Ayer se me perdió el monedero. Creo que fue en el taxi. Buscaba el cambio para pagar el viaje nocturno que me llevó a casa de Luis, donde me quedé dormida como cuatro horas antes de partir con rumbo a mi casa, como a dos horas de camino.
Lo malo fue que cuando me subí a la pesera que me llevaría al metro más cercano e intenté pagar, sólo llevaba un billete de 50, escondido entre las credenciales y las tarjetas de presentación que siempre cargo... Pero cuando el amable chofer me solicitó que me identificara, entre las brumas de mi cruda, sólo acepté a decir que no tenía ni idea de en que lugar de Ecatepec (creo que si era ese municipio, todavía) me había subido.
No tomé tanto, creo. Después de todo mantuve una bonita y estropajosa conversación de regreso a casa de Luis, sobre cuestiones laborales.
Hoy dormí un poco, también tomé mucha agua...
Recordaba que, al llegar a la fiesta, demasiado temprano, me había comprado un refresco de manzana y estaba afuera del local tomando, cuando pasó uno de los vecinos de la calle y me saludó.
Yo creo que me confundió con una conocida.
Mi mamá asegura que probablemente pensó que era una prostituta en busca de cliente. (No lo dijo en mal plan, es su interpretación de las oscuras pretenciones masculinas de desconocidos en la noche)
Quizá si le hubiera hecho la plática, en lugar de perder el monedero, habría llegado a casa con más dinero del que tenía al salir...
Uno nunca sabe, me pierdo en los laberintos de las posibilidades de los senderos que se bifurcan.
Perdí el monedero.
Estaba un poco triste al regresar a casa.
Pero ya estoy mejor.
Pasé mi dinero a una cartera bonita.
Y mañana será otro día.
D.
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