Darina con alas

La Tacha de Huerta

12 diciembre, 2010
Con Cariño
 para Jacinta Melquíades

La tacha era redonda y amarilla. Efraín nunca supo como había llegado a sus manos. ¿El amigo de un amigo? ¿El primo de un vecino? ¿La mesera buena onda?

La tacha era tentadora y todos a los que les preguntó, le explicaron: “esa cosa te hace sentir feliz, te sentirás a toda madre, al rato vas a andar besuqueando a quien se deje”.

Salió del Rave que se había organizado en Ecatepec, hasta casa de la chingada, con mucho frío. Ya le habían advertido que estaba en un lote baldío, donde a lo mucho había dos o tres familias, pegadas a un cerro donde tardaban años en pasar los peseros, aún de día.

Se fue caminando por el bordo de la banqueta, sin mucha esperanza de que pasara un taxi, ni tampoco suficiente dinero para pagarle…

Esta hasta la madre, pero no tan mal, después de todo cuando de verdad estás hasta la madre ni sientes ni frío… pero allí si se sentía un frío de la chingada. Eso quería decir que no estaba tan mal, ¿no?

Además distinguía perfecto las luces del tren que corría paralelo a la calle, el pitido distintivo de esos vagones de carga, como los que pintan en las películas…

La tacha seguía en su bolsillo y se le antojaba probarla, pero ya no había nadie a quien expresarle su felicidad. ¿Y así para qué?

De todas formas era un cobarde. Lo sabía y se sentía morir. Debió de meterse la tacha cuando Areli lo estaba viendo, así al menos sabría que tenía huevos, pero de camino a casa, sólo tenía conciencia de que su tía lo iba a poner finto si no llegaba a casa… Igual y se tenía que colar por la ventana.

Desde la muerta de su padre, Antonio Huerta, Efraín vagaba por el mundo, haciéndola de pintor o de yesero, según iba saliendo. También le sabía un poco a la hojalatería. Sacaba golpes y jugaba baraja. No más para ir tirando. A veces sacaba más dinero de jugar a la baraja que de las chambas. Así de mal estaban las cosas.

Lo suyo, lo suyo, era la música… pero para una consola aún no juntaba. Y eso de ser DJ era un sueño tan lejano, que a veces sentía que se le iba completamente de las manos.

El primo de Areli lo había invitado al Rave. Y bien mirado, igual y fue él quien le puso la tacha en la mesa. La verdad no se acordaba…

En la fiesta, mientras Efraín bailaba, sus pensamientos iban y venían, pero ninguno permanecía… Por eso le gustaba ir a los Raves, tenía la mente ocupada y la esperanza de que todas las preocupaciones se fueran en un último brinco, en una última bocanada de aire, mientras todos se fundían en ese baile demencial.

Pero ya solo, con estremecimientos que no sabía si atribuir al mezcal o al frío, la imagen de Areli besándose con otro, sólo le recordaban las ganas que tenía de tirarse a las vías del tren. De todas formas no perdía nada.

Sus amigos, el Tuercas y el Cocodrilo, se habían ofrecido a acompañarlo, pero habían ligado a unas morritas de por el rumbo, así que él les dijo que no, muy digno, les explicó que iba a llamar al Fercho para que le diera un raid a casa y ellos le creyeron.

Aunque igual, seguro el Fercho andaba en otra peda. Seguro podía pedirle el favor. Pero esta vez sólo quería caminar, a ver que tan lejos llegaba…

A ver que tan lejos llegaba… A veces su tía le decía que nunca iría a ninguna parte, que eso de la música era una pérdida de tiempo. Sobre todo cuando practicaba con su guitarra hasta las tres o cuatro de la mañana, empeñado en sacar cada vez acordes más difíciles y requintos más inusitados. Algún día tendría una banda. O sería productor. Haría las remezclas más chingonas. Todos querrían estar con él. Todos. Y las viejas. Es más, hasta Areli. Todas, todas….

La tacha seguía en la bolsa delantera de su camisa a cuadros y el frío lo invitaba a ponerse un pasón, a ser una mejor y más feliz persona, pero él quería fundirse en esa tristeza de las fábricas que nunca paraban su llanto que lloraba niebla. A veces le gustaba fundirse también en la tristeza, ese manto que no terminaba nunca, nunca y se extendía por toda la ciudad.

Al llegar la avenida, vio que la luz del amanecer ya se iba asomando por el cerro del oriente. Tomó la tacha en la mano y aplastó con el pie, hasta que sus dulces promesas de felicidad instantánea se desvanecieron: su amor no tenía salvación, ni muerte, ni siquiera agonía.

Se fue caminando por la Avenida, seguro de que alguien, en algún lugar, también caminaba hacia él.

D. 

2 comentarios:

Ana Rovelo dijo...

Creí que lo matarías. xD
Amé los apodos de los amigos.
Jajaja... ¡Quién lo diría!
Gracias por la dedicatoria. Esperemos que para continuar con la cadena de eventos inversos, Editorial Beodez exista próximamente.

Darina Silverstone dijo...

Eso sería magnífico...

Siempre he apoyado los proyectos independientes.

Si decides armar tu editorial y necesitas patrocinadores, me avisas... Igual para entonces ya soy una rica empresaria.

How knows.

D.