Darina con alas

49

23 julio, 2014
No recuerdo cuando fue que el concepto de belleza llegó a mi vida.

Recuerdo, sí, que en los cuentos de mi infancia había princesas "muy bellas y muy generosas" o cuya "belleza sólo se equiparaba con su bondad".

Pero nunca tuve una idea clara de como debían ser estas princesas, alejada como crecí de la televisión o las telenovelas; también en mi mundo abundaban los monstruos peludos, los animalitos que hablaban, las figuras geométricas en busca de aventuras...

Y el ideal de belleza rubio, de ojos azules, de piel blanca y complexión delgada no llegó hasta mucho después.

La secundaria, sin más, la viví sin aspiraciones de belleza. Había, cierto, chicas guapas que ya se pintaban los labios y se subían la falda. ¿Mi idea? Salir de la secundaria con diez de promedio, ser abanderada... Otras cosas. Quizá sí, robarle un beso a ese muchacho que me gustaba. Pero no, ser bella no era una aspiración.

Tampoco en la prepa me preocupé por alcanzar los ideales de belleza. Aunque varias veces me secuestraron compañeras bien intencionadas, preocupadas por lo que haría un labial, un delineador o una combinación de sombras... nunca tuve esa transformación radical que saca a las puberes convertidas en mujeres.

El comentario más halagador que le saqué a mi padre de mi transición de niña a adolescente fue "te ves muy espigada"

Mi madre, más directa, dijo: "No eres ninguna reina de belleza, pero tampoco eres un monstruo".

Ante la duda...Concentré mis esfuerzos y desvelos en ser lista. Así no había pierde. "Ah, que chica tan lista" "Que joven más inteligente",

Eso es más sencillo.

Pero en el mundo real te reclutan mirandote completa: entonces la imagen personal comenzó a ser tema de preocupación.

Aunque nunca he llegado a contar calorías, llegó un día en que si comencé a mirar la báscula y pensé... Si tan sólo pesara 49 kilos.

Resulta que 49 kilos es lo que me corresponde pesar según mi IMC, en relación a mi edad, estatura y género.

Estaba yo lejos de eso y siempre iba en la báscula entre los 55 y 53 kilogramos.

Pero este año, de manera determinada, lo logré. El fin de semana me armé de valor y me pesé. 49.

Pensé que me iba a sentir dichosa. Pero no. Sigo viendome al espejo casi igual, como si siempre quedaran aspiraciones: ahora quiero un abdomen más marcado, no me gustan mis brazos, me encuentro manchas que no había notado en la cara.

El famoso 49 no deja de ser un espejismo de un ideal de ser bella que las mujeres no alcanzamos. Aparentemente una cifra, un objetivo cumplido, nos haría felices.

Pero no, siempre podremos encontrar otra cosa por criticar, algo que "perfeccionar" y las empresas confían en que siga siendo así, porque van a llenar ese hueco en nuestra autoestima con fajas, masajes reductores, cremas aclarantes, dietas de la luna, milagros patentados.

Hoy quiero mirarme por la noche y percatarme de nuevo del lunar que me gusta en mi hombro. Del color de mis ojos, que me gusta; de los cuatro hoyuelos que se me forman en las mejillas; de lo brilloso que es mi cabello y lo lindo que crecen mis uñas.

Quiero darme tiempo de mirarme y sonreír.

D.

1 comentarios:

Espaciolandesa dijo...

Al contrario de ti y sin que pueda precisar de dónde lo saqué (quizá de esas vecinas mezquinas a las que aún les tengo algo de rencor que se burlaban de mí por gorda y me restregaban en la cara su talla 7), yo si crecí con ese ideal de belleza muy marcado: ser delgada.

Y nunca he sido delgada. Ni siquiera ahora que he perdido ya 16 kilos. Y como dices, alcanzar el ideal de belleza es un espejismo.

No sé si logre llegar a mi peso ideal y no sé cómo me vaya a sentir.

¿Y si no es como creí toda mi vida que sería?

Y en lo personal me molesta que tales ideales, de alguna manera, se nos exijan sólo a nosotras.

Pero bueno, ya me voy porque ya voy a empezar de amarguetas :P