Darina con alas

Cortinas

19 abril, 2013
Últimamente tengo un lío con las cortinas. Unas son demasiado oscuras y otras demasiado transparentes. Las ventanas no saben que hacer sin cortinas, se desvelan en sus afanes luminosos: se dejan apreciar, desnudas y sin pudor, con sus biseles de alumino dispuestos a ser inspeccionados.

Pero están esas cortinas verdes, que son celadoras de la privacidad y han  decretado ley marcial en el cuarto de huéspedes: difícilmente uno puede distinguir el día de la noche...

Y esas cortinas rojo sangre que cuelgan en la ventana que da al cuarto que era de mi hermana: parecen aparentar la iluminación que hay dentro del vientre: un rojizo resplandor que no se apaga nunca, que permanece vigilante, en espera de que el día nazca y nos arroje a sea luz brillante y cegadora.

¿Qué se puede hacer con esas cortinas que llevan años en el estudio, con una antigua escena chinesca o pastoral? Mujeres pasean con sombrillas entre huertos de cerezo, con la diferencia que todo está en tonos azules y blancos, volviendo muy extraña y surreal la escena...

Por esa cortina pasea mi gato diariamente y se encuentra sucia y percudida, de tanto soportar las pasadas de Latte por entre su tela.

Latte también disfruta en enredarse con la cortina del comedor: un blanco tablero lleno de frutillas rojas, dispuestas estratégicamente: una casilla sí, una casilla no.

Esa cortina nos protege parcialmente de la vista de los vecinos, que podrían descubrirnos con sólo salir al balcón: pero allí encuentran la custodia fiel de las cortinas, evitandolos...

El cuarto de mis padres no sólo está resguardado por cortinas: un denso follaje de palmeras esponjosas y profusamente verdes está delante de su ventana... pero las sencillas cortinas de color crema son el segundo obstáculo a vencer, cuando la vista curiosa de algún desconocido quiere adentrarse dentro de casa.

Mis cortinas no tienen nada en especial: unas flores moradas y unos arabescos... aún así, cuando las elegí me hice cargo de que fueran del grosor adecuado...

Divino privilegio, de resguardar lo que no debe ser visto, de custodiar lo privado, de permanecer vistiendo las ventanas, para volverlas no dólo un ojo que todo lo mira, sino un espacio que (a voluntad) vela y desvela sus secretos.

D. 

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