Darina con alas

Zapatoterapia: una visión desde la altura

03 febrero, 2015
No sé quien salió más dañado. Supongo que como en esos accidentes aparatosos revisamos el daño y cada quien se fue a su casa.

Pero no exactamente.

Yo me fui a comprar zapatos.

Mi relación con los zapatos es confusa. De niña sólo quería unos zapatos negros, de charol, con moñito.

Siempre tuve toscos zapatos que duraban mucho y eran de piel, para bolearlos inumerables veces.

Me gustaba el olor de la cera para zapatos y era muy fan del anuncio de Colorfield. "Greñas me ayudó".

Más tarde viví la revolución de las botas industriales y era muy feliz con zapatos chatos, mientras más chatos y cómodos mejor.

En la universidad iba con huaraches, porque mis jeans raídos y mis blusas de manta hacían juego. De vez en cuando sacaba mis zapatos tanque, aún sin bolear.

No recuerdo mis primeras zapatillas, no tengo una fijación con ellas, pero en algún momento de la vida necesité zapatillas y me parecieron una tortura innecesaria.

Justo ahora calzo unos botines de ante azul, que me parecen el equilibrio perfecto entre femenino, cómodo, abrigado, alto...

Pero ese día, con una carga emocional que no sabía si era orgullo, coraje, satisfacción, deseo, miedo, fui a comprarme zapatos.

Una vez dije que iba a comprarme zapatos y fui a darme unos besotes con un abogado que recientemente había conocido. Llegué cuando ya casi cerraban las zapaterías y compré unos zapatos negros por puro compromiso. Así que ya aprendí que esa es mala estrategia.

Esta vez me escapé temprano y, sin darme vuelta atrás, dejé esa relación en el pasado. Nadie fue a buscarme. Me sumergí en una lista mental que tenía pensada desde antes...

¿Necesitaba zapatos de piso? ¿Negros, de colores?

Me dejé seducir por unos zapatos de print de cocodrilo, en forma de zapatillas, pero con tacón suficientemente ancho para no morir en el intento de caminar con ellos por Reforma.

Me compré unos zapatos amarillos, porque nunca sobra un poco de color en esta vida.

Me compré unos flats de gamuza morada, porque me encanta ese color.

Unos zapatos bajos de ante blanco, porque hay que dejar espacio para lo inesperado y el diseño me sedujo.

También adquirí unas botas de remate en 200 pesitos. (Lástima, poco después de caminarla noté que me apretaban)

Zapatos de niña, lila con blanco, con un coqueto adorno en plateado que podrán lucir bien en cualquier sitio.

Y estos botines de gamuza azul, con puente... que son mi adoración.

Soy muy mala eligiendo con quien compartir mis días, pero me gusta elegir zapatos.

Respiré hondo, me puse en pie, di el siguiente paso hacia el futuro: con zapatos nuevos.

D.

1 comentarios:

Gabriela Esteva dijo...

¿Siete pares de zapatos?
¡Guau!