Darina con alas

El sino del escorpión.

10 octubre, 2012
De niña leía muchos cuentos. Cuando me acabé los cuentos de la biblioteca infantil, pasé a los de la biblioteca de los adultos. La verdad no me importaba mucho no poder entender todas las palabras o quedarme con algunas dudas. Finalmente las palabras eran recipientes para poner allí más contenidos. O completar historias.

Me gustaba ese sentido de "ya lo entenderé luego" que podía darle a casi todas las cosas. Así me pasó cuando leí "Los baños de Celeste" de Alejandro Aura y así me pasó con "Chac Mol", de Carlos Fuentes.

Así me pasó cuando leí "El sino del escorpión".

El sino del escorpión es un cuento de José Revueltas. Recuerdo que tras leerlo empecé a fijarme más en los oscuros rincones. En las paredes blancas. En los polvosos agujeros de la tierra y en las pedregosas hendiduras, llenas de misterio.

Los escorpiones me daban miedo, pero también me fascinaban. No recordaba haber visto ninguno (situación que se remedió alguna vez, en un herpetario), pero los atributos de este bicharrajo, me parecían terribles y a la vez, maravillosos.

Esa capacidad de defensa en un bello envoltorio reluciente, con ese vil y ponzoñoso estilete de la cola me parecía una obra de arte y un arma trágica. Luego, el halo de misterio con el que rodea Revueltas al bicho, me lo hacía aún más increíble.

La primera vez que maté un alacrán, mis amigos me dejaron pegarlo a la ventana con cera de campeche, como quien cuelga la cabeza de un rinoceronte sobre la chimenea: la presa, la bestia, el triunfo de la razón sobre la animalidad. Y aún así, poca alegría fue, porque la indigna forma de matarlo fue de un pisotón.

Alguna vez, una de esas astrólocas muy acertadas y sabias me dijo que mi alma gemela tendría que ser escorpión. De vez en cuando me acuerdo y les pregunto a los hombres que conozco por su signo zodiacal.

He conocido de casi todos los signos, menos escorpión. Supongo que el hombre escorpión espera entre unas piedras fresquitas, con miedo a salir a la luz de la luna, por miedo a mis pisadas, a mi risa o incluso a que entre mis manos lleve su muerte. ¿Cómo podría saber que lo que yo quiero es morir presa de su veneno? ¿Cómo podría saber que mi forma de amarlo sería dejarme congelar en su belleza?

Supongo que es también parte de su destino. Y del mío.

De esta forma sé que soy parte del Sino del escorpión.

D. 



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