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El frío y los viejos dolores

El otro día, a punto de dar un mal paso, nuevamente, recordé que ya pasaron más de cinco meses desde que di ese mal paso que me hizo cojear cuando menos un mes.

Recordé que hay que ser cuidadosa...

Pues a cualquier golpe de viento, las viejas heridas duelen de nuevo y las desgarraduras se refrescan en la noche.

Puedo acariciar el espacio en donde estaba la herida y lamer el hueco que dejó tu ausencia.

El frío nos recuerda viejas heridas, viejos dolores, viejas partidas y al general Invierno.

D.

De la miseria y la inspiración

La razón por la cual la gente feliz no escribe cosas buenas, es incomprensible para mí.

Debe ser la misma razón por la cual los músicos felices no componen (Sabina Dixit).

¿Será la misma razón por la cual los pintores torturados que mueren en la miseria y cortandose orejas, son luego recordados (y sus orejas forman nuevos grupos musicales)?

¿Será que la miseria y la inspiración están ligados?

¿Será que sólo los dramaturgos locos, que viven entre botellas de cerveza y nubes de humo escriben cosas que te hacen llorar?

¿Será que sólo aquellas mujeres desquiciadas que acaban metiendose a un auto para respirar el monóxido de carbono o que se sumergen en el mar pueden escribir versos bonitos?

¿Será que sólo la vida monástica o la reclusión de la sociedad te da la material suficiente para construir muros, trancas, puentes levadizos, torres y balcones interiores, para ser un nuevo Escher, un arquitecto fantástico de lo tortuoso, de lo doloroso, del espíritu humano en pleno, cuando se retuerce en agonía?

Lo pensaba, justo lo pensaba el martes, cuando puse al máximo filósofo mexicano, creador de las sentencias más conocidas de nuestro amado pueblo... José Alfredo Jiménez.

Nada me han enseñado los años
siempre caigo en los mismos errores
otra vez a brindar con extraños
y a llorar por los mismos dolores...

Mientras pensaba en mi vida amorosa, recordaba que en los momentos en que más he sido feliz, menos he tenido ocasión (o ganas) de escribir.

Sin embargo, recuerdo esos momentos de retortijones, lagrimas en la almohada, cuadernos llenos de mocos, como etapas llenas de descubrimientos.

(No es que esté instalada en una de esas etapas depresivas, es que me puse a pensar en la génesis del poema de ayer)

Así que como dice mi querido y nunca bien ponderado amigo Juan... "Engáñame a mi también"

D.

Dos dedos de dolor

Existe en el ser humano algo que se llama "umbral del dolor"; es la medida de dolor que podemos resistir sin que nos "duela"; las personas que tienen el umbral muy alto, pueden pasar terribles torturas sin notar que se están haciendo daño.

Las que lo tienen muy bajo, son hipersensibles y puede llegar a dolerles que una abeja se les pare en el hombro...

El dolor, como mecanismo de defensa, nos advierte de cosas. Por ejemplo, ayer que mi abuelita me encomendó calentar las tortillas, como su estufa es distinta a la mía me quemé el dedo medio con el comal y primero se me puso rojo y luego me dolió.

Lo quité lo más rápido posible y luego le puse aguita fría. Bueno, me tardo más en contarlo que en lo que pasó...

El caso es que mi piel comenzó a sufrir cambios: primero se enrojeció. Luego con la agua fría se entumeció. Luego lo chupé, no sé si como reacción instintiva o sólo porque me reconforta... hasta que se abrió en dos. La piel ahora se ve blancuzca, no sé si se caerá o que...

No es propiamente una ampolla.

Y hoy, justo cuando iba a comenzar mi última entrevista del día, cerré la puerta que separa el corredor que da a mi oficina de la recepción con demasiada fuerza y me prensé el dedo de la índice de la mano izquierda...

Así que ahora tiene dentro un par de gotitas de sangre, coaguladas, como confeti que no fue lanzado en una fiesta. Y me duele cuando tecleo...

Pero lo curioso es (de nuevo) casi nunca me percato de cuando uso las yemas de los dedos... hasta que me duelen.

Se ven raras.

Incluso diría que bonitas.

Por eso luego la gente se hace adicta al dolor.

Yo sólo soporto dos dedos de dolor.

D.

Dolor Neonato (parte II)

Como siempre,
me ha esperado donde el sentimiento se va jugando entre los barrotes.

Abierta, cerrada,
la prisión de esta piel, esta carne quiere escapar.

Ay, te necesito tristeza...
Ay, te necesito duelo.

Quiero romperme la cabeza y sacar este coágulo rojo de palabras atrofiadas,
ese puñado sanguiñolento y visceral de ideas:
se cocen en el cerebro,
se masifican,
son una mórula,
moronga negra,
deseos de venganza.

Cruza en mis ojos esa nube negra:
aumenta una dioptría en el ojo izquierdo
y media más en el derecho,
hasta enfocar lo que deseo
y surge como rayo negro,
vengador escarlata...
rápido sonido,
áspero rasguño,
firme golpe seco.

Vuela destrozado ese pensamiento que rondó en mi cabeza:
quisiera aplastarte, escarabajo biselado;
quisiera triturarte, cucaracha de Macedonia;
quisiera destrozarte esos dientes que hablan de piel mojada
y sed no saciada.

Sed, sed, quisiera dejar de beber...

Esa sed me mata.

Veneno rojo en la piel, escorpión, serpiente, aguijón de abeja...
Muerete con tu abdomen enterrado en mi carne.

D.

Dolor Neonato (parte I)

Ya regué todos los árboles con mi rabia
y llené con mis lágrimas los mares,
veo ramificarse en las aguas del cristal la lluvia, mis pesares...

Ven, ríos de sangre,
ven, ríos de tinta.

Ven y dame la paz de la esmeralda verde
que repare mi carne encinta
yo, que sólo prené el cielo con mi tristeza,
yo, que sólo vine al mundo a parir tempestades.

Ya sé del dolor, de la venganza, del sueño, de la paz.

Sólo bajo el influjo luminoso del dolor he sentido la fuerza creadora...
del sentir como se parte el cerebro y el corazón para volverse letra:
coro del nacimiento de un gigante:
la pus de la herida explota y es entonces un río blanco,
magnificencia de lava hedionda y espumosa que arrastra todo a su paso.

El sol pinta el cielo de la noche con su manto rojizo.

Va descobijando la oscuridad en la que estamos sumidos, sin darnos cuenta.

Ya, no llores.

Ya. Es bastante.

Yo quería gritar su nombre a la noche, para que dejara de dolerme,
para que el sonido cubriera lo que siento. Vino en la herida, desinfectandolo.

El eco macizo de su piel de montaña rebota ahora en mis oídos.
Ayer fui una en su boca. Hoy no soy nada.

Me reinvento, nazco,
es el dolor en sí mismo lo que va naciendo.

Lo desvelo, lo cobijo, le hago sacar el aire... expulsa un erupto tibio...
Pero no se queda dormido, no distingue el día de la noche, como todo dolor neonato.

Suelta berridos, llora.
Es la cruz de mi alma, su nombre, el nombre.

Llámalo, llámalo tuyo. Sólo para que en la carne explote la verdad: dilo, nombralo,
ponle palabras, creale destino.

Este dolor neonato es tuyo y mío.

Jura para siempre, sólo para convencerte de que no es cierto.

O sólo ven, ven aquí, para que te corte las alas con esta espada de la verdad,
para que te inyecte curáre en las venas de ponzoña que traes a cuesta.

Todo se pudre, no hay recuerdo de nada, después de todo.

Toda la hiedra se pega en las bardas, se adiere a las piedras,
crece y perece, es cadáver verde donde pasean las lagartijas,
tendidas al sol...

Ellas creen que el frescor proviene de la vida
y que aquesto durará para siempre.

Pero nada, ni la vida, ni la muerte, duran para siempre.

Ni siquiera la calle Melancolía sigue derecho.
Ni hay faro que no se rompa
Ni templo que no sea profanado.

Nada hay eterno en esta tierra...
y yo, pagana, entregandome al dolor sagrado,
que lo recuento, haciendo mi ritual vouyerista,
voy sóla a la hoguera a ofrecer a mi hijo primogenito (mi dolor)
donde ya sé lo que me espera...

D. Silverstone

1. D. G.

Días negros

Me duele la panza. No sé si por lo que acabo de leer o por las papas con chile que me zampé hace rato en un ataque de frustración.
Las cosas no marchan, simplemente.
Los mexicas tenían 360 días en su calendario regular, más cinco días que eran los días de "mala suerte" en donde la gente procuraba irse por la sombrita y hacer las cosas discretamente, para no perturbar a los dioses y provocar su castigo...
En estos cinco días las mujeres embarazadas no salían a la calle y evitaban asomarse a las ventanas, para que no les diera la luz de la luna y afectara a sus hijos...
Las personas que desobedecían la prohibición se las veían negras.
Así, ayer, cuando ya pensaba que el asunto con mi perra había sido todo, me fui a terminar mis entrevistas en Arquitectura... ¿Y que pasó?
Teléfono que suena:
- Oye, Mayrita, ya sé que soy muy insistente... pero hablé con un doctor y me dijo que es muy importante que te vacunen.
- Si tía, pero ahorita tengo mucho quehacer...
- Andale, ya no te hagas la remolona, vente para acá...
Y mi tía me hizo poner la vacuna de la rabia.
Y cuando salí de la clínica fui a la Escuela de Artes Plásticas, que queda por Xochimilco... Pero en el pesero me robaron el monedero.
Así que allá andaba yo, lejos de la civilización, sin varo, picoteada y con algo de nausea producto de la vacuna antirrabica. De la angustia de saber si podría o no regresar a casa sólo alcancé a hacer una entrevista más.
Pedí un raid al conductor de la pesera y me dejó en el metro más cercano... Menos mal que no me robaron mi tarjeta del metro.
Llegué con ganas de golpear algun muro... Y hoy si tuve que sucumbir a las papas crujientes, pensando en que los profesores que me han negado 10 minutos de su atención son unos bonitos tubérculos a la merced de mis colmillos afilados y mis muelas insensibles...
D.

La hora del parque

El año pasado me propuse ir diariamente a caminar al parque. Llegaron dos señoritas de la Secretaría de Salud a hacer una toma de signos vit...