Darina con alas

La mecánica del dolor

14 agosto, 2013
Cuando la persona que más te ha hecho llorar en la vida te pregunta: -¿Qué tal está este texto que escribí?- y resulta ser sobre las lágrimas, no deja de ser un poco inquietante.

Te preguntas entonces, ¿de dónde surge ese mar caliente que brota por los ojos?, ¿cómo parar el mar de mocos que se escurre de la nariz sollozante? ¿cómo detener ese estertor que te recorre todo el tiempo? y sobre todo... ¿cómo es que no lo nota al escribir un cuento sobre las lágrimas?

El tono jocoso del cuento no puede engañarme: la anécdota era de un hombre excesivamente sensible, pero detrás había una incapacidad tácita de entender la mecánica del dolor.

Intento recordarme llorando. Antes de volverme "un mar de lágrimas", recuerdo ese cosquilleo en la boca del estómago que sube rápido y se convierte en un ardor en los lagrimales. Viene luego el torrente que se desata  lento,  como la fisura pequeña en una presa y luego se convierte en torrente, como cascadas del Iguazú.

Con la caída de las primeras lágrimas casi siempre viene una falta de aire: respiras más rápido y el corazón se agita. Los hombros suben y bajan, sientes que no respiras muy bien, pero cada bocanada o cada respiro sólo incrementa el fuego de la tristeza, como si estuvieras haciendo crecer una hogera de llanto.

La nariz se congestiona, no sé por que terrible razón a la par de la lagrima escurren mocos, las más de las veces transparentes, a menos de que tengas un resfriado no declarado: el color puede ser distinto.

La sal de las lágrimas y los mocos te llega a la boca: el sentimiento de ahogarse aumenta. Es difícil concentrarse en la causa original de la tristeza, pues a esas alturas literalmente te estás ahogando.

¿Cómo se apaga esa tristeza? Quizá como el fuego, se sofoca a sí misma. Se queda sin oxígeno, se agota. El cuerpo se rinde al cansancio de llorar. Los ojos se quedan sin agua. La nariz se reseca y en sus grietas quedan rojas líneas que parecen reproducirse hasta las venas en los ojos rojizos e hinchados.

Se sacia el alma con las lágrimas, se riega y empieza de nuevo el mecanismo a girar, hasta el próximo derrumbe.

D.




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