Darina con alas

El (retorcido) placer de ser un Pretzel

01 marzo, 2016
No trates como Raja Bhujangasana (Cobra Real)
a quien te trata como Savasana (Cadáver).

Hace aproximadamente dos años comencé a practicar Yoga. Para quien me conoce sabrá que los deportes o la actividad física en general no son mi hit. De manera conciente empecé a preocuparme por hacer ejercicio a eso de los 16 años, pero nunca pude hacerlo de forma continua.

En la primaria y la secundaria escapaba de toda actividad física (me salía bien). En la prepa ya no pude escapar, pero nunca fui buena. Algo de lo más humillante que recuerdo fue la poca capacidad pulmonar que demostré cuando nos hicieron correr en las canchas de la escuela. Ese día me sentía morir.

No, correr no. Deportes organizados: no.  Probé los aerobics y aunque logré cierta sincronía con el grupo me ponía nerviosa ese entusiasmo por seguir el ritmo de la música, las evoluciones de la rutina, el tener que estar siempre feliz y entusiasmado mientras sudabas la gota gorda.

No.

Al comenzar a trabajar desarrollé una página para una escuela de natación a cambio de clases. Me gustaba el agua, era relajante. También me parecía un buen ejercicio. Demasiado social, eso sí: los carriles atestados, el vestidor lleno de niños, las señoras con toallas intercambiando recetas. 

Nadar está bien, pero no tengo una alberca propia.

Hasta que una navidad mi padre, quien acababa de hacerse fan del gimnasio recibió de mi parte un tapete de yoga para hacer sus ejercicios...

Una vez pasado su entusiasmo, el tapete de yoga fue olvidado junto a la maquina de ejercicio hasta que...

Yo me gané un teléfono en una rifa y una de las aplicaciones que me sugería como recién llegada era una de Yoga.

Me daba curiosidad desde hace mucho y ante la posibilidad de estirarme un poco en la comodidad de mi casa la bajé.

Desde entonces he aprendido mucho de mí misma, de mis límites de flexibilidad y fuerza, de mis posibilidades de doblarme, plegarme, estirarme, respirar y aguantar. También encuentro felicidad en completar las rutinas y aunque a la mitad de la sesión casi siempre me arrepiento (¿por qué habré puesto la de 59 minutos y no la de 17?) al final termino con una sonrisa en la cara.

No todo ha sido felicidad: el año pasado hice muy pocas sesiones, me deprimió mucho ver tan pocas casillas del calendario marcadas, pero este año empecé bien, muy motivada y me siento contenta de ver que la memoria muscular recuerda algunas de las asanas sin mucho esfuerzo.

Las mantengo y mi cuerpo se estira, se fortalece, mi respiración es fuego, se expande, llena el cuarto y se eleva. 

Yo soy una con mi cuerpo, mi mente se concentra en mantener la postura y mi espiritu descansa. Me siento armoniosa y libre. Es lo que esperaba del ejercicio, es lo que deseaba de una actividad que integrara cuerpo y mente. 

Termina el día y cada poro de mi cuerpo está despierto. Siento la alegría en mi corazón que late y regresa a la calma. Es un gozo que no requiere ser compartido, ni socializado; que no necesita ser colocado en un tablero o puesto en exhibición. 

Respiro. Termina el día y pongo punto final a mis actividades, queda marcado en el calendario que hoy tuve dominio sobre mí, el más difícil y el más importante.

D. 

1 comentarios:

Espaciolandesa dijo...

Comparto mis experiencias con el deporte contigo. Últimamente he hecho deporte como parte del plan para perder peso que me hizo mi nutrióloga.

Y elegí deportes sencillos: caminar o escaladora y últimamente natación.

Intenté un tiempo hacer pesas rusas en la comodidad de mi casa, pero mi casa es tan cómoda que mientras estoy ahí me la paso en el ocio, jeje.

En fin. Se siente muy bien, como lo mencionas, activarse. Para llegar a natación a las 8 am tengo que levantarme a las 6 am y salir a tomar el camión a las 7 am. Y para alguien tan indisciplinada como yo parecía muy difícil. Pero me he ido adaptando.

Y como también mencionas, nada más reconfortante que ser vencedor de ti mismo un día a la vez.