El miércoles perdí mis audífonos. Eso es bastante triste porque les tenía estima y porque me habían acompañado a muchos sitios...
Pero lo peor es que tenía un día largo por delante, así que tuve que dedicar mis trayectos a escuchar.
Y como sucede cuando dedico mis días a escuchar: encontré una historia.
Iba yo en el asiento individual de un vagón mixto, en el asiento lateral un gran chico, de 1.80 de estatura, trataba de acomodar sus rodillas en un espacio reducido.
De repente lo vi hacer un gesto inesperado. Pensé que estaba por ponerse de pien, pero no: había notado la presencia de un conocido que abordó en una estación intermedia.
Esta fue su platica.
- ¡Oye, que gusto verte! ¿Cómo te va en la Escuena Nacional de Educación Física?
- Ya me salí de allí.
- Ah, orale, ¿no te gustó o qué?
- No, es que estoy haciendo mis pruebas para entrar a la Federación Mexicana de Futbol.
- ¡Wow! Que genial, oye, pero eso debe de ser muy difícil.
- Sí, pero te abre muchas puertas, puedes entrenar en escuelas y hacer muchas otras cosas. Además te pagan bastante bien. Has de cuenta que ahorita si tengo días muy pesados, en los que doy hasta tres entrenamientos, pero ya que estás certificado, pues te pagan por entrenar y hacer lo que te gusta.
- Que bueno que encontraste el modo de seguir haciendo lo que te gusta.
- Sí, es que ya ves que el futbol profesional es muy difícil, tienes que conocer a alguien...
- Sí... o pasan cosas. Bueno, yo tenía un primo que ya estaba en primera división y lo contactaron para firmar con un equipo grande. Ya tenía todo listo y se fue a jugar una cascarita antes de firmar su contrato... y tuvo una lesión que le rompió el fémur.
- ¡Y el fémur es el hueso más resistente del cuerpo humano!
- Pues el doctor le dijo que su carrera profesional se acabó. Y luego, ya con algunas copas, mi primo me dice que no entiende por qué pasó eso. Le digo que no le tocaba. Por algo pasan las cosas...
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Atarte para siempre
Cuando veía simulaciones de bondage con suaves listones de colores o con sogas elegantes pensaba en la dulce sumisión que vendría acompañada de ese sentimiento de estar a tu merced.
Luego, cuando tu mano cubrió mi boca y ahogó mis gritos hasta dejarme inconsciente, el juego dejó de ser divertido y se convirtió en una tortura.
Mis brazos nunca han sido tan débiles como aquel día, en que con una palanca dejaste mis muñecas a tu arbitrio y te apoderaste del control de la situación.
Quería morderte los labios en ese beso que me robaste, rápido y malvado, mientras me dirigías una mirada entre irónica y victoriosa, como si yo siempre hubiera dudado de tu capacidad de atarme para siempre a tu cama.
¿Qué puedo decir del silencio profundo que se apoderó de nosotros, denso, profundo, cómo un velo?
Debía ser que ya no había nada más que decirnos y la madrugada me encontró atada de pies y manos al olvido, a la madrugada, al adiós-para-siempre.
D.
Luego, cuando tu mano cubrió mi boca y ahogó mis gritos hasta dejarme inconsciente, el juego dejó de ser divertido y se convirtió en una tortura.
Mis brazos nunca han sido tan débiles como aquel día, en que con una palanca dejaste mis muñecas a tu arbitrio y te apoderaste del control de la situación.
Quería morderte los labios en ese beso que me robaste, rápido y malvado, mientras me dirigías una mirada entre irónica y victoriosa, como si yo siempre hubiera dudado de tu capacidad de atarme para siempre a tu cama.
¿Qué puedo decir del silencio profundo que se apoderó de nosotros, denso, profundo, cómo un velo?
Debía ser que ya no había nada más que decirnos y la madrugada me encontró atada de pies y manos al olvido, a la madrugada, al adiós-para-siempre.
D.
Inocente palomita
Debajo de la ropa llevaba el negligé blanco con el encaje que subía hasta justo arriba del hueso de la cadera. Su complemento, un finisimo cuadrado de tela transparente, apenas se fijaba a la piel con dos elásticos que se curvaban de manera sugerente por encima de las nalgas.
Arriba de esto había unos pantalones de mezclilla, tan normales, que nadie pensaría que ocultaban un negligué.
Y todo eso fue planeado para el amable lector de este blog, que pasó de escribirme a enviarme mensajes cortos al celular y luego, a llamarme a altas horas de la noche...
No supe cuando, cómo o por qué, pero pronto le estaba yo contando mis penas más grandes, mis decepciones y mis anhelos. Esos sueños que suele uno guardar como confesiones para el lecho de muerte o como papeles de colores en un baúl, junto a la naftalina...
Las palabras se volvieron caricias y las caricias besos...Y los besos se transportaron por todas las vías que hubo: por el teléfono, por el celular, por correos largos, largos...
En poemas en el blog que no llevaban su nombre.
La web cam nos superó y era necesario vernos, pero ¿cómo, cuándo, dónde?
Y quedamos de vernos hoy, 28 de diciembre.
"Llevaré pantalones de mezclilla y una chamarra café, de gamuza"- le dije, previendo el frío del invierno de la capital.
No le dije nada del negligué, pero mientras me arreglaba, pensaba en las entradas suspiradas en su honor, en las veces en que me llevé el dedo a la boca, como queriendo contener los besos que le debía, en la manera en que deseaba, más que nada, sentirlo bajo mi piel.
Al mirarme al espejo, traté de reconocer esa que él había visto, esa a quien quería ver. Esa chica frágil y deliciosa a un tiempo, que le llamaba por teléfono y endulzaba su noches con tibieza.
En cambio me vi a mi misma, tan imperfecta y dispar como siempre. La cicatriz donde mismo, el lunar asimétrico, la risa nerviosa y el silencio que me gana: pues no todo mi universo está hecho de letras, también hay infinitos abismos de melancolía oscura y pastosa en donde yo no ahondo.
Me quité los zapatos y me metí vestida a la cama... Decidí no ir a la cita. Quizá él pensaría que todo fue una broma del 28 de diciembre y me perdonara un día.
Un día.
Cualquier día.
D.
P. D. No se dejen engañar.
Arriba de esto había unos pantalones de mezclilla, tan normales, que nadie pensaría que ocultaban un negligué.
Y todo eso fue planeado para el amable lector de este blog, que pasó de escribirme a enviarme mensajes cortos al celular y luego, a llamarme a altas horas de la noche...
No supe cuando, cómo o por qué, pero pronto le estaba yo contando mis penas más grandes, mis decepciones y mis anhelos. Esos sueños que suele uno guardar como confesiones para el lecho de muerte o como papeles de colores en un baúl, junto a la naftalina...
Las palabras se volvieron caricias y las caricias besos...Y los besos se transportaron por todas las vías que hubo: por el teléfono, por el celular, por correos largos, largos...
En poemas en el blog que no llevaban su nombre.
La web cam nos superó y era necesario vernos, pero ¿cómo, cuándo, dónde?
Y quedamos de vernos hoy, 28 de diciembre.
"Llevaré pantalones de mezclilla y una chamarra café, de gamuza"- le dije, previendo el frío del invierno de la capital.
No le dije nada del negligué, pero mientras me arreglaba, pensaba en las entradas suspiradas en su honor, en las veces en que me llevé el dedo a la boca, como queriendo contener los besos que le debía, en la manera en que deseaba, más que nada, sentirlo bajo mi piel.
Al mirarme al espejo, traté de reconocer esa que él había visto, esa a quien quería ver. Esa chica frágil y deliciosa a un tiempo, que le llamaba por teléfono y endulzaba su noches con tibieza.
En cambio me vi a mi misma, tan imperfecta y dispar como siempre. La cicatriz donde mismo, el lunar asimétrico, la risa nerviosa y el silencio que me gana: pues no todo mi universo está hecho de letras, también hay infinitos abismos de melancolía oscura y pastosa en donde yo no ahondo.
Me quité los zapatos y me metí vestida a la cama... Decidí no ir a la cita. Quizá él pensaría que todo fue una broma del 28 de diciembre y me perdonara un día.
Un día.
Cualquier día.
D.
P. D. No se dejen engañar.
La Tacha de Huerta
Con Cariño
para Jacinta Melquíades
La tacha era redonda y amarilla. Efraín nunca supo como había llegado a sus manos. ¿El amigo de un amigo? ¿El primo de un vecino? ¿La mesera buena onda?
La tacha era tentadora y todos a los que les preguntó, le explicaron: “esa cosa te hace sentir feliz, te sentirás a toda madre, al rato vas a andar besuqueando a quien se deje”.
Salió del Rave que se había organizado en Ecatepec, hasta casa de la chingada, con mucho frío. Ya le habían advertido que estaba en un lote baldío, donde a lo mucho había dos o tres familias, pegadas a un cerro donde tardaban años en pasar los peseros, aún de día.
Se fue caminando por el bordo de la banqueta, sin mucha esperanza de que pasara un taxi, ni tampoco suficiente dinero para pagarle…
Esta hasta la madre, pero no tan mal, después de todo cuando de verdad estás hasta la madre ni sientes ni frío… pero allí si se sentía un frío de la chingada. Eso quería decir que no estaba tan mal, ¿no?
Además distinguía perfecto las luces del tren que corría paralelo a la calle, el pitido distintivo de esos vagones de carga, como los que pintan en las películas…
La tacha seguía en su bolsillo y se le antojaba probarla, pero ya no había nadie a quien expresarle su felicidad. ¿Y así para qué?
De todas formas era un cobarde. Lo sabía y se sentía morir. Debió de meterse la tacha cuando Areli lo estaba viendo, así al menos sabría que tenía huevos, pero de camino a casa, sólo tenía conciencia de que su tía lo iba a poner finto si no llegaba a casa… Igual y se tenía que colar por la ventana.
Desde la muerta de su padre, Antonio Huerta, Efraín vagaba por el mundo, haciéndola de pintor o de yesero, según iba saliendo. También le sabía un poco a la hojalatería. Sacaba golpes y jugaba baraja. No más para ir tirando. A veces sacaba más dinero de jugar a la baraja que de las chambas. Así de mal estaban las cosas.
Lo suyo, lo suyo, era la música… pero para una consola aún no juntaba. Y eso de ser DJ era un sueño tan lejano, que a veces sentía que se le iba completamente de las manos.
El primo de Areli lo había invitado al Rave. Y bien mirado, igual y fue él quien le puso la tacha en la mesa. La verdad no se acordaba…
En la fiesta, mientras Efraín bailaba, sus pensamientos iban y venían, pero ninguno permanecía… Por eso le gustaba ir a los Raves, tenía la mente ocupada y la esperanza de que todas las preocupaciones se fueran en un último brinco, en una última bocanada de aire, mientras todos se fundían en ese baile demencial.
Pero ya solo, con estremecimientos que no sabía si atribuir al mezcal o al frío, la imagen de Areli besándose con otro, sólo le recordaban las ganas que tenía de tirarse a las vías del tren. De todas formas no perdía nada.
Sus amigos, el Tuercas y el Cocodrilo, se habían ofrecido a acompañarlo, pero habían ligado a unas morritas de por el rumbo, así que él les dijo que no, muy digno, les explicó que iba a llamar al Fercho para que le diera un raid a casa y ellos le creyeron.
Aunque igual, seguro el Fercho andaba en otra peda. Seguro podía pedirle el favor. Pero esta vez sólo quería caminar, a ver que tan lejos llegaba…
A ver que tan lejos llegaba… A veces su tía le decía que nunca iría a ninguna parte, que eso de la música era una pérdida de tiempo. Sobre todo cuando practicaba con su guitarra hasta las tres o cuatro de la mañana, empeñado en sacar cada vez acordes más difíciles y requintos más inusitados. Algún día tendría una banda. O sería productor. Haría las remezclas más chingonas. Todos querrían estar con él. Todos. Y las viejas. Es más, hasta Areli. Todas, todas….
La tacha seguía en la bolsa delantera de su camisa a cuadros y el frío lo invitaba a ponerse un pasón, a ser una mejor y más feliz persona, pero él quería fundirse en esa tristeza de las fábricas que nunca paraban su llanto que lloraba niebla. A veces le gustaba fundirse también en la tristeza, ese manto que no terminaba nunca, nunca y se extendía por toda la ciudad.
Al llegar la avenida, vio que la luz del amanecer ya se iba asomando por el cerro del oriente. Tomó la tacha en la mano y aplastó con el pie, hasta que sus dulces promesas de felicidad instantánea se desvanecieron: su amor no tenía salvación, ni muerte, ni siquiera agonía.
Se fue caminando por la Avenida , seguro de que alguien, en algún lugar, también caminaba hacia él.
D.
Rituales
F. acudió al cine. Sabía que la cartelera no lo decepcionaría...
Quizá la vida lo decepcionara un poco.
La vida, de hecho, le había preparado muchas decepciones.
Pero la cartelera lo esperaba fielmente.
Iba al cine de la zona universitaria, donde incluso le hacían un descuento a los estudiantes que presentaban su credencial. Era un poco curioso verse siempre rodeado de muchachos rastafaris y chicas con aretes en los ombligos.
Pero ese cine le gustaba. Estaba en las cercanías de un barrio antiguo, de calles empedradas. La zona era uno de esos pueblos que habían sido devorados por la ciudad, por alguna extraña razón, en la esquina de la calle había incluso un pequeño cementerio.
El cine siempre presentaba películas de arte, de festivales internacionales... A veces daban cintas más comerciales, para crear un correcto equilibrio para mantener los jardines.
A F. le gustaba aquel cine, aunque le traía demasiados recuerdos.
F. solía ir al cine con C.
Siempre que tenían tiempo antes de la función tomaban un café.
A veces C. lo invitaba a visitar el cementerio. Solían pasear por allí e inventarse las historias de las personas que estaban enterradas. Las historias las hacían basándose en sus epitafios o en las flores que reposaban sobre los floreros.
Si encontraban flores fuera de lugar, C. las acomodaba en las tumbas que estaban sin flores. A veces C. decía unas palabras frente a la tumba o incluso le dedicaba una canción triste.
A F. le enternecía la actitud de C: parecía que sus canciones y sus flores fueran su forma de celebrar su propia vida...
F. no sabía que había en la cartelera. Pero sabía que C. no estaría allí para ver la película. Y sabía que nunca más iría a ese cine sin C.
D.
Quizá la vida lo decepcionara un poco.
La vida, de hecho, le había preparado muchas decepciones.
Pero la cartelera lo esperaba fielmente.
Iba al cine de la zona universitaria, donde incluso le hacían un descuento a los estudiantes que presentaban su credencial. Era un poco curioso verse siempre rodeado de muchachos rastafaris y chicas con aretes en los ombligos.
Pero ese cine le gustaba. Estaba en las cercanías de un barrio antiguo, de calles empedradas. La zona era uno de esos pueblos que habían sido devorados por la ciudad, por alguna extraña razón, en la esquina de la calle había incluso un pequeño cementerio.
El cine siempre presentaba películas de arte, de festivales internacionales... A veces daban cintas más comerciales, para crear un correcto equilibrio para mantener los jardines.
A F. le gustaba aquel cine, aunque le traía demasiados recuerdos.
F. solía ir al cine con C.
Siempre que tenían tiempo antes de la función tomaban un café.
A veces C. lo invitaba a visitar el cementerio. Solían pasear por allí e inventarse las historias de las personas que estaban enterradas. Las historias las hacían basándose en sus epitafios o en las flores que reposaban sobre los floreros.
Si encontraban flores fuera de lugar, C. las acomodaba en las tumbas que estaban sin flores. A veces C. decía unas palabras frente a la tumba o incluso le dedicaba una canción triste.
A F. le enternecía la actitud de C: parecía que sus canciones y sus flores fueran su forma de celebrar su propia vida...
F. no sabía que había en la cartelera. Pero sabía que C. no estaría allí para ver la película. Y sabía que nunca más iría a ese cine sin C.
D.
Cuento: "No le des cuerda"
Nota aclaratoria: Este es un cuento, para que empiecen bien la semana. No tiene relación alguna con personas o acontecimientos reales: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Héctor Sierra suspiró. El día se le había hecho ya eterno. Y apenas era lunes. Desde hacía tiempo sus días en la tienda de juguetes eran así.
Cuando abrió estaba lleno de entusiasmo. El comprar y revender juguetes de colección era su sueño. Había ahorrado muchos años para tener ese negocio propio: tantos años como asistente administrativo, detrás de grises escritorios, para poder emplear ese capital en su verdadera pasión.
En la vidriera, autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda restaurados...
Pero al parecer las personas interesadas en autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda no era tan grande como él pensaba.
Tras días y días de esperar la clientela, las muñecas entristecían y sus ojos vidriosos se veían cada vez más húmedos, como si fueran a soltarse a llorar en cualquier momento.
La campanilla de la puerta sólo se movía cuando Berenice, su esposa, llegaba a buscarlo.
Berenice llegaba despeinada, cansada y su sonrisa triste cobijaba a Héctor en su fracaso comercial.
Cuando se conocieron, Héctor le pintaba caballitos de madera y armaba títeres de guiñol, para representar batallas en cajas de cartón, a modo de escenarios improvisados.
Ahora Berenice ya no tenía ánimo de pensar en caballos y batallas. Apenas y podía con el cuidado de Pablo, su pequeño hijo.
A Héctor no le gustaba que el niño rondara la tienda. Los brillantes colores eran demasiada tentación para el pequeño, que giraba con demasiada fuerza las perillas y jalaba el cabello sintético de las Barbies que nunca debían de salir de las cajas...
Aunque algunas veces extrañaba la sonrisa del pequeño, que apenas descubría el mundo.
Intentaba situarse en ese momento del descúbrimiento. Trataba de colocarse en ese estado de sorpresa original.Divertirse como antes. Sentir... Sentir de nuevo.
Pero se descubría diciendo en voz alta, casi gritando:
- ¡No le des cuerda al carrusel! ¡Lo vas a descomponer!
Pablo lloraba y Berenice lo miraba extrañada, como si fuera otro, como si ese mundo de vidrieras le hubiera cambiado al marido, raptandolo del almacén hacia una dimensión desconocida, trayendo a este extraño que siempre estaba triste y siempre estaba ausente.
Héctor pensaba en ello...
Cuando la campanilla de la puerta finalmente sonó.
- ¡ Tiene una rueda de la fortuna de Periquin! ¿Y realmente funciona?
La mujer que entró a la tienda tendría 30 años, quizá. Llevaba una falda amarilla y una blusa blanca. Toda la ropa se delineaba a su figura, redondeada en los lugares justos. El sol se reflejó en sus prendas y pareció iluminar el lugar.
- Sí. Todo funciona. Nos especializamos en vender y reparar juguetes. - Aseguró Héctor, con su mejor sonrisa trist.
- ¿Puedo escucharla?
Eso iba contra la política de darle cuerda a los juguetes para clientes curiosos, pero...
- Claro.
La cajita de música de la rueda de la fortuna empezó a sonar, mientras que las canastillas de madera giraban despacio, pero constantemente. Un pequeño muñequito daba cuerda a una manivela, como si fuera el operador del juego de feria.
- ¡Es realmente maravilloso! Me ha alegrado el día. Era mi juguete preferido de niña. Muchas gracias...
Aquella mujer era realmente extraordinaria. Sonrió y salió por la puerta, mientras la música aún sonaba.
Héctor limpio la superficie de la vitrina y se preguntó: ¿A qué juguete debía de darle cuerda ahora?
D.
Héctor Sierra suspiró. El día se le había hecho ya eterno. Y apenas era lunes. Desde hacía tiempo sus días en la tienda de juguetes eran así.
Cuando abrió estaba lleno de entusiasmo. El comprar y revender juguetes de colección era su sueño. Había ahorrado muchos años para tener ese negocio propio: tantos años como asistente administrativo, detrás de grises escritorios, para poder emplear ese capital en su verdadera pasión.
En la vidriera, autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda restaurados...
Pero al parecer las personas interesadas en autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda no era tan grande como él pensaba.
Tras días y días de esperar la clientela, las muñecas entristecían y sus ojos vidriosos se veían cada vez más húmedos, como si fueran a soltarse a llorar en cualquier momento.
La campanilla de la puerta sólo se movía cuando Berenice, su esposa, llegaba a buscarlo.
Berenice llegaba despeinada, cansada y su sonrisa triste cobijaba a Héctor en su fracaso comercial.
Cuando se conocieron, Héctor le pintaba caballitos de madera y armaba títeres de guiñol, para representar batallas en cajas de cartón, a modo de escenarios improvisados.
Ahora Berenice ya no tenía ánimo de pensar en caballos y batallas. Apenas y podía con el cuidado de Pablo, su pequeño hijo.
A Héctor no le gustaba que el niño rondara la tienda. Los brillantes colores eran demasiada tentación para el pequeño, que giraba con demasiada fuerza las perillas y jalaba el cabello sintético de las Barbies que nunca debían de salir de las cajas...
Aunque algunas veces extrañaba la sonrisa del pequeño, que apenas descubría el mundo.
Intentaba situarse en ese momento del descúbrimiento. Trataba de colocarse en ese estado de sorpresa original.Divertirse como antes. Sentir... Sentir de nuevo.
Pero se descubría diciendo en voz alta, casi gritando:
- ¡No le des cuerda al carrusel! ¡Lo vas a descomponer!
Pablo lloraba y Berenice lo miraba extrañada, como si fuera otro, como si ese mundo de vidrieras le hubiera cambiado al marido, raptandolo del almacén hacia una dimensión desconocida, trayendo a este extraño que siempre estaba triste y siempre estaba ausente.
Héctor pensaba en ello...
Cuando la campanilla de la puerta finalmente sonó.
- ¡ Tiene una rueda de la fortuna de Periquin! ¿Y realmente funciona?
La mujer que entró a la tienda tendría 30 años, quizá. Llevaba una falda amarilla y una blusa blanca. Toda la ropa se delineaba a su figura, redondeada en los lugares justos. El sol se reflejó en sus prendas y pareció iluminar el lugar.
- Sí. Todo funciona. Nos especializamos en vender y reparar juguetes. - Aseguró Héctor, con su mejor sonrisa trist.
- ¿Puedo escucharla?
Eso iba contra la política de darle cuerda a los juguetes para clientes curiosos, pero...
- Claro.
La cajita de música de la rueda de la fortuna empezó a sonar, mientras que las canastillas de madera giraban despacio, pero constantemente. Un pequeño muñequito daba cuerda a una manivela, como si fuera el operador del juego de feria.
- ¡Es realmente maravilloso! Me ha alegrado el día. Era mi juguete preferido de niña. Muchas gracias...
Aquella mujer era realmente extraordinaria. Sonrió y salió por la puerta, mientras la música aún sonaba.
Héctor limpio la superficie de la vitrina y se preguntó: ¿A qué juguete debía de darle cuerda ahora?
D.
Mi nombre es rojo: el duende de la tristeza
Contrario a lo que pueda pensarse, Mi nombre es rojo es una novela tristisima. Está bien, sigue un poco la línea de una novela histórica, pero también es de suspenso...Y sin embargo creo que más bien habla de la pérdida, de la tristeza y de la melancolía.
Y lo afirmo desde mi trinchera, claro está, porque últimamente ando muy azul y no puedo más que pensar que con un toque de rojo, terminaré violeta...
Orhan Pamuk, escritor turco, plasma en este texto la decadencia de una época, la de los grandes shas de Turquía, cuyas costumbres empiezan a verse desdibujadas por la llegada de nuevas costumbres desde Europa.
El enfrentamiento entre la moda y la tradición se vuelve ríos de sangre cuando entra en el juego las convicciones religiosas de los grupos musulmanes más ortodoxos, que están en contra de las reproducciones de la imagen del ser humano en retratos, que imitaran la realidad en lugar de la representación del ideal de las cosas.
Un libro lleno de alusiones semióticas a la forma en que entendemos los signos, desde lo que es Oriente y Occidente, mujer y hombre, el diablo y dios, la eterna lucha de la tristeza por triunfar en nuestros corazones y llevarnos al lado oscuro de la fuerza...
Pero aquí el toque de Pamuk es la posibilidad de darle voz a los diferentes personajes, a quienes escuchamos contar su parte de la historia, habilmente entramada, para que pase de ser una historia detectivesca (¿quién es el culpable?) a una reflexión filosófica llena de pequeños micro relatos que contienen interesantes anécdotas (las cuales no sé si serán del dominio publico en Turquía, pero que aquí se vuelven muy originales como recurso narrativo).
Disfruté mucho esta novela y me tomé un tiempo para leerla, porque cada personaje se degusta de distinta forma e incluso puedes vibrar con el rojo, comprarle sus mentiras a la buhonera o enamorarte de la bella viuda Sekure.
Le doy cinco estrellas a este libro y les aseguro que seguiré la obra de Pamuk, por si me encuentro otro de sus textos.
Y lo afirmo desde mi trinchera, claro está, porque últimamente ando muy azul y no puedo más que pensar que con un toque de rojo, terminaré violeta...
Orhan Pamuk, escritor turco, plasma en este texto la decadencia de una época, la de los grandes shas de Turquía, cuyas costumbres empiezan a verse desdibujadas por la llegada de nuevas costumbres desde Europa.
El enfrentamiento entre la moda y la tradición se vuelve ríos de sangre cuando entra en el juego las convicciones religiosas de los grupos musulmanes más ortodoxos, que están en contra de las reproducciones de la imagen del ser humano en retratos, que imitaran la realidad en lugar de la representación del ideal de las cosas.
Un libro lleno de alusiones semióticas a la forma en que entendemos los signos, desde lo que es Oriente y Occidente, mujer y hombre, el diablo y dios, la eterna lucha de la tristeza por triunfar en nuestros corazones y llevarnos al lado oscuro de la fuerza...
Pero aquí el toque de Pamuk es la posibilidad de darle voz a los diferentes personajes, a quienes escuchamos contar su parte de la historia, habilmente entramada, para que pase de ser una historia detectivesca (¿quién es el culpable?) a una reflexión filosófica llena de pequeños micro relatos que contienen interesantes anécdotas (las cuales no sé si serán del dominio publico en Turquía, pero que aquí se vuelven muy originales como recurso narrativo).
Disfruté mucho esta novela y me tomé un tiempo para leerla, porque cada personaje se degusta de distinta forma e incluso puedes vibrar con el rojo, comprarle sus mentiras a la buhonera o enamorarte de la bella viuda Sekure.
Le doy cinco estrellas a este libro y les aseguro que seguiré la obra de Pamuk, por si me encuentro otro de sus textos.
Las ciudades invisibles: el sistema simbólico de la narración del deseo
El día jueves regresé a casa con mi amiga J. que me venía contando de una serie de libros que está revisando en su maestría; en estos textos de analiza las representaciones sociales que se hacen de las ciudades. Así, hay una edición completa de libros de las representaciones figurativas de algunas de las más importantes urbes latinoamericanas: "Bogotá, imaginada", "Buenos Aires, imaginada", "Caracas, imaginada".
Y es que las ciudades son concreto y varillas, hasta que las poblamos de sueños... por eso me acordé tanto del libro de Italo Calvino "Las ciudades invisibles", que perdí no sé donde, porque tenía la más bonita edición (de editorial Siruela) y seguro la presté y no me la devolvieron. (Eso es un mal que no puedo quitarme. Me digo a mi misma que es una forma de repartir cultura por el mundo, aunque luego extraño mis libros, sobre todo cuando son ediciones bonitas, como esa).
Italo Calvino nos describe en su obra referentes físicos y subjetivos de las ciudades imaginarias, para ayudarnos a visualizarlas mejor, en el caso particular de “Las ciudades y el deseo 2, Calvino nos describe la ciudad de Anastasia, que está rodeada de canales concéntricos y en el cielo se ven cometas. Otros referentes físicos de la ciudad son las mercancías que en ella se comercian: ónix, cristopacio, ágata y otras piedras preciosas.
Entre las descripciones subjetivas que hace de la ciudad están las cosas que puedes comer en este lugar, como la carne de faisán dorado y el modo en que éste se cocina. Incluso la descripción de las mujeres que habitan en la ciudad y que invitan a los forasteros a jugar con ellas en el agua, es una descripción subjetiva, que alude a los sentidos y forma parte del paisaje.
La actitud de las mujeres de invitar al paseante a quedarse es parte de una especie de “estrategia” de la ciudad de Anastasia, para que los visitantes se queden, a través de despertar en ellos el deseo.
Esto es porque los habitantes, incluso las mujeres, son parte de un sistema en el cual los visitantes se tornan habitantes para trabajar en la ciudad y ser poseídos por ella.
El goce de obtener lo que se quiere, en este caso, vivir en Anastasia, es como lograr vivir con el amor de tu vida: eres esclavo de esa pasión que te domina, así como vives esclavo de esa ciudad que amas, pues al trabajar de tiempo completo en ella, te abandonas a ti mismo. “Tu afán que da forma al deseo, toma del deseo su forma y crees que gozas de Anastasia, cuando sólo eres su esclavo”
En el caso de la descripción de Anastasia, la ciudad es dibujada como traicionera, pues despierta deseos en el visitante. La belleza de la ciudad representa una trampa para los viajeros que se quedan seducida por ella. Los mismos habitantes son cómplices de la ciudad al hacerla tentadora; de allí que el narrador clasifique como una ciudad “a veces benigna, a veces maligna”; es imposible confiar en las motivaciones de la ciudad, porque no posee una conciencia, sin embargo hace súbditos a sus habitantes.
El narrador habla de Anastasia como una ciudad muy bella, en la cual dan ganas de quedarse debido a la riqueza de sus piedras preciosas, lo seductor de las mujeres que allí habitan, lo hermoso de los canales que la circundan. Pero él mismo hace una observación de carácter cultural al aseverar que, los mismos pobladores de la ciudad son esclavos de su belleza y presos de su deseo: no hay nada que nos atraiga más que aquello que inventamos para que nos seduzca.
El deseo toma la forma de cualquier cosa que visualicemos como aquello que nos hará felices y el trabajar por obtenerlo, en este caso, el vivir en esta ciudad de nuestros sueños, es una forma de entregarnos al deseo, pero a la vez de esclavizarnos a él, para querer hundirnos en lo que en realidad es lo inalcanzable.
D.
Y es que las ciudades son concreto y varillas, hasta que las poblamos de sueños... por eso me acordé tanto del libro de Italo Calvino "Las ciudades invisibles", que perdí no sé donde, porque tenía la más bonita edición (de editorial Siruela) y seguro la presté y no me la devolvieron. (Eso es un mal que no puedo quitarme. Me digo a mi misma que es una forma de repartir cultura por el mundo, aunque luego extraño mis libros, sobre todo cuando son ediciones bonitas, como esa).
Italo Calvino nos describe en su obra referentes físicos y subjetivos de las ciudades imaginarias, para ayudarnos a visualizarlas mejor, en el caso particular de “Las ciudades y el deseo 2, Calvino nos describe la ciudad de Anastasia, que está rodeada de canales concéntricos y en el cielo se ven cometas. Otros referentes físicos de la ciudad son las mercancías que en ella se comercian: ónix, cristopacio, ágata y otras piedras preciosas.
Entre las descripciones subjetivas que hace de la ciudad están las cosas que puedes comer en este lugar, como la carne de faisán dorado y el modo en que éste se cocina. Incluso la descripción de las mujeres que habitan en la ciudad y que invitan a los forasteros a jugar con ellas en el agua, es una descripción subjetiva, que alude a los sentidos y forma parte del paisaje.
La actitud de las mujeres de invitar al paseante a quedarse es parte de una especie de “estrategia” de la ciudad de Anastasia, para que los visitantes se queden, a través de despertar en ellos el deseo.
Esto es porque los habitantes, incluso las mujeres, son parte de un sistema en el cual los visitantes se tornan habitantes para trabajar en la ciudad y ser poseídos por ella.
El goce de obtener lo que se quiere, en este caso, vivir en Anastasia, es como lograr vivir con el amor de tu vida: eres esclavo de esa pasión que te domina, así como vives esclavo de esa ciudad que amas, pues al trabajar de tiempo completo en ella, te abandonas a ti mismo. “Tu afán que da forma al deseo, toma del deseo su forma y crees que gozas de Anastasia, cuando sólo eres su esclavo”
En el caso de la descripción de Anastasia, la ciudad es dibujada como traicionera, pues despierta deseos en el visitante. La belleza de la ciudad representa una trampa para los viajeros que se quedan seducida por ella. Los mismos habitantes son cómplices de la ciudad al hacerla tentadora; de allí que el narrador clasifique como una ciudad “a veces benigna, a veces maligna”; es imposible confiar en las motivaciones de la ciudad, porque no posee una conciencia, sin embargo hace súbditos a sus habitantes.
El narrador habla de Anastasia como una ciudad muy bella, en la cual dan ganas de quedarse debido a la riqueza de sus piedras preciosas, lo seductor de las mujeres que allí habitan, lo hermoso de los canales que la circundan. Pero él mismo hace una observación de carácter cultural al aseverar que, los mismos pobladores de la ciudad son esclavos de su belleza y presos de su deseo: no hay nada que nos atraiga más que aquello que inventamos para que nos seduzca.
El deseo toma la forma de cualquier cosa que visualicemos como aquello que nos hará felices y el trabajar por obtenerlo, en este caso, el vivir en esta ciudad de nuestros sueños, es una forma de entregarnos al deseo, pero a la vez de esclavizarnos a él, para querer hundirnos en lo que en realidad es lo inalcanzable.
D.
Él
Le di esquinazo y esperé en vano que no me siguiera.
Me molestaba con su ñoñez y aquel ulular suave, que decía que nadie, más que yo, comprendía.
Debía de estar cansado de mí, con todos esos desplantes y todas las veces que me fui a dormir sin acordarme de él.
Lo había tratado con la punta del zapato y, en ocasiones, llegué a aventarle pedacitos de mi goma de migajón en clases, nada más por no tener que hacer.
Esos pedacitos quedaban en su pelo ensortijado y él sonreía... con esa sonrisa que encontraba cada día más despreciable y ridícula.
Mi abuela me había advertido y mi madre... Incluso había un cartel en mi cuarto, con el molesto recordatorio de que antes de dormir debía acordarme de él.
Pero hacía mucho tiempo que no rezaba e incluso había olvidado la forma de llamarlo.
Poco a poco dejé de verlo. Antes me dejaba pequeños recordatorios de su presencia... Poco a poco las plumas blancas fueron desapareciendo de mi camino.
Llegaron un par de amores, un par de aventuras, un par de escapadas de casa. Seguía rebelandome sin revelarme... Seguía siendo una niña malcriada.
Seguía teniendo un ángel de la guardia.
Quizá no lo notaba, pero varias veces me salvó de ser atropellada, con ese soplo de viento que no agradecí.
Le di esquinazo, esperando que no me siguiera.
Y esta vez, finalmente, no me siguió.
D.
Me molestaba con su ñoñez y aquel ulular suave, que decía que nadie, más que yo, comprendía.
Debía de estar cansado de mí, con todos esos desplantes y todas las veces que me fui a dormir sin acordarme de él.
Lo había tratado con la punta del zapato y, en ocasiones, llegué a aventarle pedacitos de mi goma de migajón en clases, nada más por no tener que hacer.
Esos pedacitos quedaban en su pelo ensortijado y él sonreía... con esa sonrisa que encontraba cada día más despreciable y ridícula.
Mi abuela me había advertido y mi madre... Incluso había un cartel en mi cuarto, con el molesto recordatorio de que antes de dormir debía acordarme de él.
Pero hacía mucho tiempo que no rezaba e incluso había olvidado la forma de llamarlo.
Poco a poco dejé de verlo. Antes me dejaba pequeños recordatorios de su presencia... Poco a poco las plumas blancas fueron desapareciendo de mi camino.
Llegaron un par de amores, un par de aventuras, un par de escapadas de casa. Seguía rebelandome sin revelarme... Seguía siendo una niña malcriada.
Seguía teniendo un ángel de la guardia.
Quizá no lo notaba, pero varias veces me salvó de ser atropellada, con ese soplo de viento que no agradecí.
Le di esquinazo, esperando que no me siguiera.
Y esta vez, finalmente, no me siguió.
D.
Confianza
A ella no le importaba. Si él hubiera subido más la navaja en su cuello o si incluso hubiera presionado hasta rasgar la piel... aún si hubiera empezado a gotear sangre, a ella le hubiera dado igual..
El dulzón olor a muerte sólo le recordaba que no hay historias felices del todo, pues si todo fuera felicidad, no sería necesario contar nada.
Pero ella sabía de eso, porque tenía mucho que contar...
Sin embargo, si él presionaba más la navaja, ya nadie contaría la historia...
Ella se sentía tentada... porque si él apretara más, podría ser como una de esas mujeres felices... una de esas mujeres felices que no tienen historia.
Confiaba en él. Sólo él podía convertirla en una mujer feliz.
D.
El dulzón olor a muerte sólo le recordaba que no hay historias felices del todo, pues si todo fuera felicidad, no sería necesario contar nada.
Pero ella sabía de eso, porque tenía mucho que contar...
Sin embargo, si él presionaba más la navaja, ya nadie contaría la historia...
Ella se sentía tentada... porque si él apretara más, podría ser como una de esas mujeres felices... una de esas mujeres felices que no tienen historia.
Confiaba en él. Sólo él podía convertirla en una mujer feliz.
D.
No llovió
Saqué a pasear mi libélula guerrera
la atavié con su armadura azul
le puse sus bridas de hierba
y la llevé a los campos de raraleña.
Las pequeñas casas, a lo lejos,
eran montículos de blanca piedra,
el aire me silbaba en las orejas
cantos de antes de la Hégira.
No esperaba ataques de dragones,
era un día claro, sin nubes,
no llovería, lo había visto con claridad
en el fondo de mi bola de cristal.
Lo que no vi
fue el destello que me atravesaría el alma
la luz vibrante, el meteóro...
No supe como fue
que agitó el aire y lo llenó de fuego
mi libélula guerrera
cayó en picada...
Le acaricié el lomo y le dije palabras tiernas
quería aterrizar de pie sobre la tierra...
nunca nada había estremecido así mi mundo.
El aire era una masa ardiente,
la piedra extraterrestre había caído cerca
aterricé, a trompicones, pero entera.
Até mi libélula a un tallo de rosa,
para evitar que se fuera...
y me acerqué dando pequeños saltos
al lugar donde estaba aquella extraña piedra.
Destellos verdes emergían en la noche recién nacida,
se había vuelto tinta el cielo que era azul a mi partida.
Aspiré en el viento carbón y tinta china
bajé la vista al crater donde la piedra dormía.
Toqué su superficie y mis dedos encontraron suavidad,
no sabía que era, ni donde venía, pero mi piel se contagió de frescura
la noche cedía un espacio ante sus brillos minerales.
Las puntas de mis dedos quedaron refulgentes,
mis ojos se llenaron de esmeraldas y serpientes,
de mi boca salieron rayos, como llamando la luz de las estrellas.
Mi cuerpo, curveado, era una sirena varada,
a través de mí, hablaba el universo:
"he liberado la sal del mar,
he roto lo hielos eternos,
y partido en dos los árboles milenarios".
Mi piel se fundió en la piedra,
mi voz se volvió murmullo de luciérnagas,
mi cuerpo dejó de responderme,
pero la bola de cristal tenía razón:
no llovió.
D.
la atavié con su armadura azul
le puse sus bridas de hierba
y la llevé a los campos de raraleña.
Las pequeñas casas, a lo lejos,
eran montículos de blanca piedra,
el aire me silbaba en las orejas
cantos de antes de la Hégira.
No esperaba ataques de dragones,
era un día claro, sin nubes,
no llovería, lo había visto con claridad
en el fondo de mi bola de cristal.
Lo que no vi
fue el destello que me atravesaría el alma
la luz vibrante, el meteóro...
No supe como fue
que agitó el aire y lo llenó de fuego
mi libélula guerrera
cayó en picada...
Le acaricié el lomo y le dije palabras tiernas
quería aterrizar de pie sobre la tierra...
nunca nada había estremecido así mi mundo.
El aire era una masa ardiente,
la piedra extraterrestre había caído cerca
aterricé, a trompicones, pero entera.
Até mi libélula a un tallo de rosa,
para evitar que se fuera...
y me acerqué dando pequeños saltos
al lugar donde estaba aquella extraña piedra.
Destellos verdes emergían en la noche recién nacida,
se había vuelto tinta el cielo que era azul a mi partida.
Aspiré en el viento carbón y tinta china
bajé la vista al crater donde la piedra dormía.
Toqué su superficie y mis dedos encontraron suavidad,
no sabía que era, ni donde venía, pero mi piel se contagió de frescura
la noche cedía un espacio ante sus brillos minerales.
Las puntas de mis dedos quedaron refulgentes,
mis ojos se llenaron de esmeraldas y serpientes,
de mi boca salieron rayos, como llamando la luz de las estrellas.
Mi cuerpo, curveado, era una sirena varada,
a través de mí, hablaba el universo:
"he liberado la sal del mar,
he roto lo hielos eternos,
y partido en dos los árboles milenarios".
Mi piel se fundió en la piedra,
mi voz se volvió murmullo de luciérnagas,
mi cuerpo dejó de responderme,
pero la bola de cristal tenía razón:
no llovió.
D.
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