Darina con alas

No llovió

23 mayo, 2009
Saqué a pasear mi libélula guerrera
la atavié con su armadura azul
le puse sus bridas de hierba
y la llevé a los campos de raraleña.

Las pequeñas casas, a lo lejos,
eran montículos de blanca piedra,
el aire me silbaba en las orejas
cantos de antes de la Hégira.

No esperaba ataques de dragones,
era un día claro, sin nubes,
no llovería, lo había visto con claridad
en el fondo de mi bola de cristal.

Lo que no vi
fue el destello que me atravesaría el alma
la luz vibrante, el meteóro...

No supe como fue
que agitó el aire y lo llenó de fuego
mi libélula guerrera
cayó en picada...

Le acaricié el lomo y le dije palabras tiernas
quería aterrizar de pie sobre la tierra...
nunca nada había estremecido así mi mundo.

El aire era una masa ardiente,
la piedra extraterrestre había caído cerca
aterricé, a trompicones, pero entera.

Até mi libélula a un tallo de rosa,
para evitar que se fuera...
y me acerqué dando pequeños saltos
al lugar donde estaba aquella extraña piedra.

Destellos verdes emergían en la noche recién nacida,
se había vuelto tinta el cielo que era azul a mi partida.
Aspiré en el viento carbón y tinta china
bajé la vista al crater donde la piedra dormía.

Toqué su superficie y mis dedos encontraron suavidad,
no sabía que era, ni donde venía, pero mi piel se contagió de frescura
la noche cedía un espacio ante sus brillos minerales.

Las puntas de mis dedos quedaron refulgentes,
mis ojos se llenaron de esmeraldas y serpientes,
de mi boca salieron rayos, como llamando la luz de las estrellas.

Mi cuerpo, curveado, era una sirena varada,
a través de mí, hablaba el universo:
"he liberado la sal del mar,
he roto lo hielos eternos,
y partido en dos los árboles milenarios".

Mi piel se fundió en la piedra,
mi voz se volvió murmullo de luciérnagas,
mi cuerpo dejó de responderme,
pero la bola de cristal tenía razón:
no llovió.

D.

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