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Darina Silverstone: cazadora de nubes

Llegué a Guanajuato con el corazón roto, incrédula, desconfiada, triste.

La ciudad me recibió amorosa, me hizo guiños y me cantó canciones. Me perdí (poquito) de nuevo por sus calles y me dejé curar de espanto; hasta me reconcilié con ella y le dije que era una ciudad bonita. Le di las gracias. Más allá de toda historia pasada.

Tuve enfrentamientos con molinos de viento y disgresiones productos de pláticas noctámbulas, temores, finales. Apagué las luces que dejé encendidas.

Me di de topes con la soledad y con la enfermedad; recordé que hogar es una palabra que se construye, pero también que se inventa; nada es fijo, como tal, todo es cuento nuestro.

Ya estoy de vuelta. Iba a escribir mucho de esa aventura, pero al final no escribí tanto. Me la quedo en la piel y en los huesos; se me fue metiendo en la carne.

Ayer, un paso de terminar la aventura cervantina, acudí con el profeta de las hachas, quien acertado, como siempre, lanzó al centro de mi corazón de resina un poema.

Le pregunté, dudosa como siempre, si debería de confiar en regresar a la senda ya conocida o adentrarme por nuevos caminos.

Sacó un libro rojo de su librero y, a distancia, me tiró una frase de Nicanor Parra.

"Has recorrido toda la comarca 
Desenterrando cántaros de greda 
Y liberando pájaros cautivos 
Entre las ramas."

El poema es una dedicatoria a Violeta Parra, en la que dice que "los grises funcionarios" no pueden apreciar la fuerza creadora de Violeta, que además siempre anda preocupada por los otros.

Fui a Guanajuato a cazar nubes. Descubrí que, más que deshilarlas, me gusta perseguirlas. Escogí varias y ya empecé a seguirlas con los ojos, sobre el cielo azul.

Falta dar los primeros pasos: a ver a dónde me llevan.

D.

Pie pequeño, pie grande

Mi pie es pequeño. Proporcional al resto de mi cuerpo, claro está. Generalmente mi pie en unas botitas o en cualquier artefacto de esos que evitan que uno toque la superficie del suelo (zapatos, les dicen) se ve como una curiosidad...

Pero el lunes di un muy mal paso saliendo del restaurante donde comí y, tras quejarme con mi compañera de trabajo, emprendí la penosa marcha de regreso a la oficina.

El problema no fue allí, sino a eso de las ocho, cuando ya todos se habían ido y descubrí que mi pie era el doble de grande, además de tener un color morado que, en otras circunstancias me habría parecido adorable, pero en esta era muy enfermizo.

No me quedaba mucho tiempo para meditaciones en el umbral, por lo que me lancé a la oscuridad de la noche con el pie palpitando, doliendo, escociendo, punzando y demás verbos que describan lo molesto de una torcedura.

Ya sé que mi desquiciamiento y pesadumbre suena exagerado, pero tenía que recorrer media ciudad (vivo a una hora y media de mi lugar de trabajo).

No me sentía especialmente complaciente como para viajar de pie, así que me dispuse a ganar un sitio a como diera lugar...

Pero finalmente, mi corazón de pollo cedió ante una viejecita mal encarada, así que me fui con mi gran pie a casa, de pie.

La verdad no sé como hice, pero alcancé a llegar a casa antes de las 10. Tras narrar mi odisea (con más detalles que aquí y con la inspiración de tener a mi familia de audiencia, profiriendo los "Oh" y "Ah´s" que venían al caso), mi papá me vendó el pie y me puso una misteriosa pomada verdosa.

Mi pie ya está un poco mejor, pero tras llevar dos días y medio así, sigo preguntándome como le harán las personas que usan muletas, bastones y sillas de ruedas en esta ciudad... Es realmente muy frustrante tener limitaciones motrices. Uno pocas veces piensa en ello, porque corremos, andamos, subimos, bajamos... sin pensar en todos los tendones, ligamentos, huesos, músculos y demás que lo hacen posible.

Curiosamente, de camino a la oficina, el día lunes iba agradeciendo toda la gracia y esplendor que le rodeaba... Quizá fue una lección para apreciar aún más las cosas que me faltó agradecer. Las cosas pequeñas, como gozar de pasos grandes en pies pequeños.

Me quedan un par de pasos pequeños con mi pie grande. Pero voy hacia adelante. Paso a paso.

D.

Consejos para lidiar con la tristeza

La Calle Melancolía, al servicio de la comunidad melancólica del mundo, ofrece esta serie de opciones para combatir la tristeza en grados leves.

La tristeza, nostalgia o melancolía debe ser distinguida de la depresión severa...(si usted necesita algún medicamento, porque ya no consigue pararse de la cama, esto ya no sirve de nada).

Así que si todavía no estás tan clavado, recomiendo:

- Camina. Caminar es un excelente ejercicio, permite que la sangre se oxigene, el aire circule, uno ve muchas cosas mientras camina, los pensamientos fluyen mejor y tienes que parpadear si estás llorando, porque si no pueden atropellarte por caminar con los ojos llenos de lágrimas.

- Pinta o dibuja: la expresión pictórica en general es muy relajante cuando uno está triste. Cualquier técnica que utilices te servirá. Los mejores colores para pintar cuando uno está deprimido son los grises, azules y negros... pero si se te antoja meterle rosas, rojos, amarillos, versosos, es que ya vas camino a la recuperación

- Toca algún instrumento. Cuando yo me deprimo me paso horas tocando el teclado (las escalas y martinillo, que son las únicas que me sé). Tampoco es que aprendas a ser Chopin, sólo que acalles esas voces y risitas crueles. No, tocar la puerta del ex no cuenta.

- Ordena. Ordena, limpia, tira, barre, sacude, clavetea. Todo lo que tenga que ver con crear una atmósfera agradable y transformar tu entorno es bueno. Alguna vez pasé días enteros ordenando la biblioteca de mis padres.

- Crea. Es momento de llevar tus ideas a la realidad. Borda esa carpeta, escribe tu novela, ayuda a armar los dulceros para los quince años de no sé quien. Mientras más ocupadas mantengas tus manos, menos podrás llevartelas a la cabeza.

- Saca a pasear al perro... (Guiño local)

- Toma tu tiempo. Si, a veces no es necesario hacer nada en particular. Muchas veces nuestra familia o amigos insisten en que debemos de dejar de estar tristes. Pero estar triste es algo natural, que ocurre como resultado de una serie de indicadores químicos que cambian en nuestro cuerpo, muchas veces motivados por factores externos... otras veces sin motivo externo aparente.

Así que la mejor manera de dejar de estar triste es seguir viviendo... Porque nada, ni la tristeza, es eterna.

D.

Una de taxistas

El otro día, mientras esperaba al metrobus sobre Insurgentes, pasó un taxi frente a nosotros. La dama que viajaba en él nos echó una mirada como de lástima "pobres, ellos tienen que esperar el metrobus mientras yo viajo cómodamente en mi taxi".

Lo cierto es que a mi no me gustan los taxis. Prefiero por mucho caminar o el transporte público. Los taxis (y los taxistas, en particular) me dan mucho miedo.

Creo que siempre me siento desprotegida en un taxi por esta situación de pérdida de control. Te sientas en la parte de atrás y no sabes cuando te van a bajar, cuanto te van a cobrar, si se detendrá el taxista en alguna zona oscura para subir un comando armado... No sabes nada.

Otra cosa que me molesta de los taxistas es su propensión a contarte historias o hacerte la plática. No es que rechace por completo el contacto humano, pero encuentro tranquilizador ese letrero del metrobus de "No hable con el conductor".

Líos de política, de la farándula, lo terrible que está el calor, el tráfico, la contaminación, el fin del mundo... los taxistas son expertos en temas trillados. Pero es aún peor cuando te cuentan de su vida (es como estar a fuerzas en un blog que no te gusta o escuchar una repetición de "Diario de un taxista" de Arjona).

Me he encontrado con un par de taxistas amables, algunos de ellos en provincia, otros aquí... pero han sido notorias excepciones.

La mayor parte de las veces me toca subirme con choferes que

a) Primero "evalúan" la mercancía, es decir, te semidesnudan con un rápido vistazo

b) Después "ajustan" su taxímetro y cuando te das cuenta, debes $15.00 pesos en la primera cuadra recorrida.

c) Te hacen la platica con cualquier babosada, que generalmente desencadena una risa molesta, como de perro con asma.

d) Cuando por fin te dejan bajar ya debes hasta la risa, te vuelven a "inspeccionar" mientras bajas y ya están pensando en el siguiente prospecto.

Me siento medianamente protegida cuando abordo un taxi acompañada, pero el saber que toma por "atajos" o el sentir que el taxímetro corre y el tráfico no avanza, me pone en un estado mental de alerta: lista para salir corriendo.

Mi abuelita dice que "es más triste andar a pie", pero yo no lo creo... así que están invitados a acompañarme en mi próxima caminata, pero no me disparen el taxi.

D.

La Tere y el Shin: una historia de amor imposible

Yo soy usuaria frecuente del metrobus, pero pocas veces veo las pantallas que tiene la línea 1, que recorre Insurgentes.

Pero el miércoles pasado, como resultado de mi excesivo ocio, me dediqué a ver un cortometraje titulado "La Tere y el Shin", historia de amor en tres actos de unos jovenes cineastas cuyos nombres me encantaría postear aquí, pero como iba en medio del transporte público, me pasaron de noche.

Este cortito cuenta la historia de "La Tere" una güera tepiteña que es amante de las rebajas y las tiendas donde venden todo al mismo precio y las ofertas de dos por uno. La Tere odia las semillas de los limones (aunque ama el jugo de los limones y la comida condimentada), las baratijas chinas y la comida del mismo país.

El Shin, por su parte, tiene una de esas tiendas, odia las semillas de limón y le gustan las películas de Karatekas.

Un día la Tere caen en la tienda de chinerías de "El Shin" (al que llaman así como apodo de "El chino") y surge entre ellos un chispazo de pasión romántica, que nos es ilustrado en todas las cosas que podrían hacer juntos, las cuales se materializan en su mente por una fracción de segundo...

La Tere se imagina en un jacuzzi en Acapulco, siendo masajeada por las manos expertas del Shin...

Y el Shin se ve regalandole chucherías a La Tere, ansioso de complacer sus caprichos por las baratijas de importación...

Pero como el humo del cigarro se disipa, La Tere no sabe bien si las miradas que le dirige el Shin son porque la cachó metiendo gatitos de porcelana de 2 por 10 en su bolsa, así que no decifra el lenguaje secreto del Shin.

Y el Shin, a quien tantas películas de Kung Fu han vuelto retraído, descúbre que la única forma de declararle su amor a la Tere es con una galleta de la fortuna que dice algo tan ambiguo como... "Encontrarás amor en una nueva relación".

Pero como La Tere compra muchas baratijas, la galletita de la suerte se le cae y el mensaje queda pisado en alguna acera de la ciudad.

La Tere y el Shin estarán destinados a seguir su rumbo por la vida, sin volver a encontrarse, sin jacuzzi, sin Acapulquito y sin más.

Veala en su metrobus favorito (De la línea 1, por favor).

... Curioso, al llegar a mi destino, en el metro Revolución, vi a una pareja que me recordaron mucho al Shin y a la Tere.

Él estaba sentado en la banqueta y ella frente a él, en cuclillas, llorando, con el maquillaje corrido. Quien sabe... quizá había encontrado un hueso de limón en sus papitas fritas. No me detuve a preguntar.

D.

Perspectiva

Ayer pasé un largo rato viendo las fotografías del terremoto en Haití.

Siempre que ocurren eventos así, pongo las cosas en perspectiva.

De repente, aquellos problemas que parecían montañas insalvables, se vuelven granos de arena y recuperan su verdadera dimensión.

Me gustó mucho la entrada que puso Marisol al respecto.

Esta semana ocurrieron muchas cosas. Aún debo de sentarme a analizarlas.

Pero es cosa de sacudirse la arena y seguir caminando.

D.

De esos días...

Hoy fue uno de esos días en donde descubres, al final, que debiste quedarte en la cama, viendo las arañas del techo, comiendo palomitas o esperando que no se derrumbara la casa del vecino encima tuyo.

En primer lugar me fui a trabajar, no demasiado convencida, porque el proyecto en el que estamos se retrasó ayer por "problemas técnicos".

Pero al llegar al lugar donde abordo el metrobus, me percaté de que no llevaba conmigo las llaves de la oficina y como nadie trabaja en sábado, no podría ni entrar...

Regresé a casa, pero el pesero que me llevó se desvió y tuve que caminar 3 cuadras.

Como tampoco llevaba las llaves de casa, casi derrumbo la puerta para que me abrieran: los demás dormían el sueño de los justos.

De regreso a la estación del metrobus, el pesero iba lento... tanto que hice el doble del tiempo que acostumbro.

Una vez en el metrobus me tocó uno llenisimo, frente a una niña que parecía haber desayunado un delicioso plato italiano, porque toda ella olía a ajos y cebollas.

Además, en uno de esos momentos raros en que mi atención se centra en algo de manera obsesiva, en el piso del metrobus había lo que parecía la envoltura de un chorizo... un pedazo de piel nauseabunda y rojiza enrollada que me provocaba un asco terrible: de no haber sido porque ya era tardisimo, me hubiera bajado.

Al conseguir asiento, mi suéter se pegó con un chicle naranja, que sospecho fue de mandarina en algún momento.

Al hacer el transbordo de una línea de metrobus a otra, un viejo libidinoso me recorrió entera, en un acto de grotesco morbo que no quiero ya ni rememorar.

Afortunadamente ya no pasó nada en la oficina... hice mis pendientes y a las 3, cuando me dio hambre, le avisé por messenger al dueño de la empresa que me llevaría el equipo a casa. Él propuso que tomara un taxi y hasta me dijo "el lunes te lo reembolso", pero yo insistí en irme en transporte publico...

Y allí tienen que, antes de llegar a la estación donde bajo (tres estaciones antes, para ser más precisa) el servicio del metrobus fue interrumpido por... ¡una manifestación en sábado!

Y como además iba toda paranoica con mi laptop bajo el brazo, no quise tomar un taxi... así que caminé, caminé y caminé, con el hombro levemente entumido, porque esta lap no es precisamente la más ligera del mundo.

Llamé a casa, para que supieran el motivo de mi retraso y me notificaron que mi tia había sufrido una parálisis facial y mi abuelo estaba enfermo, así que cancelaron cualquier visita o salida familiar.

Al llegar a casa y desempacar descubrí que había perdido uno de los aretes nuevos que apenas ayer me regaló mi abuela.

Y cuando terminé de comer y quise seguir adelantando el trabajo en la lap de la oficina, conecté el cable de la maquina y soltó una chispa: se quemó por completo.

Ahora estoy pensando en la posibilidad de meterme en algún tipo de refugio anti bombas, para terminar el día.

D.

Sonámbulos

En los sueños cualquier cosa puede pasar. Pero hay momentos extraños, entre la vigilia y el sueño, en que también ocurren cosas curiosas.

De niña solía caminar por la casa medio dormida y en pijama, con los calcetines puestos, contra el frío. Mis papás dicen que llegué a visitarlos para contarles medias historias, que ellos escuchaban también adormilados.

Dicen que si en tus horas de vigilia te repites "esto es un sueño", puedes llegar a controlarte a ti mismo en los sueños... y entonces decidir si quieres volar, puedes tirarte sin miedo de un precipicio.

No sé si hay muchos sonámbulos que se tiren por la ventana, pensando que sueñan...

Yo recuerdo haber soñado con comer helado y despertar con la boca fría. Me pregunto si también podría soñar que vuelo y despertar en caída libre.

D.

Flores de colores y el Circo Volador

Hoy fui al mercado de Jamaica, que es conocido en la ciudad de México por su extenso surtido de flores y plantas de ornato.

Este mercado tradicional sufrió un incendio, por lo que parte de los locatarios se mudó a otro mercado, que recibió el nombre de "Jamaiquita", pero otros se quedaron y se dieron a la tarea de reconstruirlo.

Aunque voy con cierta frecuencia a "Jamaiquita", porque me queda relativamente cerca de casa, nunca había ido a Jamaica.

Quizá lo primero que me asombró fue que, desde las calles aledañas, comienza uno a percatarse del ambiente de "florería" que se destaca en las tiendas de adornos secos y floreros. En las calles laterales también hay establecimientos en donde pueden tomarse cursos de diseño de centros de mesa y otros arreglos florales.

Una vez dentro del mercado, es abrumadora la cantidad de flores y los colores de las mismas parecen un estallido increíble.

Pesé a que hay rosas de todos los colores por doquier, es notorio el aumento de otras plantas que se han posicionado en los arreglos: gerberas, lilis, azucenas... casi todas acompañadas de ramas de "dolares", varitas con hojas verdes y redondas.

Vi toda clase de jarrones, macetas, bases de hule espuma verde, gel de colores y tallitos de bambú dispuestos a crecer del tamaño suficiente para alimentar a un oso panda. Me metí entre las camionetas con petalos de rosas rojas en la redilas de madera y anduve curioseando entre alcatraces y girasoles...

Lo curioso es que yo no iba a comprar flores.

En realidad entré para buscar un sobre para cartas, porque tenía que hacer una entrega en el Circo Volador, un centro de artes y espectáculos que convocó a un concurso de cuento corto... Así que todavía anduve un rato más entre ese despliegue de colores antes de encontrar un establecimiento donde finalmente me vendieron un sobre.

Al respecto del Circo Volador debo decir que, aunque el exterior está muy descuidado, dentro hay un grupo muy entusiasta de administradores que me atendieron con cordialidad... por si acaso les sirve de algo, les dejo el link de su pagina, por si usted, amable lector, llegó por equivocación aquí y en realidad quería visitarlos a ellos: http://www.circovolador.org/juventud/juventud.html

D.

Caminando al ritmo de Nirvana

Cuando Nirvana estaba de moda yo estaba en otra dimensión y me gustaban otras cosas. De hecho, el día que descubrí esa palabra grabada en una mesa del laboratorio de biología lo asocie enseguida con Buda y no con la banda de rock.

En aquel entonces o había leído Siddharta de Herman Hesse y pensaba que algún día salvaría al mundo con mi amiga Mitzi y mi amiga Lilia, pues entre las tres acabaríamos con el hambre y la injusticia... algo así.

Kurt Cobain no estaban en el horizonte de mi comprensión y no lo estuvo hasta mucho después. Así que admito que descargué "Smells like teen spirit" cuando yo ya no tenía ningún tipo de espíritu adolescente... después de los 20.

De hecho, cuando me enteré de la historia del fallecimiento de Kurt Cobain (como diez años después de que ocurriera) me llamaron mucho la atención los extraños detalles de su muerte, la sospecha que pesó sobre su pareja, Courtney Love...

Pero más allá de la trágica historia, me gusta caminar al ritmo de Nirvana.

No es música que pondría en mi casa para relajación mental... pero es de esa música que va con la selva urbana y que puede usar para ir pateando botes de basura y para ir escuchando mientras te fijas en las manchas de aceite de la acera en donde reparan autos, mientras caminas entre basura de condones (en serio... ¡es muy frecuente que me encuentre condones usados o empaques de ellos tirados en la banqueta por donde camino a diario! es algo muy raro)

Soy muy feliz cuando escucho miro el tráfico bajo mis pies en el puente y escucho Lithium, Rape me, All Apollogies o The man who sold the world...

Es curioso como algunos grupos te traen recuerdos de una época y otros constituyen un sentimiento en sí mismos.

D.

Senderos

Me gusta el reino de las ideas, me siento cómoda en él, puedo brincar de una a otra y puede parecer errático mi comportamiento.

A veces lo es, de hecho...

A veces quisiera que mis ideas pudieran llegar a otros como yo llego a ellas, pero sé que el pensamiento humano tiene muchos caminos y se bifurca en senderos que no siempre llegan al mismo lado.

Y cuando coincido, en los senderos de la vida, no dejo de asombrarme de encontrar a alguien frente a mí, mirandome con certeza.

Perdón por desviarme del camino y por lanzar guijarros al agua que sólo crean ondas que enturbian la paz del estanque. Quisiera que mis palabras fueran flechas que no se desvían, trazos seguros y firmes, carreteras que llevan a puertos seguros.

Muchas veces me pierdo. Y es cuando me siento perdida, lejana, distante.

Y siento que mi voz se disuelve.

Es cuando tengo que disculparme, por no decir, por no cumplir, por no alcanzar la meta de tu entendimiento, por perderme en el laberinto de letras, de palabras, de frases incompletas que querían decirte cosas que mi boca no alcanza.

Quisiera decir muchas cosas y luego lanzo sólo un suspiro y me siento abochornada y triste, melancólica o distraída y quiero irme o correr o dormir mucho tiempo, hasta que las letras sobre el agua se aclaren y me digan a donde ir.

D.

Fernando Vallejo y mi tarde en el centro histórico

"Si de las comunas la que más me gusta es la nororiental, de los presidentes de Colombia el que prefiero es Barco. Por sobre el terror unánime, cuando plumas y lenguas callaban y culos temblaban, le declaró la guerra al narcotráfico. (Él la declaró aunque la perdimos nosotros, pero bueno).

Por su lucidez, por su memoria, por su inteligencia y valor, vaya aquí este recuerdo. Pensando que todavía era ministro del presidente Valencia, que gobernó veintiantos años atrás, le expresaba lo siguiente al doctor Montoya, su secretario: ´Voy a aconsejar al presidente, en el próximo Consejo de Ministros, que le declare la guerra al narcotráfico´. Y el doctor Montoya, su memoria y conciencia, le corregía: ´El presidente es usted, doctor Barco, no hay otro´. ´Ah´ decía él, pensativo. ´Entonces vamos a declararsela´. ´Ya se la declaramos, presidente´. ´Entonces vamos a ganarla´. ´Ya la perdimos, presidente-le explicaba el otro- este país se jodió, se nos fue de las manos´. ´Ah´. Y eso era todo lo que decía. Después tornaba a su obnubilación, a las brumas de su desmemoria..."

Fernando Vallejo. La Virgen de los Sicaros
(Fragmento, donde Fernando habla de Virgilio Barco, presidente número 52 de Colombia, que murió el 20 de mayo de 1997, víctima de cáncer y del mal de la desmemoria, Alzhimer)
Ayer, por razones que no vienen al cuento, me ví obligada a ir al centro histórico de la ciudad de México. Ustedes no están para saberlo, pero de niña me daba terror ir al centro, casi me paralizaba de saber que tendríamos que pasar por allá, casi siempre prefería la opción "B" si me daban a elegir entre "A: ir al centro" o "B: planchar las camisas de la escuela... recoger la ropa... buscar tornillos en la caja de herramientas de papá".
Cualquier cosa menos la gente, menos el ruido, menos las calles desconocidas llenas de oscuridad, las vecindades misteriosas, el sonido de las imprentas, los vendedores en las calles...
Sin embargo ayer tomé por el eje Central, Lázaro Cardenas, e iba disfrutando de la sombrita, de los semáforos, de los ofrecimientos indecorosos (si, ya se sabe que se puede encontrar de todo en esas calles del señor).
Luego giré en Madero y caminé todavía por 16 de Septiembre, entre calles cerradas, como Gante y Motolinía... cafés, galerías, librerías, tiendas de decoración, joyerías, relojerías, opticas... Incluso probé algunos adelantos de la moda primavera verano.
Llegué al centro al filo de las seis, donde ya los soldados habían delimitado el perimetro para recoger la bandera. Enfrente de mí había una familia, donde los niños inquirían a su madre sobre la ceremonia. "¿Y quien va a recoger la bandera?, ¿Y que les pasa si se les cae?, ¿Y por qué no
debe tocar el suelo?, ¿Y cuantos días los arrestan si se empolva?"
El redoble de trompetas y el paso marcial de los soldados me pusieron a recordar aquellos tiempos de la escuela primaria... Hacía mucho que no asistía a una ceremonia civica. Mi brazo hizo el saludo, y esperé en mi lugar, hasta que los soldados retornaron al palacio Nacional.
Luego caminé por la calle de Moneda, hasta Academia y recordé aquella tarde en que descubrí el Río de la Plata, donde pasé una tarde lluviosa del mes de mayo comiendo palomitas.
Intenté reproducir el camino andado y pasé por otras cantinas famosas... El salón Madrid, por ejemplo, en la Plaza de Santo Domingo, famosa por las tertulias de estudiantes y profesores de medicina...
Algunas calles me provocaban miedo, de nuevo, un escozor de desconocimiento que ponía mis sentidos alerta.

Llegué al metro Allende y estuve en la disyuntiva: podía regresar a casa o podría seguir caminando a mis viejos rumbos, cerca de la esquina de la Información.
Salí a Bellas Artes, como quien avanza por un tunel de la oscuridad a la luz, quedé deslumbrada por el marmol, me hundí en las aguas verdosas de la Alameda, llena de turistas coreanos. Unos estudiantes próximos a graduarse utilizaban el hemiciclo a Juárez como escenografía de su foto de generación. Yo seguí caminando hasta cruzar la calle de Balderas y me sumergí en un café de la calle de Humboldt.
Allí esperé.
No sabía bien a bien que esperaba, porque a veces las esperas son para recordar. Recordé mi miedo y recordé el redoble de tambores. Recordé los relatos de mi abuelo sobre como los estudiantes de la UNAM se cambiaron del centro a Ciudad Universitaria. Recordé Aura y la primera vecindad que conocí por dentro.
Recordé mi primer viaje a la plaza de la computación y aquel delirio de equipos y luces de colores...
Recordé la bandera ondeando en el aire de primavera.
Intenté recordar, para no perderme en la bruma de la memoria y abrí mi libro de Fernando Vallejo, quien cambió el lugar de su residencia a México, no sé si por desmemoriado o por memorioso... O quizá porque aquí se siente como en casa.
D.

Felicidades y caminos

Andé muchos caminos...
unos con senderos despejados;
otros con tierra, musgo, barro.

Anduve por las veredas de la mar,
entre la sal y los cactús.

Anduve en las veredas de los trenes:
ríos de hierro corrieron en mi boca,
antes de poderle decir a esta tierra mía.

Anduve en matorrales, en selvas vírgenes
y toqué la arena nueva, recién nacida del silicio y la arenisca.

Fui la descubridora de esos páramos cálizos...
de piedra dura donde el tepetate era el rey.

¿Qué buscaba?

Buscaba esa perla extraña, esa pepita exótica...
Felicidad, le llaman.

Escalé el risco del mañana, cada día, añorante,
en el firmamento cada sol me prometía la sonrisa...

siempre la sonrisa quedaba pendiente, en la siguiente cordillera,
tras el siguiente páramo, en la próxima estrella.

Ahora que volteo, veo que la felicidad fue cada paso,
que la felicidad fue todo sitio conocido,
cada hoja del árbol que pisaron mis pies y me cantaron sus trinos.

Ahora veo, quizá algo tarde... el camino andado por mis pies.

Y encuentro que a mi alrededor había muchas sonrisas...
y miradas de simpatía para mi busqueda;
abrazos...
señales sinceras, que me indicaban pozos de agua,
chimeneas tibias,
vasos de barro,
manos agrietadas por el trabajo.

Voces que murmuraron canciones de amor o de cuna, en mi sueño,
cuando mis pies andaban ligeros, entre las brumas de la noche,
sin descansar siquiera dormida...
cuando perseguía la felicidad
por tantos caminos.

Andé muchos caminos.
Puse mi huella en el corazón de los hombres.
Ahora volteo y miro la felicidad en mi propio rostro
y sé que es un sendero que he recorrido.

D.

Fumigar

Estan fumigando la oficina. No sé si exista alguna regla sobre la fumigación en viernes, pero ya terminé lo que tenía pendiente, así que si por mi fuera, ya estaría viendo el atardecer desde la comodidad de alguna terraza... como la del Majestic, por ejemplo, tomando chocolate de quince pesos con una vista inmejorable...

Pero no, estoy acá, escribiendoles esta entrada, sobre la percepción laboral originada de que mi tercer cheque será expedido hasta la próxima semana...

También considero las inquietudes que me provoca este escozor que sube por mi garganta, una especie de nausea dolorosamente presente, cada vez que resoplo una bocanada más de aire, mientras intento mantenerme conciente, mientras trato de seguir hilando palabras, mientras jalo aire... halo... sorbo, aspiro, como si en respirar se me fuera el alma, como si el aire que me rodeara no contuviera veneno...

Si, quizá intentan desmoralizarme, pero me resisto a ello, dice uno de mis compañeros que debo de ser extraterrestre... lo cierto es que ya no salto de felicidad cuando llega alguien a entrevista:

- ¡Antes aplaudías, Mayra!

Ja.

Bueno, ya no aplaudo. Ahora me limito a caminar, como cuando caminas por la cuerda floja, hasta llegar a la siguiente quincena o hasta la otra orilla...

¿Dónde estará la otra orilla?

D.

De piezas y caminos

- ¿Qué camino debo tomar?
- ¿A dónde quieres llegar?
- No lo sé.
- Entonces cualquier camino te sirve.
Alicia en el país de las Maravillas...


Creo que es la historia de mi vida. Como no sé a donde quiero llegar, he tomado todos los caminos, que es igual a no tomar ningun camino... pero no, tampoco es igual, después de todo me he movido... tampoco me muevo tan libremente como la reina del ajedrez... En ese sentido, creo que me muevo como una pieza de las damas...
La vez pasada que jugué damas con mi papá, me dijo que me podía comer "Por boba", es decir, por no moverme rápidamente para evitar una jugada que me iba a ser desfavorable. Yo quería mover una pieza más segura, en otro extremo del tablero, donde no estaba a punto de ser engullida...
Finalmente me enojé con él y ya no quise jugar, porque nunca me había explicado esa regla en mis 24 años de vida y ahora resulta que hasta no moverse tiene sus consencuencias... ¡Habrase visto!
Bueno, me comieron por boba. Yo no quería moverme, está visto, pero eso era porque pensaba que una luz divina bajaría a mostrarme que camino seguir, mi destino final, mi hilo conductor en la vida, mi karma absoluto, definitivo, inamovible...
También recuerdo que la oruga del país de las maravillas tenía un hongo mágico con el cual podías comer... Ah, pero ese era para hacerte grande, no para indicar el camino...
Jo, jo.
D.

Darina en el país de las maravillas

Desde la primera y lejana vez que entré a Internet hace ya un par de años, pensaba yo...
- ¡Ay, ojalá no me vuelva adicta a esto!- Porque en mi naturaleza obsesiva sabía yo que los placeres de la vida me ponen en un estado vulnerable.
Es tan fácil dejar correr el tiempo por el agujero de conejo...
Desde que me empecé a deslizar en esa maraña de relojes viajeros, entre flores de colores de matices seductores, entre poderosas reinas con centros mágicos (por alguna extraña razón, siempre me encuentro con esas mujeres que dominan todo con alzar la ceja; mujeres que me fascinan y aterran a un tiempo)
También he conocido las diversas galaxias y mundos que otras personas tienen preparadas para mí... mundos llenos de mariposas que salen de hojas azules, de dragones y tigres de Bengala (Tigger, Tigger, burning bright...), reinos poblados de coléopteros y lepidopteros...
La primera vez que conocí a alguien con quien había hablado por Internet fue en el metro Centro Médico, donde antes estaba una conocida tienda de Bisquets.
Allí me esperaba, sentado en las escaleras... No recuerdo su nombre. Recuerdo que era amable y me invitó a tomar un café en un sitio cercano. Yo temía que me descuartizara o algo así... pero terminamos hablando de juegos de video y de Ricky Martin. Creo yo...
Nunca he vuelto a encontrar ese sitio a donde me llevó a tomar Café. Tengo la idea de que era en las cercanías del Parque Antonio M. Anza.
Eso fue... hace un par de años.
He conocido chicas que arrojan fuego por la boca y otras que se pierden en sombras de la china. He salido a pasear de noche con psicólogos que analizan la curvatura de la luna.
He escuchado grillos a la sombra de árboles altos y me he citado en muchas librerías, con gente que termina contandome cuentos inéditos, que aún no me animo a escribir.
A veces también me vuelvo el personaje de esas historias... Como en la historia del hombre que decidió hacerme su cenicienta de porcelana.
Una muchacha que trabajaba en una línea de cosméticos me regaló medio litro de perfume el día en que nos conocimos... Con otra conservo una relación a base de música y libros. Y con otra tengo un periquito azul, que ya casi está purpureo, de tanto tiempo que llevamos sin arroparlo...
He caminado por muchas calles acompañada de personajes que me han hecho descubrir mi ciudad y he notado que a su lado el mundo está lleno de maravillas.
Ayer me quedé pensando en todo esto... Porque cuando algo hermoso e irremplazable desaparece tenemos la sensación de despertar de un sueño.
D.

La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque. Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vit...