El otro día, a punto de dar un mal paso, nuevamente, recordé que ya pasaron más de cinco meses desde que di ese mal paso que me hizo cojear cuando menos un mes.
Recordé que hay que ser cuidadosa...
Pues a cualquier golpe de viento, las viejas heridas duelen de nuevo y las desgarraduras se refrescan en la noche.
Puedo acariciar el espacio en donde estaba la herida y lamer el hueco que dejó tu ausencia.
El frío nos recuerda viejas heridas, viejos dolores, viejas partidas y al general Invierno.
D.
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Pie pequeño, pie grande
Mi pie es pequeño. Proporcional al resto de mi cuerpo, claro está. Generalmente mi pie en unas botitas o en cualquier artefacto de esos que evitan que uno toque la superficie del suelo (zapatos, les dicen) se ve como una curiosidad...
Pero el lunes di un muy mal paso saliendo del restaurante donde comí y, tras quejarme con mi compañera de trabajo, emprendí la penosa marcha de regreso a la oficina.
El problema no fue allí, sino a eso de las ocho, cuando ya todos se habían ido y descubrí que mi pie era el doble de grande, además de tener un color morado que, en otras circunstancias me habría parecido adorable, pero en esta era muy enfermizo.
No me quedaba mucho tiempo para meditaciones en el umbral, por lo que me lancé a la oscuridad de la noche con el pie palpitando, doliendo, escociendo, punzando y demás verbos que describan lo molesto de una torcedura.
Ya sé que mi desquiciamiento y pesadumbre suena exagerado, pero tenía que recorrer media ciudad (vivo a una hora y media de mi lugar de trabajo).
No me sentía especialmente complaciente como para viajar de pie, así que me dispuse a ganar un sitio a como diera lugar...
Pero finalmente, mi corazón de pollo cedió ante una viejecita mal encarada, así que me fui con mi gran pie a casa, de pie.
La verdad no sé como hice, pero alcancé a llegar a casa antes de las 10. Tras narrar mi odisea (con más detalles que aquí y con la inspiración de tener a mi familia de audiencia, profiriendo los "Oh" y "Ah´s" que venían al caso), mi papá me vendó el pie y me puso una misteriosa pomada verdosa.
Mi pie ya está un poco mejor, pero tras llevar dos días y medio así, sigo preguntándome como le harán las personas que usan muletas, bastones y sillas de ruedas en esta ciudad... Es realmente muy frustrante tener limitaciones motrices. Uno pocas veces piensa en ello, porque corremos, andamos, subimos, bajamos... sin pensar en todos los tendones, ligamentos, huesos, músculos y demás que lo hacen posible.
Curiosamente, de camino a la oficina, el día lunes iba agradeciendo toda la gracia y esplendor que le rodeaba... Quizá fue una lección para apreciar aún más las cosas que me faltó agradecer. Las cosas pequeñas, como gozar de pasos grandes en pies pequeños.
Me quedan un par de pasos pequeños con mi pie grande. Pero voy hacia adelante. Paso a paso.
D.
Pero el lunes di un muy mal paso saliendo del restaurante donde comí y, tras quejarme con mi compañera de trabajo, emprendí la penosa marcha de regreso a la oficina.
El problema no fue allí, sino a eso de las ocho, cuando ya todos se habían ido y descubrí que mi pie era el doble de grande, además de tener un color morado que, en otras circunstancias me habría parecido adorable, pero en esta era muy enfermizo.
No me quedaba mucho tiempo para meditaciones en el umbral, por lo que me lancé a la oscuridad de la noche con el pie palpitando, doliendo, escociendo, punzando y demás verbos que describan lo molesto de una torcedura.
Ya sé que mi desquiciamiento y pesadumbre suena exagerado, pero tenía que recorrer media ciudad (vivo a una hora y media de mi lugar de trabajo).
No me sentía especialmente complaciente como para viajar de pie, así que me dispuse a ganar un sitio a como diera lugar...
Pero finalmente, mi corazón de pollo cedió ante una viejecita mal encarada, así que me fui con mi gran pie a casa, de pie.
La verdad no sé como hice, pero alcancé a llegar a casa antes de las 10. Tras narrar mi odisea (con más detalles que aquí y con la inspiración de tener a mi familia de audiencia, profiriendo los "Oh" y "Ah´s" que venían al caso), mi papá me vendó el pie y me puso una misteriosa pomada verdosa.
Mi pie ya está un poco mejor, pero tras llevar dos días y medio así, sigo preguntándome como le harán las personas que usan muletas, bastones y sillas de ruedas en esta ciudad... Es realmente muy frustrante tener limitaciones motrices. Uno pocas veces piensa en ello, porque corremos, andamos, subimos, bajamos... sin pensar en todos los tendones, ligamentos, huesos, músculos y demás que lo hacen posible.
Curiosamente, de camino a la oficina, el día lunes iba agradeciendo toda la gracia y esplendor que le rodeaba... Quizá fue una lección para apreciar aún más las cosas que me faltó agradecer. Las cosas pequeñas, como gozar de pasos grandes en pies pequeños.
Me quedan un par de pasos pequeños con mi pie grande. Pero voy hacia adelante. Paso a paso.
D.
Vicisitudes de la flor de trigo
La flor de trigo nació esta mañana frente a la iglesia de Juchitepec, Estado de México.
Floreció por el arte de una mano que la formó en colores magenta y naranja, con petalos verde esmeralda...
Sin embargo, nació para ser pisada por los hombres que cargaban al la imagen del Señor de las Agonías, que festeja su fiesta el 25 de Abril de cada año.
Los primeros en poner en riesgo su vida fueron los pies de docenas de niños que salían con sus velitas en las manos, llenos de esperanza y sonrisas acaloradas tras haber rechazado a satán y recibir a Jesucristo en sus manos y sus corazones, una vez que hicieron su primera comunión.
Cientos de familiares, amigos y curiosos los seguían de cerca, cuidando también el no pisar la flor de trigo, que se abría paso en el pueblo por las principales calles en las que pasaría la peregrinación..
Sin embargo un perro callejero se les adelantó a los fieles y cruzó la calzada principal de la iglesia, ante el desconcierto de los organizadores.
El tapete tuvo más dificultades en cruzar la plaza, que estaba llena de vendedores de tlacoyos, tacos de cecina, quezadillas, burbujas, nieves de colores...
En la plaza se alzaban imponentes los castillos destinados a ser quemados por la noche y el tapete de trigo de colores se extendió poco a poco, surgiendo de las manos expertas de los encargados de cada barrio, que iban colocando por tramos el decorado, para que todos colaboraran con un poco...
En una esquina se cruzaron con el séquito de una difunta, que se murió un día antes del día principal de fiesta en el pueblo.
Las coronas de flores contrastaban con la sencillez de aquella flor festiva de trigo. La gente de negro caminaba silenciosa y parecían tener un traje impermeable al ruido de los cohétes y las bandas que se difuminaban como nubes esparcidas en el cielo.
No se sabe si por el funeral o por simple deseo del Cristo, que no deseaba salir a pasear ese día, pronto la tarde que era rubia y soleada por la mañana se tornó gris y huraña. La lluvia pertinaz coincidió con la salida del Señor de las Agonías, quien parecía derramar lágrimas de verdad detrás de su cristal.
La flor de trigo palideció ante la expectativa de no ver cumplido su cometido... pero afortunadamente dejó de llover y un pie se posó sobre la flor de trigo, quien murió al paso de cientos de pisadas anónimas de mujeres calladas y hombres con sombrero.
D.
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