Un libro en la fuente

29 abril, 2011
Estoy por terminar Leviatán. Pero ayer, cuando apenas cerraba el libro, pasé cerca de una fuente y me dieron unas ganas enormes de tirarlo. De que la dedicatoria que tiene en la primera hoja se deslavara, de que las páginas del libro se hicieran un mazacote irreconocible...

Pero más que nada, lo que me atraía era la idea de dejar la historia sin final. De saber que ese final existía, pero quedaba ambiguo, inalcanzable, inexorablemente perdido.

Cuando pienso de manera abstracta en el suicidio también pienso en eso: en la cantidad de especulaciones que hace la gente cuando mueres. Todos tienen una versión de por qué, pero en realidad el único que sabe yace en una caja. Apagó la luz, se quedó dormido, ya no despertó.

Se hundió en las posibilidades, en los mundos imaginarios, en el sendero de los caminos que se bifurcan; se cubrió de arena, de polvo, de tierra, de lodo, de agua. Se colgó de un puente, se tiró a algún río, se pegó un tiro, bailó con la más fea, expiró.

La muerte, inexorable llegó y lavó la tinta de su historia, sin que alcanzaramos a leer el final, sin saber si sería feliz, desdichado o pasaría el resto de la vida cantando canciones de Gardel, recordando a aquella mujer, pensando en el camino que recorrieron juntos, en el hijo que nunca tuvieron, en el cuarto de hotel que daba al reloj de Pachuca o la chamarra amarilla que se perdió en una calle... Esas historias no llegó a contarlas, porque no cabían en la nota suicida.

Nadie contará nunca esas historias. Nadie sabría el final de la novela si la hubiera tirado al agua...

Pero no lo hice.

Porque a veces siento que continúo viva por la morbosa curiosidad de saber... ¿Que viene en la página siguiente?

D.

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