de tu amigo y sus labios rojos, me provocaron un estremecimiento. Pero de repente me acordé que ese viaje lo había realizado para verte, así que concentré mi energía mental en dejar los pensamientos lujuriosos a un lado y concentrarme en la película.

Entramos a la función y vimos avances de estrenos futuros, películas que ya no vería. “Insomnia” y “Afganistán”. Quizá fuera mejor no ver morir a nadie. No andaba con ánimo para masacres.

La obra fílmica de aquella noche fue impecable: el vestuario fastuoso y la música estupenda.

Salí sin muchas ganas de nada. Las cosas marchaban lentamente, hacia frío en la noche. Eran ya las 11 y tú ya tenías ansias de buscar algo para humedecer tu garganta. Compraste un mezcal en una tienda cercana y tomamos un taxi con tus amigos. Poco a poco nos fuimos alejando del centro y me dí cuenta de que vivías aún todavía más lejos…

Brillaban las estrellas sobre nuestras cabezas al descender del auto. Las estrechas escaleras a tu hogar me recibieron un tanto hoscas. Pero al llegar, me diste un tour completo por todas las habitaciones: primero las de tus compañeros de casa y finalmente la tuya, con una única cama, alteros de libros y con un espacio entre las sabanas para mi cuerpo.

La velada se prolongó. Eran quizá las 3 cuando todos decidieron que era suficiente mezcal y plática. Había guardado silencio casi toda la noche. Estaba algo contrariada, pero mientras buscaba mi pijama y te acercaste. Miraste por la ventana y encontraste una tarjeta telefónica:
-“Indio es como el viernes, la esperas con ansias” ¿Será cierto?
- No sé... pero en mi parada de autobús hay un anuncio que dice “Indio es como un beso, siempre se antoja”
- Y ¿sí se te antoja?- ¿Te bese? ¿Me besaste? Luego preguntaste – ¿Seguirás buscando la pijama? Sonreí y te seguí hasta la cama.

A media luz las sombras son mis aliadas, sólo mi boca te buscaba. Y tú me encontraste entre la noche. Pasamos el poco tiempo que quedaba abrazados. Al día siguiente, tenías que marcharte (la escuela, la rutina) pero preferiste quedarte a verme desayunar un vaso de leche.

Yo no pude quedarme con la leche en la boca, tenía mucho más que pensar además de comer. Me trajiste la guía de un festival de cortometrajes que habías visto y comentamos varias películas.

Paso el día tan rápido que no me di cuenta de que hora era cuando me dijiste
-¿Bajamos por un café?

Atravesamos calles sin que yo notara por donde íbamos. El centro de la ciudad nos recibió amable, como a dos turistas.

Escogiste la segunda mesa de un café donde conocí a un perro flaco con mucha historia y luego al muchacho que atendía la mesa, que también era tu conocido.

Pedí un americano y tú una cerveza. El café me podía durar horas, pero a las 8 ya estabamos un poco aburridos de darle vueltas a nuestras respectivas bebidas. Sin embargo, el hombre de la mesa de al lado nos dijo:

-¿Ya se van? Esta muy linda la tarde... quédense y les invito la siguiente...

Así lo hizo e incluso llamo al hombre de las canciones para que lo acompañara en su borrachera. Después de un par de corridos, reparo en que a nosotros también nos gustaba la música...

- Pida una señorita - Ante mi indecisión, el músico sugirió “Un motivo” y después, bajo la mirada complacida de nuestro benefactor, tú pediste, “”El Andariego”

La platica se alargo, hasta que empezó a diluviar.

Me quede en el quicio de la puerta, viendo llover en la plaza, mientras platicabas con tu amigo. Al voltear a verte, me llamaste y acudí como corderillo. Eran ya las 10:30 y no paraba la lluvia. Decidiste que era tiempo de irnos.

Me cubriste con tu chamarra y salimos a buscar un taxi en la noche. Finalmente se paro uno. Llegamos a tu casa mojados y te dieron una mala noticia:

- Tus libros se mojaron.- Corriste a ver los montones de libros apilados y solo acertaste a cambiarlos de lugar. Habías dejado la ventana abierta. La noche llegó más pronto ese día y mi cuerpo de nuevo te dio calor y te secó de la lluvia.

Al día siguiente no pudiste aplazar más tus obligaciones. Tenías que ir a la escuela. Yo estaba contenta. Ordené tus libros en lo que no estabas, leí un rato y me encontraste en la mesa, admirada de la lucidez de Oscar Wilde.

Leímos citas un rato, antes de que tanto pensar te dieran ganas de amarme. Desde las sabanas Wilde parecía igual de sabio pero un poco menos importante.
En la noche fuimos a comer Tacos. Pedí dos de bistec.

Al día siguiente fui a conocer tu escuela. En el mismo autobús venía tus amigos, pero yo me quedé como autista, mirando por la ventana. Los días se me iban demasiado rápido.

Al llegar a tu escuela me dejaste en el centro de cómputo, revisando mi correo. Cuando saliste de tu clase, bajamos a la cafetería y me sentí como en casa… Quien sabe, quizá incluso me hubiera podido acostumbrar a esas rutinas.

Regresamos a tu casa y destendimos nuevamente la cama. Estábamos en eso cuando llegaron visitas. Era otro de tus amigos: sus ojos claros y profundos me conquistaron, por eso, cuando brindábamos con un cuarto de tequila tiré mi vaso y tuve que ir a bañarme.

Me puse un vestido, recordando que tenías fiesta por la noche. Una vez que tu amigo se fue fueron llegando otros… parecía una auténtica tertulia. Yo tenía ya sueño y después de cantar unas cuantas canciones y beber media cerveza, me retire a dormir.
Me fuiste a buscar y me llevaste con engaños de nuevo a la fiesta. Fue poco lo que platiqué con tu amigo el periodista, pero bastó para convencerme de se necesita mucho estómago para esa profesión.

Por fin, al verte en la ventana, me acerqué y te pregunté algo ridículo. Tu me contestaste no sé que, pero supe que nuestro momento se acercaba. Desde el otro lado de la mesa, moviste tu cabeza y me lancé en tu búsqueda, en pos de ti y de tus brazos.

A mi lado quedaste rendido hasta el día siguiente. Ya casi se habían ido todos; solo quedaban un par de trasnochados sin ganas de ir a la escuela. A las 12 de la mañana quedó descartada la idea de ir a las clases del viernes.

Tras acabar con las 5 chelas y 2 mezcales, aún quedaban ganas de bailar. Me tuve que administrar y repartir mi tiempo entre tres.

Fue una buena tarde el viernes. El sábado, sin embargo, no estaba tan tranquila, porque una de tus amigas había amenazado con ir a visitarnos. No sé si notaste mi intranquilidad, pero contribuiste a calmarme, cuando bajamos de nuevo (esta vez muy despacio, porque el día de la fiesta, te habías caído) y nos sentamos en una banca a cantar todas las canciones que cruzaron por nuestra mente.

Al medio día ya estaba yo tranquila y de regreso en tu casa, armando un rompecabezas, cuando llegó tu amiga acompañada con refuerzos. Platicaron intrascendencias un buen rato.

Yo decidí irme a dormir temprano, dejándote a solas con ella, comiéndome mi hígado. Me fuiste a buscar y me dijiste

- Espera

Y te esperé bajo las cobijas hasta la 1 de la madrugada.

Era mi última noche contigo. Debíamos aprovecharla y una vez más, mi piel te guardo. Al día siguiente me di un baño antes de empacar todo para finalmente decirte: -Me voy.

Hiciste tú también tu maleta, pero ibas con distinto destino. Un taxi nos llevo y ya en la estación se hicieron necesarios los besos de despedida.

Se acabo así la historia del mejor viaje de mi vida. Un viaje que nunca hice.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Suspiros...

No sabes cuanto me he identificado con este viaje.

Sólo que yo todavía no regreso.

Recordé sensaciones, de esas muy buenas.

mynn r. dijo...

ah espo, esa historia otra vez. parece que vivimos en ciclos. volvimos al 2005??

Indigente Iletrado dijo...

¿Será que todos conocemos esta historia?

¿O se parecen demasiado las nuestras propias de nosotros cada quien y ambos dos en su parte de cada cual como corresponde?

Anel dijo...

Pasan los años y las crónicas de viajes que nunca hacemos, ahí siguen… Mil gracias por la dedicatoria. Me voy de viaje. Abrazos, muchos.

Darina Silverstone dijo...

Saludos lector o lectora anónim@:

No sé como será eso de quedarse en el viaje. Me imagino que es cierto eso de que no debes regresar a los lugares donde fuiste feliz, porque las cosas nunca son iguales.

Espo: La crónica es del 2002... pero si, tienes razón. Es cíclica. Como la lavadora y sus ciclos de lavado. Kind of.

Indy: Si, eso es. Lo dijiste como yo lo pienso.

Anel: Ya sé que ahora tendrás a 12 hombres a tu servicio... casi atentos al chasquido de tu lengua... pero no dejes de recordar.

D.

Anel dijo...

jajaja... Eso de los 12 hombres se puede mal entender, fui a tra-ba-jar. Ya te contaré. Besos.

P.D. ¿Te veo antes del 20?, quiero ser la primera en cantarte las mañanitas, ¿qué tal el próximo fin?

Más besos.

Darina Silverstone dijo...

Anel: Si, el objetivo era que se prestara a todas las divertidas interpretaciones posibles.

El sábado en la noche tengo una de esas comidas familiares. Pero creo que aún no elaboro mi agenda.

Un abrazote.

D.

Natalia dijo...

que memoria!! me encantotototototo el relatotototo, me dieron ganas de escribir, sobre eso de los encuentros! lo hare XD

Darina Silverstone dijo...

Natalia:

Si te dan ganas de escribir creo que hice algo bueno hoy.

D.