Mi madre escribía su diario en pequeñas libretitas de color azul; alguna vez encontré un par de ellas y me pareció sorprendente ver ese registro cotidiano con su letra pequeñita y apretada.
Una de ellas empieza justo así: Vuelvo a la tinta.
Me parece que sí se ha perdido algo con nuestra costumbre de poner todo en formatos electrónicos, las cartas y notaciones a mano transmiten cosas distintas.
Hace un par de días recordaba lo que era este diario público y me dio nostalgia recordar esa época dorada de los blogs.
Ya nada es lo mismo.
He visto una oleada de nostalgia que nos ha abrumado a todos: fotos de 2016 (antes del Cervantino, del Temblor, de la Pandemia, de las rupturas que me rompieron también la vida, de las renuncias que barrieron mi agenda, que me hicieron esta otra que soy).
Me siento como en una playa virgen, llena de maderos de un naufragio.
Estoy acá recorando las huellas, pero también sabiendo que mis pasos no pueden trazar la misma trayectoria que antes.
No vuelvo a la tinta.
Pero mis dedos se desesperezan y trazan un camino sobre arena recién planchada por el mar.
D.

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