Odiaba pedir permiso.
Y odiaba más pedir perdón.
Pero lo que odiaba, más que todo, era no tener quien le dijera "Me gustaría morir después de que me besas, para morir feliz"
Y es que no podía evitarlo.
Ese cardumen de besos se le había escapado entre las manos, sin poder retener ninguno, con la memoria del color de las paredes del cuarto que sostuvo en vilo el último beso que se dieron.
Pero nunca había aprendido a pedir permiso.
Y tampoco había aprendido a pedir perdón.
Porque prefirió dejarlo libre antes que verse navegando a su lado, de mostrarse como un delfín rodeando su proa...
Quizá no estaba para nadar al lado de nadie, tal vez era más una piedra que un animal marino.
En la playa, ante la sal de su cuerpo secándose, pensaba en su imposibilidad para pedir permiso.
En su negación para pedir perdón.
Quizá sólo era una criatura maldita, esperando el naufragio para saciarse de carne humana y luego volver a la soledad de una cueva.
¿Quién podría decirlo?
Tomó una bocanada de aire y se hundió en el agua, sin pedir perdón, sin pedir permiso. Tan sola como la primera vez.
D.
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3 comentarios:
Siempre me han gustado los relatos de sirenas. Éste no es la excepción.
"Tal vez era más una piedra que un animal marino..."
Lindo texto.
Ale:
Ya veo por que disfrutaste de la última película de piratas...
Vian:
Gracias por la visita.
D.
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