Darina con alas

En el límite

28 septiembre, 2012
Cuando era niña los límites de mis dominios llegaban hasta donde terminaba la colonia. Más allá estaba "El puente" y luego ese territorio desconocido e inexplorado de "Neza".

Para mí, Neza era simplemente un espacio "cruzando el puente", pero no tenía ninguna connotación negativa. Incluso después, cuando la mayor parte de mis compañeros eran de Neza, me adentré a las calles principales y me movía con relativa facilidad para llegar a casa de mis amigas.

En realidad, pese a algunas advertencias no muy específicas de mis padres (no llegues tarde, no andes sola, ten cuidado), no encontré prejuicios sobre "Neza" hasta llegar a la universidad. Allí fue cuando, al mencionar la ubicación de mi casa, corrían unas miradas compasivas dirigidas hacia mi persona, seguidas de un rápido cambio de la conversación.

Tan determinante parecía el habitar en tal o cual zona de la ciudad, que llegaba uno a pensar que se trataba de algo definitivo. Aún así, a lo largo de mi vida como estudiante había conocido a mucha gente trabajadora: empleados, obreros y profesionistas, los esforzados padres de mis amigos. El objetivo en común de los nezayorkinos que conocía era lograr que sus hijos tuvieran educación.

Aún así, el estereotipo de las personas de cierta zona de la ciudad me llevó a aclarar, después de un tiempo de soportar silencios incómodos, a explicar  que yo vivía "en el límite", es decir, aún dentro de la división política del Distrito Federal. Un leve suspiro escapaba entonces de mis interlocutores. Me pasaban de una canasta de "Fallido" a "en revisión".

Lo que muchas veces intenté averiguar fue: ¿era realmente eso determinante? ¿mi código postal les decía algo de mí? ¿la cantidad de focos en mi techo me hacía una compañera elegible y aceptable?

Dicha distinción me resulta molesta y casi intolerable... pero aún así, siempre caigo en el juego. Ahora cuando me preguntan. "¿Por dónde vives?" murmuro un muy ambiguo "cerca del aeropuerto".  

Sin embargo la realidad parece cercarnos cada vez más, lo que resulta cada vez más preocupante. Hay días en que sí siento que vivo en el límite, como si la tierra fuera a desmoronarse a mis pies o estuviera al borde de un estallido. Quizá siempre he vivido en el límite y soy yo la única que no quiere darse cuenta.

D.

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