Darina con alas

Alto vacío

27 noviembre, 2009
A petición de Yareli y Fer, pongo el cuento final que llevé al taller de Creación Narrativa. El título se lo robé a Enrique Serna (por si les suena conocido); en teoría ya tiene las correcciones que se realizaron en el taller, pero cualquier otra cosa que se les ocurra es bien recibida.

Es largo... Así que una vez hecho el anuncio, corto y pego.

***

Escuché un ruido y me llevé la mano a la pistola. Llevaba muchas noches sin dormir. Había perdido la cuenta de las horas y los días. Probablemente el ruido de afuera sólo era un gato saltando sobre el tejado. La coca ya no ayudaba. Al contrario, parecía que cada momento era peor: lleno de sombras cada uno de mis segundos.

Había dejado el departamento que compartía con Adriana para ir a la bodega en donde guardaba la mercancía. Las voces me lo habían dicho y como en otras ocasiones me habían salvado, les hice caso. El ruido crecía afuera. El techo era de lámina y cada gota de lluvia repicaba como un tronar de tambores o un martillar de balas. Se colaba por las rendijas de las ventanas mal tapiadas unas ráfagas de hilo frío que me hacían tiritar. Eso, más el efecto de la droga, que se iba pasando, me provocaba escalofríos que casi me tiraban al piso. Deseaba morirme, que esa estupidez llamada la vida se terminara de una buena vez.

La calle me acechaba. Me escondía de todo, pero sobre todo de los tiras. Los tiras siempre se encontraban en las esquinas de la calle. Nunca faltaban patrullas haciendo sus rondines. Un par de veces me habían atrapado con la mercancía. Ni modo de ir con el chisme que la patrulla tantos y tantos te robó medio kilo de coca.

Ya habían pasado más de dos años desde que me había enganchado. Primero era medio gramo. Me bastaba para hacerme ocho líneas. Ahora era mucho más. Así es siempre. Pero ese medio gramo vale regalarlo un par de veces. Clientes. Invaluables relaciones públicas. Nunca pensé que mis conocimientos sobre relaciones públicas me llevaran a una bodega en la Merced a las tres de la madrugada. Seguía lloviendo.

Quise recordar como había comenzado todo, pero mi cerebro ya no quería reaccionar. Quería dejarse morir, tendido en un charco de agua, imaginándome que las gotas realmente eran balas. En realidad sonaban como ellas.

Ya no tenía sentido seguir así. Cerré los ojos y un último pensamiento me cruzó por la mente: tenía que hablar con el Gamma. Pero eso sería al día siguiente. Si lograba pasar esa noche.

***

Llegué a la casa. Era un departamento encima de una tienda de jarcería, en donde la materia prima eran los limpiadores y los detergentes.

--Al menos olerá bien- le dije a Adriana cuando nos fuimos a vivir allí.

Ella me dirigió una sonrisa amarga, mitad mueca y mitad resignación. Hacía un mes la había corrido su mamá de la casa cuando la encontró con un hombre. Le dijo que era una puta, lo cual no era cierto… del todo. Lo cierto es que ella sólo aceptaba droga a cambio del sexo. Aún era algo selectiva. Al menos en ese entonces. Ahora era mucho menos exigente. Un mes es mucho tiempo cuando estás enganchado.

La puerta principal tenía un candado y cada uno de los pisos tenía una puerta enrejada. Era una zona peligrosa. Adriana le decía a su mamá que vivía en la Balbuena, mitad verdad, mitad mentira, porque la colonia se llama Merced – Balbuena, pero a ella no le había tocado la Balbuena de los burgueses: la que estaba entre bancos y restaurantes. Su parte de colonia tenía más de central de abastos que de zona residencial. Para salir a trabajar tenía que esquivar media docena de diablitos y un par de carretones llenos hasta el tope de jitomates.

A mi me convenía la ubicación, porque quedaba cerca de la vecindad del Porfis. Después de todo, Adriana no tuvo mucho poder de decisión porque yo casi pagaba toda la renta. Él que paga manda. Adriana apenas y ganaba lo justo para ir tirando como dependienta en Mixcalco. Lo cierto es que algunas veces se traía algún trapo bonito. Destacaban entonces sus tetas, como dos fanales en medio de la noche.

Adriana y yo nos conocimos en el IQ, un antro de medio pelo. A los dos nos despidieron de nuestros trabajos casi al mismo tiempo. Ella era mesera. Habíamos logrado un buen acuerdo: yo le daba donde vivir y ella se encargaba de que mi vida no se cayera en pedacitos. Su risa fuerte, sus calzones en la regadera, el ruido de los trastes en el fregadero me hacía recobrar un poco de la conciencia que podía preservar entre las pesadillas que me acechaban: monstruos sin cabello, lisos y húmedos, venían a atraparme. Me acechaban por las noches, sin darme tregua. Como el departamento no tenía ventanas me arrastraba por los vanos de las puertas, buscando una rendija de aire que respirar. Pasé tantas noches así que llegue a aprenderme las grietas departamento: auténticos pasadizos al infierno.

El peso insoportable de esos años que llevaba en medio del vómito citadino me llegaba entre los flashazos de lo que era mi promisorio pasado, cuando trabajaba en la agencia de publicidad. Todo lo que había perdido. Todo lo que tiré a la basura.

Eran las seis o poco menos. Lo único que alumbraba la penumbra de la escalera era un foco sucio, de luz amarillenta y titilante. Ando de puntillas, sin querer despertar a Adriana. El grifo de la cocina está abierto. Veo el agua en el piso, por todas partes. Y esquirlas de vidrio en el piso. Me detengo a empujar un trozo del vaso roto, que golpea la mejilla de Adriana, que yace inerme en el piso. ¿Qué pasó?

No tengo que tomarle el pulso. En cuanto le doy vuelta y veo sus ojos vidriosos sé que está muerta. Pero no fue una sobredosis. Su cuerpo desmadejado parece tener señales de lucha. Adriana no es muy alta, pero es bastante fuerte. Lo era, al menos. Seguramente se defendió. Al verla allí tirada, sin vida, sólo tengo una cosa en mente: matar a su asesino.

***

Llegué esa noche al IQ, el Picas, guardia en turno, me dejó entrar sin mayor trámite. No sé si alguien más le llamaba el Picas, pero así le decíamos Adriana y yo porque era extremadamente gordo y su cabeza terminaba en una especie de punta que acentuaba con gel en sus pelos cortos.

La luz estroboscopia mantenía al IQ en una especie de animación suspendida. Mientras unos bebían y otros bailaban, las imágenes quedaban grabadas. Era como ver muchas fotos repetidas, una tras otra, de la misma escena, con leves variaciones: aquí un brazo, aquí una pierna, allá un cigarro encendido que antes no estaba.

Atravesé las mesas con la agilidad que me daban tres líneas. Cuando estás al cien, piensas todas esas terribles posibilidades mucho más rápido y las deshechas así de rápido. Pero vuelven.
Entonces los ojos fríos y abiertos de Adriana, que se negaban a cerrarse, me siguen
persiguiendo desde el piso del departamento.

Pensaba que el asesino de Adriana podía haber sido Gamma, pero no sabía donde encontrarlo. Gamma nunca estaba disponible, porque era él quien te encontraba a ti. Si quería, cuando quería.

Vi a un hombre que se parecía a Gamma. Pero no sabía si era él. Después de otra copa, todo era ligeramente brumoso y no podía distinguirlo. Sólo cuando preguntó:

- Eh, ¿quién murió que traes esa cara? – entonces supe que era Gamma: siempre había sido un pendejo.

Salimos. Llovía. A pesar de todo el Gamma tenía escrúpulos y nunca hacía sus negocios dentro del IQ. Vendía, sí, a veces. Una grapa o dos. Pero las cosas grandes, lo que debía ser tratado de forma especial era en el callejón de atrás del IQ. Un basurero que parecía estar tapizado con carteles de luchas. Era innecesario poner esos carteles allí porque nadie los veía. Pero allí estaban: formaban una capa grasienta y mugrosa, un papel tapiz de miseria que se amontonaba capa tras capa. Esa era mi mesa de negociaciones.

- Querías verme, wey.
- Sí. Pasó algo.
- ¿Ahora qué?- la cara de fastidio, Gamma no estaba para minucias. Era un hombre ocupado, de negocios.
- Adriana está muerta.
- Encárgate.

Era un cabrón, además de pendejo. Mezcla muy mala, pero da resultado. Alguna vez había ido a visitar a Adriana demasiado ebrio como para coger. Ella lo dejaba juguetear entre sus tetas mientras yo escuchaba los esfuerzos del pobre diablo por venirse. Su rostro pringoso era poco menos que vomitivo, pero Adriana era gentil como una madre bañando a un cachorro. Después de todo eso lo calmaba. Se quedaba tranquilo y al día siguiente nos regalaba un poco más de coca a todos. Espléndido.

- ¿Sabes quién fue?- me dijo después de un silencio espeso.
- No. Llegué y estaba así.
- ¿Quieres saber?

Alcé los hombros, como si me diera igual. Me había hecho una raya antes de salir del IQ. Así sería aún más sencillo. Siempre que te vas a retirar del juego, conviene una última esnifeada.

- Me voy.
- ¿Y el Porfis? ¿Y los bissness?
- Está todo saldado. No le debo nada a nadie. Y quiero irme.
- Hay un cuerpo en tu departamento, te puedo echar a la tira cabrón. No te vayas.
- No te pongas sentimental. Sabes que estamos en lo mismo. Caigo yo y te llevo entre las patas, wey.

Vi brillar la pistola del Gamma en su cinto. También yo llevaba la mía. Me pareció un buen escenario para morir enfrente del cartel que anunciaba una nueva pelea de Blue Demon Junior contra Máscara de las Tinieblas. Con la lluvia, pronto no quedaría ni rastro.

Gamma no sacó la pistola. Sólo sonrió. Una sonrisa sucia que me dejó ver su dentadura podrida y amarillenta.

- ¿Tienes fuego?
- No.

Sacó un cigarrillo, sin ofrecerme uno a mí. Lo prendió con un fósforo y se quedó fumando bajo la lluvia. Supe que entonces todo había terminado. Me di la vuelta. Me daba igual lo que pensara. De todas formas mi vida ya era bastante miserable y morir con un tiro por la espalda no cambiaría ninguna cosa. Casi quería sentir el olor a pólvora en el aire. Dicen que cuando una bala te da nunca la escuchas. No la escuché esta vez. Seguí caminando. Cuando me di cuenta, ya estaba de nuevo en mi departamento. No me dolía nada. Después de todo, Gamma era un cabrón y un pendejo. Pero no era mal amigo.

***

La casa de la playa era viejísima, parecía estar hecha de madera podrida, por lo apolillado de sus vigas. Sin embargo no tenía tantos años. Era quizá el agua, el sol. Todo lo desgastaba dejando un acabado antiguo, casi como un barco hundido que hubieran rescatado de la tormenta para mandarme a vivir allá.

Lejos de todo. Incomunicado. En las cercanías sólo vivía una vieja vecina, la señora Flores, que de vez en cuando me iba a ofrecer una taza de te. Me hacía falta el té porque los primeros días tuve arcadas y quería meterme al mar y no salir. Pero me ataba con vendas a la cama y seguía vomitando. Fiebre y delirio. Flores rojas como la sangre del piso, esparcida como gotas de sangre.

- ¿Quieres pastel? Suele acompañar bien al te de jazmín.

La voz de la señora Flores llegaba desde lejos. Ya estaba mejor. Ahora caminaba diariamente por la playa. Mis padres seguían enviándome dinero. Había pasado tiempo, aunque ya no sabía cuanto, porque nunca tuve ni reloj, ni calendarios. Recordaba las volutas de humo sobre el póster de Blue Demon, pero había sido un sueño. O una película. O tomé demasiado té de jazmín.

La señora Flores me miraba con su sonrisa desdentada y no dejaba de agradecerme por haber pintado su casa de blanco. Ese blanco que antes me traía tantos recuerdos. Los espejos. El humo. Las jeringas. Todo el IQ estaba decorado de blanco.

Llegué a inyectar a la señora Flores alguna vez. Ella estaba muy anciana como para bajar al hospital a buscarse una enfermera que le diera sus medicinas. Era diabética y cuando se ponía mal ni siquiera podía hacer eso.

- No sé que haría sin ti. Eres una bendición del señor.

Bendiciones, sí… estábamos llenas de ellas. Un ventilador verde que zumbaba en el techo de mi casa, agitando el aire caliente sin refrescar. Esa arena gris y mugrosa, llena de petróleo. Ese mar grasoso, que se agitaba frente a mis ojos. Miles de millones de latas, bolsas: un paisaje admirable.

Le sonreía a la señora Flores y la miraba. Su cuello arrugadito y frágil, sus tetas colgantes que debieron ser apetitosas alguna vez. ¿Cómo las de Adriana?

Hacía un tiempo que no pensaba en ella.

- ¿Tiene fotos de cuando era joven, señora Flores?
- ¡Ah! Si… tengo algunas. ¿Quieres verlas?

El calor seguía metiéndose por la ventana. Se calor pesado que se viene con la marea del medio día. No quería moverme y hasta ver a la anciana moverse me daba vértigo, como si sacara de control las cosas que se veían perfectamente bien desde la mecedora de mimbre en la que estaba.

Cuando la vieja regresó, me encontró con los ojos cerrados. Tal vez por eso me sorprendió más al abrirlos y ver su foto en traje de baño: ese par de tetas, como dos fanales de auto, apuntando en la noche ciega de un mar oleaginoso.

- Sé que es una foto atrevida, pero… ya sabes, cuando uno es joven se cometen tantas locuras… - dijo la anciana riéndose por lo bajo.
- Si, lo sé- me surgió una sonrisa cálida.

En serio sentí esa sonrisa expandirse por mi rostro, mientras mis manos se acercaba al cuello de la señora Flores y apreté su cuello hasta que hizo “crack” sin más escándalo que el de un pollo. Era maravilloso tener el control. Era fantástico tener la vida de una persona entre las manos. Ahora todo era tan claro…

Luego me metí al mar grasoso y turbio. Hacía un calor de los mil demonios. Pero estaba contento. Al fin había descubierto al asesino de Adriana.

D.

3 comentarios:

Indigente Iletrado dijo...

Me gusta.

Te habrías divertido en mi clase de Narrativa. Sólo no seas tan insoportable como el Pelón criticón que el grupo entero quiere quemar.

fher dijo...

Me encantó, niña. Quiero más!!
Gracias por subirlo...

Besos

Darina Silverstone dijo...

Indigente:

Seguramente tu clase era bonita. Creo que no soy tan insoportable.

Fher:

Luego te envío más cuentos. Un abrazo.

D.