Darina con alas

Cuento: "No le des cuerda"

18 abril, 2010
Nota aclaratoria: Este es un cuento, para que empiecen bien la semana. No tiene relación alguna con personas o acontecimientos reales: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Héctor Sierra suspiró. El día se le había hecho ya eterno. Y apenas era lunes. Desde hacía tiempo sus días en la tienda de juguetes eran así.

Cuando abrió estaba lleno de entusiasmo. El comprar y revender juguetes de colección era su sueño. Había ahorrado muchos años para tener ese negocio propio: tantos años como asistente administrativo, detrás de grises escritorios, para poder emplear ese capital en su verdadera pasión.

En la vidriera, autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda restaurados...

Pero al parecer las personas interesadas en autos clásicos, muñecas de porcelana y juguetes de cuerda no era tan grande como él pensaba.

Tras días y días de esperar la clientela, las muñecas entristecían y sus ojos vidriosos se veían cada vez más húmedos, como si fueran a soltarse a llorar en cualquier momento.

La campanilla de la puerta sólo se movía cuando Berenice, su esposa, llegaba a buscarlo.

Berenice llegaba despeinada, cansada y su sonrisa triste cobijaba a Héctor en su fracaso comercial.

Cuando se conocieron, Héctor le pintaba caballitos de madera y armaba títeres de guiñol, para representar batallas en cajas de cartón, a modo de escenarios improvisados.

Ahora Berenice ya no tenía ánimo de pensar en caballos y batallas. Apenas y podía con el cuidado de Pablo, su pequeño hijo.

A Héctor no le gustaba que el niño rondara la tienda. Los brillantes colores eran demasiada tentación para el pequeño, que giraba con demasiada fuerza las perillas y jalaba el cabello sintético de las Barbies que nunca debían de salir de las cajas...

Aunque algunas veces extrañaba la sonrisa del pequeño, que apenas descubría el mundo.

Intentaba situarse en ese momento del descúbrimiento. Trataba de colocarse en ese estado de sorpresa original.Divertirse como antes. Sentir... Sentir de nuevo.

Pero se descubría diciendo en voz alta, casi gritando:

- ¡No le des cuerda al carrusel! ¡Lo vas a descomponer!

Pablo lloraba y Berenice lo miraba extrañada, como si fuera otro, como si ese mundo de vidrieras le hubiera cambiado al marido, raptandolo del almacén hacia una dimensión desconocida, trayendo a este extraño que siempre estaba triste y siempre estaba ausente.

Héctor pensaba en ello...

Cuando la campanilla de la puerta finalmente sonó.

- ¡ Tiene una rueda de la fortuna de Periquin! ¿Y realmente funciona?

La mujer que entró a la tienda tendría 30 años, quizá. Llevaba una falda amarilla y una blusa blanca. Toda la ropa se delineaba a su figura, redondeada en los lugares justos. El sol se reflejó en sus prendas y pareció iluminar el lugar.

- Sí. Todo funciona. Nos especializamos en vender y reparar juguetes. - Aseguró Héctor, con su mejor sonrisa trist.

- ¿Puedo escucharla?

Eso iba contra la política de darle cuerda a los juguetes para clientes curiosos, pero...

- Claro.

La cajita de música de la rueda de la fortuna empezó a sonar, mientras que las canastillas de madera giraban despacio, pero constantemente. Un pequeño muñequito daba cuerda a una manivela, como si fuera el operador del juego de feria.

- ¡Es realmente maravilloso! Me ha alegrado el día. Era mi juguete preferido de niña. Muchas gracias...

Aquella mujer era realmente extraordinaria. Sonrió y salió por la puerta, mientras la música aún sonaba.

Héctor limpio la superficie de la vitrina y se preguntó: ¿A qué juguete debía de darle cuerda ahora?

D.

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