Costras de colores

28 abril, 2007
Un enorme gusano se agita, se retuerce, se parte en dos. Tenemos que hacer un esfuerzo enorme para diferenciar. Esa masa que avanza a un mismo paso por los estrechos túneles está compuesta de rostros: cientos, miles de rostros que tienen distintos caminos, a pesar de que ahora se encuentran todos dirigiéndose hacia la misma salida del paradero de Pantitlán: sólo guiados por el olor de los tacos de suadero que rompe la tranquilidad de la noche de octubre.

El olor de los tacos sube por las escaleras verdes y sucias del metro: se confunde con el sudor de mil cuerpos, con las aguas podridas de lo que antes fuera un río y ahora es un drenaje público. Sin embargo la mezcolanza no es del todo desagradable; produce un vaivén dulzón en las tripas de quien lo olfatea. En esa estación convergen docenas de rutas de microbuses y cuatro líneas del metro, así que son muchos los que ya se han acostumbrado.

Las paredes del paradero están tapizados por una costra gruesa de carteles de peleas ya pasadas: el Enmascarado de Plata Júnior contra el hijo del Blue Demon, La Parka contra el Asesino karateka. Estos carteles de papel corriente se han unido tan fuertemente que ahora son una especie de cartoncillo que se descarapela en costras de colores.

En el piso se observan marcas de miles de pies y miles de zapatos: tacones y botas, tenis y mocasines que han llegado a pulir el mármol de tercera hasta dejarlo impecable. Los vendedores ambulantes están a la orden del día. En la intersección de la línea 9 con la línea “A” se colocan desde temprana hora se coloca un niño moreno con su puesto de pepitas, caramelos, chocolates. Más tarde llega el relevo: un muchacho que parece apenas unos años mayor y extiende una manta llena de películas: la mayoría de ellas son estrenos en coloridas envolturas de plástico y papel con sus títulos correspondientes.

De entre las películas destacan algunas por los brillantes coloridos de las portadas; las de Disney con letras grandes y rojas; las de acción tienen armas y poses convincentemente atractivas en tonos azules. Hay de todo:
- Para el niño y para la niña. Se va a llevar la bonita promoción; el bonito regalo para la señora o la señorita.

Bonitos relojes que destellan desde sus filos plateados o dorados.
- A 50 pesos el que le guste, damita, caballero.

El muchacho que se encarga del puesto ambulante de películas viste una camiseta azul con una línea blanca y roja. Trae puestos unos pantalones de mezclilla que se bajan mostrando sus boxers grises cada vez que se agacha a recoger una película. Ahora se encuentra acomodando las XXX.

Un hombre trajeado de gris que se ha quitado la corbata ante el calor asfixiante del metro detiene su paso y le hace una seña al vendedor de películas. Le dice algo inaudible y el vendedor con un ágil movimiento de manos, digno de un prestidigitador, toma del montón de películas XXX un título que bien podría llamarse “Tetonas y Calientes” o “Las mejores mamadas del año” y se lo da al hombre de traje.

Éste saca una cartera de piel negra y un billete de 50 cambia de manos, sin que el ritmo de la vida se altere en absoluto. El hombre de traje desliza por una ranura del portafolios la película y se funde en la masa anónima que avanza rumbo al paradero, tratando de evitar a las parejas de amantes que tratan de alargar el tiempo que comparten: la noche va cayendo y se acerca la hora de las despedidas trágicas.

Ya sea una pareja de novios que explora con manos tímidas entre la ropa, o unos experimentados amantes que se tienen que ir cada cual a su casa con sus respectivos cónyuges, la despedida siempre adopta tintes de drama. La tarde muere en el cielo de octubre y la llegada de la noche sería buen refugio para esas caricias que anidan en las manos. Se tienen que conformar con besarse a un lado de los torniquetes de salida, mientras otros transeúntes tratan de apartar las miradas.

Sea por envidia o por recato es difícil que alguien se quede observando a las parejas que se despiden en el paradero. Si alguien lo hace sería el policía de azul que vigila que nadie se cuele de a gratis en el metro.

Este hombre, con la paciencia de un soldado inglés, deja pasar a los ancianos, discapacitados y trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo que así lo acrediten. Su mirada es casi vacuna, parece vagar entre las luces de neón que alumbran esa estación a la que ha sido asignado.

No puede dejar su puesto para charlar con la vendedora de boletos, de quien lo separan apenas un par de metros, pero a la que desde hace mucho tiempo mira: la forma en que se acomoda el cabello, cuando habla por teléfono, cuando se enoja porque le dan billetes de a 200 y no hay cambio.

Ella no corresponde las miradas, ocupada siempre como está en contar las resbalosas moneditas de a peso y dos pesos que llegan a sus manos. Se cuida las uñas en las horas muertas de la tarde y con una lima trata que el esmalte francés le dure otra semana. Ahora la fila es interminable y ella le hecha una mirada a su lima que está junto a otro montón de boletos: tendrá que esperar.

La fila en el paradero debería ser más corta por la noche, así que la muchedumbre se impacienta: todos tienen ganas de llegar a casa, están cansados, sudorosos. Tienen el maquillaje desteñido y las medias corridas. Tienen las corbatas sueltas y los pies hinchados. Han tenido que ordenar mil cosas. Han tenido que archivar, pegar ladrillos, dar y recibir ordenes. Con suerte les tocará un asiento verde o azul en el metro. Con suerte el pesero saldrá justo en el momento en que lo aborden. Con suerte.

El mar de gente se escurre por las escaleras como si se tratara de una diálisis: unos iban hacia “Neza Bordo”, otros hacia “Esperanza Palacio Izcalli”. Todos los rumbos del orbe parecían enunciarse en esas cartulinas negras pintadas de garabatos psicodélicos en colores chillantes: rosas, morados y amarillos. Un letrero verde limón aquí y otro de brillante mandarina por allá.

Los voceros de las rutas son seres huidizos: en la Gigante Iztapalapa hay un hombre de bigote hirsuto y ropa desteñida. El jirón de camiseta le cuelga como un jergón sucio. Sus manos revelan que también ejerce el oficio de mecánico “cuando se ofrece”.

El pesero de siempre aguarda a que la diálisis termine. Espera gota a gota que el mar de gente llene su unidad. No tiene prisa. Prende el radio y al rumor de las despedidas de los amantes se une la música de cumbia que sale del radio. Es una canción vieja que han reescrito para adaptarla al ritmo del güiro.

Para el chofer del pesero es imposible saber si esa persona que aborda su unidad es una secretaria o una puta, o una mezcla de ambas. Tampoco sabe si el muchacho desarrapado que trae un arete en la lengua es estudiante o asaltante. Poco importa, mientras le paguen los dos pesos con cincuenta centavos del pasaje.

El chofer debe tener unos 40 años, es canoso, lleva la camisa blanca reglamentaria de la ruta 53, con un águila feroz bordada en el hombro. También a él se le ha revuelto el estómago con la mezcla de olor a tacos de suadero, agua revuelta, sudor del día y gasolina. Al parecer algo anda mal con el motor, pero después de andar por el paradero de Pantitlán la muerte no parece tan mala expectativa.

El paradero es una herida abierta, supura pus la sociedad enferma y se seca cada noche dejando costras de colores en la negra piel de la ciudad dormida.

3 comentarios:

John Bauer dijo...

me gusta, solo que hay un problema: no narras, describes nada mas.

Igual, describes muy bien, jejje, ya quisieramos muhcos, jeje

Darina Silverstone dijo...

Ja...

Es que no quería repetir el verbo "Describir"

Pero si... caray, tienes razón.

Lo cambiaré, no te apures.

Un abrazo.

D.

John B. dijo...

jiji, no, tu no te apures.....