Eventualmente los juguetes de la infancia se pierden. Se regalan. Se rompen. Se van.
Todos los juguetes: ese pequeño tigrecito que sirvió para hacer una función de circo, la tortuga de ojitos azules que pestañeba, el bebé que quedó sin cabello y adoptó por extensión el nombre de Pebbles...
Payasitos y cajas de música quedan olvidados. Pero por alguna razón, queda un baúl lleno con unas alevosas Barbies, que guardaron su status junto a sus zapatillas y sus vestidos de noche comprados en el tianguis: de a 3 por 10, güerita...
Y aún así, cada Barbie tenía su historia.
La primera Barbie "de piel" que recibí me la trajeron los reyes magos. Era una Barbie Safari y venía acompañada de un Koala. Su ropa oficial era un animal print de color rosa, imitando piel de leopardo en un tono bajo y otro más fuerte. Tenía ribetes similares a la gamuza y un sombrero. (Claro, no debemos olvidar el detalle del sombrero).
Mi flamante Barbie merecía un nombre único y diferencial, pero le puse simplemente Rosa.
Esto contrastaba con la primera muñeca en forma de Barbie que recibí., que se llamaba Adriana.
Adriana incluso tenía un empleo: era bailarina. Por ello se daba el lujo de usar los vestidos más exóticos y cortos del mundo.
También estaba Dulce, con su cara ingenua. Una pequeña muñeca en forma de Barbie que me regaló mi abuela: un largo vestido de imitación en seda rosa y luego atuendos de mezclilla eran casi su uniforme, como si fuera una escolar.
Ahora Rosa, Adriana y Dulce están en un baúl azul... algunas veces me entra nostalgia y me dan ganas de visitarlas o regalarlas incluso, para que otras niñas sigan jugando. Mi mamá tenía una de sus Barbies de la infancia. Se llamaba Barbara y usaba un vestido azul.
Y ella nunca la dejó ir.
D.
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