Darina con alas

Los calientes

10 enero, 2010
Sarah dejó una gran bolsa en el suelo. Contenía dos cajas de focos, un desatornillador nuevo, alcohol para el botiquin, una caja de cerillos, velas y hasta un par de almohadas. No quería ser de esas recién casadas que no saben ni quitar un tornillo o que se quedan sin luz en la primera noche en la casa nueva.

Sarah no le había dicho a Saúl que llegaría con cosas al departamento nuevo: cuando les entregaron las llaves, cada quien se quedó con un juego y acordaron ir llevando las cosas poco a poco, sin presionarse...

Al final de cuentas, Saúl llevaba más cosas, porque tenía una camioneta y Sarah ocupaba casi todo el tiempo en planear la boda... aquella cosa "pequeña y familiar" que se había convertido en un monstruo que amenazaba con acabarle la vida.

Desde hacía meses parecía no tener tiempo para nada: había llevado a cortar y pintar a mano la tela de su vestido, probó diez clases de pasteles diferentes en cinco pastelerías distintas, armó listas de invitados, distribuyó a la gente con tacto y diplomacia, cuidando que ninguna de las viejas rencillas acabara en la misma mesa...

Sarah estaba agotada.

Pero a tan pocos días de su matrimonio, su amiga Adela le contó que al regresar de su luna de miel tuvo una fuerte discusión con su nuevo marido, porque no había puesto los focos de los baños y la cocina.

Preocupada de que algo fuera a empañar su felicidad, Sarah había salido ese día a toda prisa del trabajo para llevar focos de repuesto... por más románticas que fueran las velas, no estaba dispuesta a empezar su nueva vida con falla alguna.

Y sin embargo...

Tras abrir la puerta, Sarah notó que había algo mal.

Sólo tuvo que dar una vuelta a la llave, a pesar de que la chapa requería 3 vueltas, al menos, para abrirse.

Luego, sobre el sofá nuevo, encontró un portafolios sospechoso. Pero no tan desconocido. Era el portafolios de Saúl.

Y, desde el cuarto, el claro sonido de un martilleo. Sonidos ahogados, gritos que estaban por estallar.

Llevó el ojo a la cerradura y la visión de dos cuerpos la cegó, como quien prende de golpe una luz y te deja las pupilas dilatadas.

Abrumada, su mente fue de nuevo a los cerillos.

Puso una silla para atrancar la puerta.

Rompio las almohadas, las empapó de alcohol y las hizo arder en la sala, fue tirando a su paso todo lo que encontró, para que aquello que se quemara rápido.

Le echó una última mirada, antes de cerrar la puerta, a aquella fogata improvisada y pensó que, afortunadamente Saúl era un hombre muy cuidadoso y había puesto el seguro del departamento a su nombre.

D.

3 comentarios:

Marisol Irais dijo...

Menos mal...

Darina Silverstone dijo...

Marisol:

Dice J. que ya no me va a contar nada, porque luego ando usando las historias para inventar cuentos...

Esta es sólo medio inventada. Lo del prometido infiel es cierto.

Lo del incendio no.

D.

Juan dijo...

uhmmm... interesante texto tomando en cuenta la fuente!!!

me gustó =D